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BLANCO WHITE, José María (José María Blanco y Crespo)
Escritor y crítico. Nació en Sevilla en 1775 y murió en Liverpool, Gran Bretaña, en Mayo de 1841.
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Al toparnos con Blanco White nos encontramos con una de esas personalidades que surgen sólo de tarde en tarde, y que resumen en una sola individualidad todo lo que es y lo que representa una época. José María Blanco recoge todo ese vasto fenómeno que ya tocamos en biografías anteriores y que entonces denominamos Primera Generación del 98 o Ilustración Andaluza. Ahora, ante nuestro personaje, quizás sería más lógico denominarla Ilustración de la Andalucía Enajenada, porque esta enajenación resplandece por todas partes y a lo largo de toda la vida de Blanco; precisamente porque la suya fue una vida en crisis permanente.
Desde el comienzo de la segunda mitad del siglo XVIII las llegadas de oro y plata americanos a los puertos andaluces ha bajado a sus niveles mínimos de los que ya no volverá a subir, y, ante lo irremediable, Carlos III y sus ministros han descubierto, primero, que el oro de El Dorado está en los productos agrícolas, ganaderos y forestales de América, y más tarde, cuando las flotas corsarias de Su Graciosa Majestad británica se presentan como un obstáculo casi infranqueable, descubren que El Dorado está en la Península y que es ¡¡Andalucía!!.
La Andalucía forzada a quedar yerma, forzada a la esterilidad, por el Imperio español, ahito tan solo de hacer parir a las entrañas americanas, va a ser colonizada de nuevo. Se escoge la despoblada soledad de Sierra Morena para hacer surgir colonias de repobladores teutónicos, promulgando leyes sobre baldíos para que los nobles directamente, o a través de sus administradores en los municipios, los incorporen a sus <<estados>>; se imparten pragmáticas para el fomento del labrantío o la ganadería… El Estado español quiere buscar, a toda costa, las nuevas Américas dentro de los territorios peninsulares sometidos a su administración.
José María Blanco White nace al mismo tiempo que todas estas leyes y pragmáticas. Su gestación corre pareja a la de los pleitos que los pueblos, las humildes aglomeraciones rurales de una Andalucía esquilmada por siglos de depredación, van a interponer contra toda esperanza para intentar que sea suyo lo que trabajan desde hace diez, quince generaciones.
Para las clases acomodadas de la capital de <<las Españas>> y para las de las grandes ciudades del sedicente Imperio, entre ellas Sevilla, la vida discurre de manera muy diferente; se manifiesta todavía bajo el espejismo de la riqueza que llaga de la mano del <<Destino>>, sin haber sido parida con dolor por nadie y se marcha para ser enterrada sabe Dios dónde, si en Génova o en Zurcí. EL padre de José María, Don Guillermo Blanco , alias White, descendiente de una familia irlandesa que arribó a Sevilla huyendo del <<progreso>> que los ingleses llevaron a la Verde Erín en el puño de hierro de Cromwell, quiere, en medio de ese lento hundimiento, hacer fortuna por medio de la firma Cahill y White y legarla a sus hijos.
Este es el ambiente en el que nace nuestro personaje, un ambiente en el que, podríamos decir, sólo existen olores: el olor de la pimienta , de la canela, del azafrán, del salazón, del esparto, del algodón empacado, del ajonjolí…; un ambiente en el que no existen ya las empresas difíciles de los Cortés y Pizarros, las locuras de los Lope de Aguirre ni la suave poesía de los Gracilazos. Y tampoco han nacido todavía –ni nacerán- los conductores de la industria o los pensadores modernos de concepciones cartesianas o lockianas cuyas obras pueden ser elevadas a la categoría de ciencia oficial. Andalucía no es libre. No puede tener poetas, ni científicos, ni geógrafos, ni botánicos, ni burgueses… Sólo tiene las palabras perdidas de los campesinos hacinados y oprimidos por la enfíteusis de los grandes de España, los campesinos que se juntan cada noche en Morón, El Coronil, Bornos, Los Molares o Arcos para enviar mesuradas protestas a la Corte y decir que Los señores Duques (Arcos, Medina Sidonia, Alba u Osuna) sólo tienen sobre sus tierras poder de jurisdicción y no de propiedad, <<porque así plugó a cualquier Rey de las Españas de siglos pasados>>.
Unos pocos años antes de que José María naciera, ocho en concreto, se han dado a la par dos decretos: el de la colonización de Sierra Morena por alemanes y suizos y el de expulsión de los jesuitas. Mediante el primero, como hemos dicho, va a comenzar una nueva repoblación de Andalucía, a través del segundo, el Estado va a intentar que nadie pueda pretender arrebatarle el papel monopolizador de todas las riquezas que lloverán sobre sus tierras. Los jesuitas se habían adaptado perfectamente a todos los regímenes, desde el español al chino, y en todas las partes habían conseguido sacar tajada. Sus padres provinciales eran en el lejano oriente embajadores de su Curia General y en el cono sur americano gobernadores de las Reducciones. Los primeros quitaban a los reyes y a los Estados la posibilidad de comerciar y los segundos les robaban la posibilidad de gobernar con regímenes de encomiendas. Así pues, el reino de Dios sobre la tierra tenía que ser destruido porque era demasiado peligroso que los indios volvieran a hablar en quechua o en guaraní, y que las ceremonias fúnebres de los pueblos de China tuvieran cabida en los ritos católicos.
Sin jesuitas, la colonización de Sierra Morena fue regida por frailes capuchinos de Colonia y Friburgo que demandaban continuamente capellanes teutónicos para sus fieles y arremetían contra Olavide con el favor de la alta nobleza <<andaluza>>, reconvertida de nuevo en nobleza colonial. Tres años tenían nuestro autor cuando el asistente tuvo que padecer un Auto de Fe en el que fue condenado ante la presencia de altos magistrados de la Iglesia, de los Duques de Híjar, Granada y Abrantes y de los Condes de Mora y de Coruña. Jovellanos escribía, con el estilo ampuloso y pseudo pastoril de la época:
Mil pueblos que del seno enmarañado de los marianos montes, patria un tiempo de fieras alimañas, de repente nacieron cultivados, do a despecho de la rabiosa envidia, la esperanza de mil generaciones se alimenta; lugares algún día venturosos, más hoy de Filis con la tumba fría y con la triste y vacilante sombra del sin ventura Elpino ya infamados y a su primero horror mestituidos.
Aquí acabó la aventura y la tímida puesta en marcha de las doctrinas agrícolas redentoras de Jovellanos. Casi un siglo después, cuando George Borrow recorre los caminos andaluces intentando sembrar con Nuevos Testamentos (corregidos casualmente en su versión castellana por White) la doctrina evangélica de la Sociedad Bíblica Londinense, nos dejaba esta descripción: <<…Una extensa vega, inculta leguas y leguas, donde sólo se crían jaras y carrasco… La vega, en la que a la sazón entrábamos, forma parte del gran despoblado de Andalucía, antaño risueño jardín transformado en lo que es ahora desde que, por la expulsión de los moros de España, fue sangrada esta tierra de la mayor parte de la población. Desde aquí hasta Sierra Morena, que separa La Mancha y Andalucía, las ciudades y pueblos son escasos, muy apartados unos de otros y aún algunos de ellos datan sólo de mediados del pasado siglo, cuando un ministro español intentó poblar este desierto con hijos de un país extranjeros>>.
En la sociedad organizada por el Estado español de la segunda mitad del siglo XVIII no tenían cabida los grandes proyectos. Era una sociedad condenada a ser provinciana, a refugiarse en el dogma sin poseer teólogos que lo defendieran; a defender la heterodoxia como ligero barniz que da sensación de cultura. Los ilustrados pretendían ser jansenistas, pero ¿Cómo se podía serlo sin matemáticas y sin un mundo comercial e industrial donde aplicarlas? Había que conformarse –y los cultos se conformaban de muy buena gana- con ser jansenistas por moda y desde esas posiciones, defendidas valientemente en salones y tertulias, apoyar la expulsión de los jesuitas y estar elegantemente expuestos a algún pequeño correctivo por parte del moribundo Tribunal de la Inquisición. Una de las cabezas visibles de ese elegante jansenismo era el mismo Godoy, Príncipe de la Paz, que seguramente concebía la lucha doctrinal como la bélica. La única guerra que pudo hacer fue de las <<naranjas>>, conocida así porque, después de la vistosa parada militar con la que el favorito penetró en Portugal y tomó la desguarnecida ciudad de Olivenza, llevo a su amante la reina, una rama de naranjo en señal de victoria.
Tanto esa guerra como ese gesto no son más que la evidencia de la situación en que se encuentra el moribundo Imperio español, condenado a <<poder hacer la guerra a todos, excepto a Inglaterra>>, que era lo mismo que no poder hacerla a nadie y, además tener que soportar -¿estoicamente?- todos los ataques y agresiones de los británicos y aceptar toda la <<ayuda>> que los franceses, protectores de la seguridad del Estado, quisieran imponer para preservar del peligro inglés a los territorios peninsulares de la administración española.
En esta ilustración sin ilustrados y en esta Andalucía que ya ni siquiera tiene el monopolio de comerciar con América, comienza a vivir José María Blanco sus primeros años, en una casa del sevillano barrio de Santa Cruz, en la Calle Jamerdana, teniendo el inglés como segunda lengua, aprendiendo el latín por recomendación de su madre y el francés por afición. En las largas horas que la disciplina de una familia de comerciantes le obliga a pasar en la oficina paterna, lee todo lo que puede y le dejan, y se embebe en ese umbral el enciclopedismo francés que fue el Telémaco de Fenelón. Pero en la sociedad antes descrita, los viajes bélicos y didácticos del hijo de Ulises sólo pueden ser imitados yendo, dentro del almacén de mercaderías, del ajonjolí de Ceilán a la canela peruana, y no pueden terminar en el trono de Itaca sino en la fría poltrona de un despacho o en la visita hospitalaria después de la salida del trabajo.
José María Blanco White no puede ser Telémaco, pero tampoco puede atreverse, porque no existe ninguna condición para ello, a ser ICARO y volar hacia el Sol. La novela de Fenelón le atrae su primera crisis religiosa, y tras ella, anunciará a su familia su deseo de ser sacerdote.
Muy probablemente, de haber existido en aquel entonces la Compañía de Jesús, José María hubiera entrado en ella. En una carta escrita ya en su vejez, se lamenta de que, en su juventud, la supresión de los jesuitas le hubiese impedido pertenecer a esa orden. <<Recuerdo perfectamente los motivos de atracción que para mi tenía –dice-. Su solidez, su eficacia, aunque no opresiva disciplina; sus ramificaciones por todo el mundo…>>. Lo que era la opresiva disciplina no debió aprender en el colegio de los Dominicos, al que sus padres lo llevaron para que hiciera los primeros estudios.
No es necesario extenderse en explicaciones sobre la importancia del papel desempeñado por las órdenes religiosas y monásticas en la formación de la sociedad europea y en la conquista y colonización cristiano-feudal de Al-Andalus y de todos los territorios que formarían el Estado español. Dentro de todas ellas y entre unas y otras se sucedieron continuamente los movimientos reformadores, que partiendo de la sencillez evangélica acababan ineludiblemente en una adaptación a las circunstancias del momento y en un más eficaz sostenimiento del sistema de poder de turno. En ese apoyo, los dominicos habían sido, indudablemente, los más decididos: en sus manos estaba todo el aparato represivo del Santo Oficio y las importantísimas palancas que de ello se desprendían, tanto en el terreno de la jurisprudencia como en el de la alta enseñanza.
En el colegio de los Dominicos, José María prestaba más atención a sus lecturas particulares y a la polémica con sus maestros que a las enseñanzas que allí se impartían, y apoyado en las armas de Feijóo, la más brillante mediocridad de la época, intentaba combatir los rancios argumentos de sus maestros, seguidores (no hay que olvidarlo) de Fray Francisco Alvarado que se hacía llamar así mismo el Filósofo Rancio. El mismo nos cuenta que <<por aquel tiempo, mi tía, la mayor de las dos hermanas de mi padre, que me atrevo a asegurar era la única señora sevillana que poseía una pequeña colección de libros, me permitió leer las obras de Feijóo, un benedictino que en los primeros años del siglo XVIII se atrevió a atacar el sistema escolástico y a recomendar el estudio experimental de la Filosofía según los principios de Bacon>>. Con esta filosofía era con la que Blanco se atrevía a argüir contra sus maestros en medio de la clase, estando a punto de ser expulsado en uno de aquellos incidentes.
Una vez pasada esta etapa, Blanco White ingresó en la Universidad para proseguir con sus estudios eclesiásticos. A lo largo de toda la etapa imperial española, el clero secular, que estaba adscrito directamente a una diócesis, había quedado relegado a las zonas rurales o a las capellanías, esto es: al interior de la más pura estructura feudal de base. Eran los curas de misa y olla y su única salida hacia otro mundo y otra cultura estaba en lograr la admisión en los cabildos catedralicios. En ellos había quedado siempre un rescoldo de lo que podía ser la investigación o el libre vuelo en las artes o las letras.
La aparición de nuevos fenómenos y corrientes, el impulso a los campos experimentales traían ahora aires de lucha contra la escolástica y el academicismo. El asistente Olavide había propuesto una reforma en la Universidad. Según ésta, los primeros estudios universitarios se llevaban a cabo en la Facultad de Artes hasta obtener el grado de bachiller para pasar después a una de las cuatro Facultades Mayores: Teología, Derecho Canónico, Derecho Civil y Medicina o a Matemáticas, equiparada a las otras. En la Filosofía, se abandonaba el escolasticismo y se comenzaba a impartir la enseñanza de la filosofía experimental.
La reforma de Olavide, a pesar de haber sido aprobada por Carlos III no llegó nunca a ponerse en marcha, debido a injerencias y presiones de la Inquisición. Lo único que se hizo fue separar a la Universidad del Colegio de Santa María de Jesús. Cuando José María entra en la enseñanza universitaria, numerosos sacerdotes o estudiantes de Teología habían pasado por los círculos de Jovellanos y Olavide y se habían impregnado del pensamiento que en ellos predominaba. En la Universidad, nuestro autor traba amistad con Manuel María del Mármol, estudiante de Teología por aquel entonces y con Manuel María de Arjona. El primero introdujo de lleno a Blanco en el campo de la filosofía experimental, que había conocido a través de Feijóo, con el estudio directo de la obra de Bacon y el segundo fue su maestro en el campo de la poesía y de las artes.
Con todo ello, <<los pocos hechos físicos e históricos>> con los que José María Blanco White había aprendido unos pocos años antes a <<razonar, a argüir, a dudar>>, comienzan a tomar consistencia; a hilvanarse unos con otros y a formar, en definitiva, la personalidad de pureza y responsabilidad ante sí mismo que harán emitir a Menéndez y Pelayo el siguiente juicio:
<<Toda creencia, todo capricho de la mente o del deseo se convirtió en él en pasión; y como su fantasía era tan móvil como arrebatado y violento su carácter, fue espejo lastimosísimo de la desorganización moral a que arrastra el predominio de las facultades imaginativas, sueltas a todo galope en medio de una época turbulenta. Católico primero, enciclopedista después, luego partidario de la iglesia anglicana y a la postre unitario y apenas cristiano… tal fue la vida teológica de Blanco, nunca regida sino por el ídolo del momento y el amor desenfrenado del propio pensar, que, con ser adverso a toda solución dogmática, tampoco en el escepticismo se aquietaba nunca, sino que cabalgaba afanosamente y por sendas torcidas en busca de la unidad. De igual manera, su vida política fue agitada por los más contrapuestos vientos y desechas tempestades, ya partidario de la independencia española, ya filibustero y abogado oficioso de los insurrectos caraqueños y mejicanos, ya ‘tory’ y enemigo jurado de la emancipación de los católicos, ya ‘whig’ radicalísimo y defensor de la más íntegra libertad religiosa, ya amigo, ya enemigo de la causa de los irlandeses, ya servidor de la iglesia anglicana, ya autor de las más vehementes diatribas contra ella; ora el servicio de Channing, ora protegido por Lord Holland, ora aliado con el arzobispo Whatel y ora en intimidad con Newman y los ‘puseistas’, ora ayudando al doctor Channing en la reorganización del unitarismo o protestantismo liberal moderno>>.
Menéndez y Pelayo, desde su concepción reaccionaria y estática de las cosas no podía captar qué era lo que pasaba en la mente y en el espíritu de Blanco White; podía, únicamente, describir el fenómeno y, además, una vez que éste había sucedido. Pero esa descripción, intenciones a parte, es bastante exacta de las continuas luchas que se suceden en el interior del alma de José María Blanco.
Durante sus años universitarios esas dudas son continuas y sólo la amistad con sus compañeros y las actividades en el oratorio de San Felipe Neri, logran aminorarlas. Entre estas últimas estaban los conciertos que los padres filipenses, la congregación más parecida a los jesuitas que Blanco pudo encontrar, daban con orquestas y coros formados por aficionados entre los que se encontraba el mismo José María como experto violinista.
A pesar de todas las dificultades interiores, en el año 1800 Blanco es ordenado sacerdote y entra a formar parte, mucho más establemente del grupo que componían otros curas sevillanos: Félix Reinoso y Alberto Lista, además de Mármol y Arjona, mencionados con anterioridad. Juntos entrarían en la Sociedad Económica de Amigos del País de la capital sevillana; juntos formarían la Academia de Letras Humanas y juntos pasarían a la posteridad en lo que se ha dado en llamar la Primera Generación del 98.
Quizás sea este el único período tranquilo en la vida de Blanco White y en el que se encuentra inmerso en una ambiente en el que las ideas fluían candorosa y limpiamente, en el que todo era estudio minucioso, compañerismo a ultranza y actividad desbordante, en un intento continuo por verlo todo y reflexionar sobre ello partiendo de una posición de naturalismo panteista que le inspira poesías como la que compone Al Triunfo de la Beneficencia, pensando, quizás en la obra que pudo hacer Pablo de Olavide en la desierta soledad de Sierra Morena:
…¿Quién sino tú, consoladora diosa, fecundó de la tierra el seno rudo? ¿Quién sino tú, del piélago insondable, de montes con fortísima cadena la furia en frenar pudo? ¿Quién sino tú vistió la faz amena del prado con verdura y dio a la opaca selva su espesura? del hombre eternamente enamorada, tú fuiste quien de pompa y de riqueza cubrió su felicidad morada…
Blanco se complace en describir un mundo feliz, el mundo al que él mismo aspira, en la traducción de la égloga de El Mesias donde el tigre ha perdido sus garras y el lobo y el cordero, siguiendo el pensamiento de Isaías, duermen juntos, mientras Jerusalén levanta su cabeza coronada de esplendor celestial. Quizás fuera buscando ese mundo cuando, en compañía de Manuel María de Arjona, magistral en aquellos años de la catedral de Córdoba, visitó las ermitas de la sierra de aquella ciudad, escuelas de sufismo muchos siglos antes. En unas de sus cartas nos da una visión impresionada del panorama que desde ellas se divisa y una prueba de cómo ese ambiente influyó en su alma hasta muchos años después.
Más tarde optaba al puesto de Magistral de la Capilla Real de la catedral de Sevilla y lo conseguiría a pesar de no tener más de 26 años. <<Después de esto, podía muy bien considerarme a la edad de veintiséis años, no sólo en posesión de los medios que me facilitaban una honorable y generosa subsistencia, sino también en vías de alcanzar puestos más altos por los mismos caminos independientes y honestos que me habían procurado el que entonces disfrutaba>>. Sin embargo, la serenidad, se ha terminado. Blanco White –o Albino, como es llamado en el lenguaje poético de la época por los amigos- se lanza de nuevo a buscar la razón del mundo en los temas más variados, según nos cuenta Lista en uno de los poemas:
Ya en la negra tabla a los certeros signos copias de Hipaias, del divino Euclides, ya las figuras que la inmensa tierra miden y el orbe. Nuevo Keplero, a los etéreos astros dictarás leyes, mientras yo modesto y más felice, las de Filis bella tierno recibo.
Enfrascado en estas ocupaciones, profesor del Colegio de Santa María de Jesús, profesor de la Sociedad Económica sin retribución, padece una de las crisis espirituales más duras de toda su vida:
<<Se puede determinar que en este período de mi vida se fraguó todo lo que los subsiguientes acontecimientos no hicieron más que desarrollar. Ciertamente puedo decir que fijó para siempre mi suerte en la vida>>.
Las ideas del enciclopedismo francés siguen haciendo mella en el alma de White mientras la sociedad sevillana se convulsiona con los hechos de la Revolución francesa y llegan de Madrid continuas noticias sobre motines y tensiones sociales. El mismo autor nos dice de su situación personal en este tiempo: <<Al año de haber obtenido la magistratura, me ocurrieron las dudas más vehementes sobre la religión católica… Mi fe vino a tierra… Leía sin cesar cuantos libros ha producido Francia en defensa del deismo y del ateismo>>.
En estas circunstancias José María Blanco, cuyas relaciones con su madre se habían hecho muy tirantes y que además estaba profundamente apesadumbrado por la muerte de una de sus hermanas y la entrada en un convento de otra, quiere emigrar al extranjero, partir para América… deshacer, en definitiva, de una manera fácil, el nudo gordiano que lo aprisiona. Pero ello era incompatible con su carácter apasionado y con su búsqueda constante de nuevos horizontes interiores, y que se queda en un punto intermedio: después de haber obtenido dispensa para dejar temporalmente su cargo en la catedral de Sevilla, marcha a Madrid donde permanecerá dos años y medio.
En la capital del Estado, Blanco White se mueve en medio de un nuevo grupo, el del poeta José Manuel Quintana que canta y ensalza a la patria pero no identificándola con la monarquía sino con el pueblo. Estos conceptos dan un nuevo horizonte al pensamiento de nuestro personaje y nuevas alas a su pasión por la libertad. La causa del mal es ¡la tiranía!. La tiranía que es la iglesia católica, la tiranía que es la moribunda monarquía imperial española, la tiranía que es, en definitiva, el viejo régimen feudal.
José María Blanco es nombrado profesor del Instituto Pestalozziano, en cuyo primer aniversario pronuncia el discurso que lo conmemora. Gracias a este puesto puede permanecer en Madrid sin verse obligado a renunciar a sus cargos sevillanos y gracias también a todo ello conoce a Magdalena Esquaya con la que entabla relaciones y de la que tiene un hijo cuya existencia conocerá más tarde, cuando ya se haya establecido en Londres.
En los primeros días de Enero de 1808 los ejércitos franceses cruzan los Pirineos y penetran en la Península con la excusa de intervenir en Portugal. Desde entonces, la situación se vuelve convulsa en Madrid: en Marzo se produce el motín de Aranjuez que lleva a Godoy, Príncipe de la Paz, a la cárcel y a Carlos IV, a la abdicación en su hijo. En la capital, las masas se lanzan a la calle e incendian el palacio del amanerado valido.
Una nueva contradicción se une a las que Blanco ya tiene. Como todos sus amigos de la Ilustración sevillana, ha creído en la revolución francesa y sigue creyendo en la libertad del hombre, en la razón… en todos los principios que han impulsado la revuelta en el vecino país. Con sus obras, sus discursos y su trabajo está laborando por implantar a su alrededor todo eso…, pero como liberal y como patriota piensa que esa libertad tiene que ser una libertad práctica y que nadie puede trazarla por decreto. <<Tan pronto como me enteré de mi propia provincia se había levantado contra los franceses, acaricié mis cadenas y regresé sin demora al lugar donde sabía que me habían de amargar más la vida: volví a Sevilla>>.
Blanco, pues, permaneció en Madrid hasta después de los sucesos del 2 de Mayo. La represión francesa se extendía, después de este intento de rebelión, sobre los intelectuales y el pueblo, y tuvo que salir de la capital tomando la precaución de venir a Andalucía por el camino de Extremadura y no por el camino Real. Quintana y sus amigos inician la publicación de una revista, el Semanario Patriótico en el que nuestro autor colabora y en el que publica su Oda a la Junta Central en la que se recoge un NO de José María Blanco a la invasión napoleónica.
Más ¡ah!, tronando el cielo la blasfemia escuchó, y al punto alzado en medio de los campos de Castilla, NO, exclamó el numen del ibero suelo, NO, resuenan los plácidos vergeles que el sacro Taja baña, NO, dicen de su orilla los laureles, y allá en eco lejano, NO, repiten los montes de la España, NO, responde bramando el Océano.
En Sevilla tuvo que encontrar que sus amigos estaban de una parte y otros, de otra. Pero, no obstante, siguió escribiendo en el Semanario Patriótico, cuya redacción, ante los reveses, había buscado también refugio en la ciudad del Betis. Ahora no es un simple colaborador sino que es codirector del mismo, junto a Isidoro Antillón, como redactor jefe de toda la sección política.
Desde el periódico, Blanco expone toda su concepción de lo que debe significar la guerra: la liberación de los franceses y también de la tiranía de los Borbones. Estas ideas, aunque expuestas muy moderadamente, significaron el fin del semanario, suspendido por la Propia Junta Central. El hecho tuvo que significar bastante para los sentimientos de Blanco White que, a partir de aquí radicalizará sus posiciones políticas.
Esta fase, sin embargo, tendrá más lugar en Londres puesto que, ante el avance francés, numerosos sevillanos y la misma Junta Central se trasladan a Cádiz. En esta ciudad andaluza nuestro protagonista embarcó para Inglaterra a bordo del Lord Howard el 23 de Febrero de 1810, cansado probablemente de luchar contra sus mismos compañeros y la Junta, pero dispuesto a proseguir la batalla desde la pérfida Albión.
Dos meses después comienza a editar en Londres un nuevo periódico, El Español, en cuyo primer número exponía cuales eran sus opiniones sobre la situación política y militar en la Península. Para Blanco, los reveses de las armas ante los franceses, después de una primera etapa de victorias, se debían a que tanto las Juntas provinciales, como la Junta Central, habían echado abajo con su política el ardor patriótico del pueblo. Sin darse cuenta, Blanco White había echado a andar el primer periódico de oposición que tenía el viejo régimen en la Península, y a proclamar, desde él, la soberanía popular.
La reacción de la administración fue contundente: prohibió la circulación de la publicación tanto en el interior como en las colonias americanas y envió a un agente a Londres para que intentara contrarrestar con sus escritos los efectos que el periódico pudiera tener en la opinión pública inglesa. Pero el hecho de que la circulación del mismo fuera prohibida en los territorios administrados por el Estado español en América significó, a su vez, que Blanco entrara en contacto con los grupos de oposición que se movían en aquel continente. En el número 4 del periódico, daba cuenta de las agitaciones que habían tenido lugar en Caracas.
Para los gobernantes españoles, ya se tratara de Carlos IV o Fernando VII, como de la Junta Central o el Consejo de Regencia, la situación de las colonias americanas y filipinas no debía modificarse, aunque la gravedad de la guerra y el ejemplo de lo que la Revolución francesa había traído para las de aquel país (las graves alteraciones de Haití, Guayana o La Martinico), habían forzado a una declaración de igualdad entre la Península y los territorios ultramarinos. Consideradas las colonias, desde el inicio de la Guerra de la Independencia como provincias, el sistema colonial no había sido modificado y los virreyes seguían considerándose dueños de vidas y hacienda.
Blanco emprende una cruzada contra esta situación. Para él, la liberación del despotismo no debía afectar únicamente a la Península sino que debía extenderse a los territorios americanos y asiáticos. No llegó nunca a formular claramente la independencia para estos países, pero sí la necesidad de la formación de gobiernos populares independientes del poder central, lo que ahora podríamos denominar autonomía con contenido real. Estas ideas, sin embargo, fueron acogidas en la Península con una indignación desmesurada, y rápidamente, se desencadenó contra Blanco White una campaña furibunda, tanto en el interior, como en Inglaterra. Se le acusó de antipatriota y recibió toda clase de injurias. Especialmente virulentos contra él, fueron los comerciantes de Cádiz que Blanco, desde el periódico, había acusado de intentar hacer pasar por interés general lo que no era más que interés general lo que no era mas que interés particular o de gremio.
A lo largo de esta etapa podemos ver claramente el fenómeno del que hemos hablado al comienzo de esta biografía y que hemos calificado de Ilustración de la Andalucía enajenada. Todos los componentes del grupo, y Blanco White especialmente, quieren el progreso y la libertad, todos luchan contra la tiranía; José María Blanco es un decidido anticolonialista… Y, sin embargo, ninguno de ellos, ni tampoco nuestro autor, se da cuenta que Andalucía esta ahí, igual de tiranizada, igual de colonizada, igual de oprimida que Perú o Nueva Granada. Que las acciones de rebelión de muchos pueblos andaluces, los pleitos de los campesinos por la propiedad de la tierra frente a los grandes de España están envueltos por la mismas circunstancias y las mismas condiciones de vida de los de los habitantes de Caracas o cualquier ciudad americana
Para los grandes, adscritos casi todos a partido bonapartista, la guerra tenía que significar el fin de los tímidos intentos reformadores de Olavide y Jovellanos. Para los pequeños, para el campesino y el jornalero andaluz, la guerra tenía que significar, si no la desaparición, al menos, la relajación del vínculo señorial y el acceso a la posesión de la tierra. Y en este sentido lograrán imponer en 1813 el decreto sobre reparto de baldíos y terrenos de propios y arbitrios, como premio patriótico. El decreto será el punto de partida de toda la lucha antiseñorial del siglo XIX en Andalucía.
En todo el grupo de la Primera Generación del 98 no existe, en absoluto, conciencia de estos hechos, ni para los que, ante la guerra, toman (como Alberto Lista) la resolución de apoyar a los franceses, ni para los tibios, como Arjona, ni para los que ponen toda su esperanza en una guerra popular, como Blanco, Reinoso y López Cepero. Aislados en unas ciudades que tenían cortadas toda relación con el entorno rural, no han visto el campo sino como paisaje y la consecuencia es que, después de las revueltas populares de 1640 y de la intentona secesionista del Duque de Medina Sidonia y el caballero morisco Tahir Al-Hor, se pierde la primera oportunidad histórica de unir las luchas populares y antiseñoriales –y, por lo tanto, anticentralistas- que están surgiendo en esos momentos, con la de los sectores que desde posiciones más racionales y humanistas, se sienten oprimidos y desplazados cultural y políticamente.
A lo más que llega Blanco, en entidad territorial, por debajo del Estado, es a la provincia, aunque no podemos concebirla tampoco como la de hoy. La provincia de Sevilla comprendía (más o menos) el antiguo reino establecido por Fernando III. La personalidad paradójica de Blanco White lo es también en este terreno: enamorado incondicionalmente de Sevilla, Cádiz, el Guadalquivir, el carácter de los andaluces, el ambiente de las calles, los días de corridas de toros, las fiestas… no sabe ver, a continuación, que todo esto previene de una identidad andaluza formada a lo largo de siglos y que todo ello es, a la vez, expresión de esa misma personalidad peculiar.
BLANCO WHITE EN INGLATERRA
La actitud de los <<patriotas>> de las Juntas y también la de algunos de sus amigos que, como Lista, habían colaborado con los franceses, a parte de la noticia de que tenía un hijo, sumió a nuestro protagonista en una nueva crisis que supuso un acercamiento a la religión, pero no a través de la Iglesia católica, sino a través de la anglicana. Habiéndose concedido, a pesar de todo, una subvención por los servicios prestados a la causa antinapoleónica (más quizás por la ascendencia que habían adquirido los ingleses en la política del Estado español, que por los deseos de los flamantes diputados a Cortes), en este período José María Blanco se dedicó a perfeccionar su inglés y a seguir con la publicación de El Español. Muchas veces firma con el seudónimo de Juan Sintierra y toma una actitud conciliadora ante las disputas de los dos bandos que se han formado en la Península, abogando por una reconciliación. Cuando en 1814, Fernando VII imponía de nuevo el régimen absolutista, reconoció en el periódico su error anterior y suspendió, por decisión propia, la publicación del mismo.
En 1812 comienza a escribir en inglés su Private Journal, su diario; como un ejercicio de educación, o reeducación inglesa, pues tenía un cierto complejo de inferioridad lingüística, a pesar de que el idioma del Reino Unido fuera su segunda lengua. En 1815 entra al servicio de Lord Hollad, como educador de su hijo y reside en el palacio de Holland House por espacio de dos años, relacionándose con lo más conspícuo de la sociedad londinense. En 1817 deja este empleo y se marcha a vivir a una pequeña parroquia rural, en la que integra un grupo de amigos que pasan largas veladas de amistosa discusión o en la interpretación musical de los grandes autores.
Pero nada de ello daba salida a su deseo de dar a conocer sus opiniones. Blanco busca, sin resultado, la forma de ser misionero, y, al no encontrarla, se enfrasca en el estudio y la crítica de cuestiones religiosas teniendo que padecer, por enésima vez en su vida, una nueva crisis de pensamiento. En la presente, no cae en el escepticismo sino que le sirve para alumbrar su libro Examination of Blanco White, una autobiografía que resumirá en su obra posterior Letters from Sapain.
Metido en esta situación conoce Blanco el levantamiento de Riego, en 1820, en Las Cabezas de San Juan que, visto desde Inglaterra, no era sólo un golpe gravísimo al absolutismo de la decadente monarquía española sino también el primer revés que sufría, a nivel europeo, la Santa Alianza. La reacción de Blanco, metido tan de lleno en la vida y las costumbres inglesas, es inesperada. Renacieron en él los sentimientos políticos que parecían olvidados y la visión de su tierra de origen. Por primera vez, después de muchos años, escribió de nuevo en castellano cartas a Quintana y también a su hermano Fernando; a quien dice: <<Al cabo de seis años en que ni por casualidad se me ocurría una palabra en mi lengua materna, la Revolución soltó los diques… y caso no pasa día en que no escriba algo en nuestra hermosa, aunque descuidada lengua>>.
Es en estos días cuando arranca su idea de escribir sus Letter fron Spain, como decía también, un poco antes de la carta mencionada más arriba, a su hermano: <<Ha sido tal el efecto que me ha producido esta primera aparición de la libertad en España, que por imposible que sea mi retorno personal, dedico ahora mis ocios a preparar una pequeña obra que pueda un día visitar a mi país en mi nombre>>. El autor debió cuidar mucho esta obra, aunque la considerara pequeña, puesto que la misma no apareció sino mucho después.
Las Letters from Spain las comenzó a escribir a principios de 1821 y las primeras aparecieron en ese mismo año. En forma de libro apareció al año siguiente firmado con el seudónimo de Leocadio Doblado. Letters from Spain es, sin lugar a dudas, una obra capital en la literatura inglesa. Para expresar todo lo que sentía acerca de su país, Blanco siguió el procedimiento epistolar, tan de moda en aquella época. Montesquieu había escrito en aquella época. Montesquieu había escrito sus Cartas Marruecas y Southey publicaba, poco antes que nuestro autor, sus Letters from England. En ellas, lo mismo que Cadalso se valía de un personaje moro para escribir en primera persona, Southey inventaba a Don Manuel Alvarez Espriella.
José María Blanco escribe como Leocadio Doblado, inventándose este apellido a partir de los que usaba normalmente en el mundo de la literatura: Blanco White, palabra inglesa que significa blanco. Al lado del protagonista se pone de nuevo él mismo en su condición de sacerdote, y lo que resulta no es técnicamente una autobiografía, sino la vida de un amigo, contada por Doblado. Desde este marco va dando paso a relatos sobre todos aquellos acontecimientos, costumbres y usos del antiguo reino de Sevilla y también sobre los hechos políticos inmediatamente anteriores a la Guerra de la Independencia, que se desarrollan en Madrid o sus alrededores. Al lado de esto, coloca también todos sus pensamientos religiosos y sus opiniones sobre la Iglesia Católica. La carta tercera está dedicada íntegramente a estos problemas.
En lo que toca a las cosas de su tierra, Blanco White, escribe impregnado de un fuerte sentimiento y también de una gran nostalgia, ya se trate de asuntos religiosos, como la Semana Santa sevillana, o de temas profanos como corridas de toros, costumbres populares o estampas típicas de pueblos. Y, aunque en ellas las frases más laudatorias vayan dirigidas a Inglaterra, la fuerza con que describe las cosas andaluzas hará que en años posteriores nuestros caminos sean frecuentados por viajeros y escritores ingleses. Su sentimiento lo expresará en una obrita posterior El Alcázar de Sevilla, escrita en castellano: <<Bajando estoy en el valle de mi vida, y todavía se fijan mis pensamientos en aquellas calles sombrías, estrechas y silenciosas, donde se respiraba el aire perfumado que venía revoloteando de las vecinas espesuras; donde los pasos retumbaban en los limpios portales de las casas donde todo respiraba contentamiento y bienandanza; modesto bienestar ensanchado por la alegría y la mesura de los deseos; honrada mediocridad que no se atraía el respeto por la opulencia ni por el poder, sino por pundonor heredado… ¡Qué es lo que queda de las cosas humanas sino estos vestigios mentales, estas impresiones penosas y profundas que, como heridas mal cerradas en el corazón del desterrado, echan sangre cada vez que se las examina>>.
Para cualquier andaluz medianamente avezado en la literatura de nuestro país, estas palabras le recordarán sin duda las de otro emigrado, Ibn Sa’id al-Magribí que en el siglo XIII escribiría:
Este es Egipto, pero, patria mía. ¿dónde estás? Tu recuerdo me arranca lágrimas constantes: Bella Andalucía, fue una locura dejarte… ¿Dónde está mi Sevilla? No se lo que es la felicidad desde el tiempo dichoso en que yo vivía en ella ¡Que apacible deleite, cuando navegaba por el río cantando al son de los laudes! En la orilla se oían ronronees de paloma Y del alcor vecino surgía la música… …Recordando mi dulce paraíso perdido lo que me rodea se convierte en desierto y soledad.
Entre una y otra evocación median seiscientos años; pero la evocación es la misma, porque es la misma Andalucía la que palpita en el recuerdo y en la nostalgia de estos dos hombres, aunque uno de ellos no se haya dado cuenta de que su tierra existe. Quizás porque la sentía no se entusiasmó en escribir una segunda parte de las Letters, para tratar únicamente, los acontecimientos políticos ocurridos desde el fin del período que abarcaban las primeras.
Los años siguientes los pasa Blanco metido en una dura polémica contra el catolicismo desde posiciones anglicanas. La controversia no es solo teológica puesto que en el fondo del problema estaba en la actitud que la Iglesia de Inglaterra, una iglesia nacional que dispone de poderes fácticos irlandeses. Por mucho que nos guste la personalidad de Blanco White, tenemos que decir en honor a la verdad, que él mismo buscó durante toda su vida y que incluso confundió penosamente los términos de la cuestión.
El catolicismo del Imperio español no era el catolicismo de los irlandeses. Ese catolicismo se correspondía más bien con el anglicanismo porque lo mismo que las fuerzas cristiano-feudales habían colonizado a territorios peninsulares, como el de Al-Andalus, los ingleses, desde posiciones cristiano-nacionales, habían hecho lo mismo con Irlanda. El catolicismo oprimido. El principio del que partía Blanco, <<la única seguridad de la tolerancia ha de ser un cierto grado de intolerancia con sus enemigos; así como, en los gobiernos más libres, las prisiones son necesarias como remedio preventivo para defender la libertad>>, no cuadraba, en absoluto con la situación (a parte de ser profundamente reaccionario), porque el anglicanismo puritano había conquistado intolerantemente a Irlanda.
También en honor a la verdad, tenemos que decir, que a lo largo de toda esta polémica, nunca estuvo seguro de que lo que decía fuera verdad. Es en este período cuando, desde su clase de Artes de la Universidad de Oxford, traba amistad con un nutrido grupo de filósofos y teólogos; comienza a ver cómo la teología anglicana es tan dogmática como la católica. Se dedica entonces a estudiar hebreo y a profundizar en el Antiguo Testamento.
Desde este estudio, Blanco va a dar un salto importantísimo en su concepción del mundo y, a nuestro juicio, en la recuperación de sus raíces. En el Antiguo Testamento, va a encontrarse con la figura de Yahweh, el Dios Unico, que o comparte su poder con nadie. Menéndez y Pelayo dice que el unitarismo de Blanco se venía incubando desde 1818, pero nos atrevemos a afirmar que ese pensamiento es muy anterior, que está ya en su Oda a la Beneficencia y que lo había recogido de un ambiente que sigue llenando la vida de Andalucía y de su Sevilla natal.
En Andalucía y en Sevilla se sigue dando culto, bajo mil formas, al Toro y al Sol, los símbolos más importantes del unitarismo agnóstico de principios de la era cristiana. En 1803 Blanco había escrito:
Aún no giraba el sol sobre el eje de oro, ni de su ardiente rostro derramaba la hermosa luz del día y ya al mortal tu amor le preparaba, de su autor en el seno, de riqueza y placer un mundo lleno.
Y volvía a estas concepciones recordando, quizás, que en Sevilla Cristo no es el Hijo sino que es Nuestro Padre Jesús (de la Pasión, Nazareno, del Gran Poder, de la Salud, de las Penas…); porque esas ideas unitarias, asentadas en Andalucía durante muchos siglos y reprimidas a continuación, buscaban salir a la luz de la forma que fuera y salían especialmente en el plenilunio de cada primavera, cuando la vida estalla a lo largo y a lo ancho de los campos.
…………Tu rompiste los lazos de la nada y de otros seres la muchedumbre densa por ti nació a la luz y a los placeres. En el Ser soberano, la fuente de la vida abrió tu mano.
Desde las posiciones unitarias, rechazando todo lo sobrenatural de los libros sagrados y quedándose tan sólo con la parte moral, como hicieran tantos sufíes andaluces, Blanco White entra también en contacto con las doctrinas filosóficas de Stuart-Mill, humanitarias y libertarias, y con parte de la filosofía clásica alemana, aunque tuvo para ello que aprender entonces alemán; y con la escuela de exegetas de la Universidad de Tubinga, que en esa época comenzaba a desarrollar todas las formas de análisis histórico y lingüístico que daría origen a la Formgeschichte.
Desde las posiciones unitarias, Blanco White emprende una campaña vigorosa contra todo lo que signifique dogma, <<Todo sistema de ortodoxia es necesariamente injurioso a causa de la verdad religiosa…, todos los hombres dogmáticos son una injuria para el cristianismo…, un cristianismo espiritual, libre de teorías y de la doctrina de la interpretación verbal>>. Sus últimas obras Nuevas Consideraciones sobre la Ley de Libelo Antirreligioso y Cartas sobre herejía y ortodoxia son defensas ardorosas en pro de la libertad y de la tolerancia para con todas las opiniones y grupos. <<La causa de los males que oprimen al verdadero cristianismo es la idea de algún género de infalibilidad que resida entre los hombres>>.
Todo ello le valió a Blanco el verse abandonado por todos aquellos que habían estado a su alrededor cuando abanderaban posiciones oficialistas. Y es entonces, cuando se queda solo, cuando vuelve a tomar la lírica fluida del Renacimiento:
No me arredra la muerte; Más si viniere, ¡Oh Dios! En ti confío… ¿Por qué temer? ¿No estás en la tormenta lo mismo que en la calma más tranquila?... ¿Y qué es morir? Volver al quieto seno de la madre común en ti amparado o bien me abisme en el profundo cieno deste mar alterado, o yazga bajo el césped y las flores, donde la primavera cantan las avecillas sus amores.
Poco antes de su muerte escribe en una carta: <<Bajo el impulso irresistible de escribir en castellano que he sentido en los últimos días… compuse ayer dos seguidillas>>. El impulso se lo había dado la visita de su hermana Mariana y de otros parientes, esta visita y el hecho de verse rodeado de gente que hablaba su lengua materna, trajeron de nuevo a Balnco White los recuerdos dulces de su juventud y de su país natal.
En su país natal, mientras tanto, habían surgido las primeras luchas por la tierra con motines, asonadas y repartos en La Algaba, Pruna, y otros lugares. Las partidas de bandoleros; marginados de una sociedad que caminaba en la opresión, hacían la guerra por su cuenta; los señores ganaban, unos tras otros, todos los pleitos sobre tierras y se adueñaban de los poderes municipales y provinciales, gracias a la desamortización de bienes de propios y comunes. La última poesía de Blanco White parecía traer un rayo de esperanza a esta situación:
Al ver la noche Adán por primera vez primera que iba borrando y apagando el mundo, creyó que, al par del astro moribundo, la creación agonizaba entera. Más luego, al ver lumbrera tras lumbrera dulce brotar y hervir en un segundo universo sin fin… vuelto en profundo pasmo de gratitud, ora y espera. Un Sol velaba mil; fue un nuevo Oriente su ocaso; y pronto aquella luz dormida despertó al mismo Adán pura y fulgente. …¿Por qué la muerte al ánimo intimida? Si así engaña la luz tan dulcemente, ¿Por qué no ha de engañar también la vida?
José María Blanco White moría en Mayo de 1841, sin que hubiera ni una flor en Liverpool. Las flores crecían en Sevilla. Y era como si un Adán primitivo hubiera muerto dejando tras sí una semilla: la de la tolerancia, que volvería a abrirse paso en esta tierra oprimida también por la intolerancia. Quizás fuera bueno que ahora, cuando se conmemora el quinto centenario de la Inquisición, Blanco White volviera a Sevilla a reposar <<bajo el césped y las flores>> y se cumpliera de una vez la palabra que, quizás sin saber, dijo Machado:
La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía devota de Frascuelo y de María de espíritu burlón y de alma inquieta, ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta.
José María Blanco White sería aquí en Sevilla, en Andalucía; en cualquier plazoleta de su barrio de Santa Cruz, como una golondrina, profeta de la ineludible primavera.
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