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Según el libro de Ibn Hayyân sobre los jueces: “Hisám (II) al-Mu´ayyad último jefe de la comunidad, le nombró juez y encargado del Salat, tras su enojo contra Ahmad b. Dakwân, al que esterró cuando estallo la sedición (fitna) bereber. Decía descender de los árabes de al-Arî´s, en Siria, del linaje de Lajm. Entre él y Muhammad b. Abî âmir (Almanzor) ocurrieron muchos avatares, causa de que el mismo Hisám se inclinara por él y le nombrara tras Ibn Dakwán, ¡y que buen cambio se logró así!, pues era alfaquí sabio, conocedor, justo, sagaz, bueno, virtuoso, irreprochable, uno de los más destacados miembros de la Asamblea de Córdoba, sobresalientes en ciencias y autoridad. Nunca cejó, ni antes de su cargo ni durante él, de estar accesible, (yu´danula-hu), en su mezquita, junto a su casa. Viajó a Oriente y realizó la Peregrinación, visitó a los sabios y con ellos contactó. Entre los que se encontró está Abu Muhammad b. Abí Zayd, alfaquí del Magreb, en Qayrawán, con quien siguió en relación hasta la muerte de Ibn Abí Zayd. Sin embargo, en el ejercicio de su cargo la dañó su afecto al sultán y su empeño en rechazar un acuerdo con los bereberes, que aniquilaban a la población, en lo cual contrarió a Abd al-Rahmán b. Many^h, mawlá de Ibn Abí Âmir y administrador de todos los asuntos, (mudabbir amr) de Hisám (II). Tal fue la razón de su cese, el miércoles 9 de dú l-hiyya del año 402 (2 de julio de 1012). Permaneció en su casa hasta que partió de Córdoba Ibn Manyúh y los mawlá-s ámiríes se hicieron con el poder. Entonces Hisám (II) hizo volver a Ibn Wâfid a la judicatura y al cargo de la salat, el jueves a 8 días por andar de ryab del año 403 (6 de febrero de 1013), tras el disfavor y el rigor de Hisám. Cuando al-Mutacin con los bereberes venció a Hisám, sembrando la muerte en la capital y trastornando el estado, Ibn Wâfid se ocultó, pues una búsqueda acuciante se desencadenó contra él por su anterior enemiga contra los bereberes. Lograron prenderle al amanecer del jueves a 5 días por andar de yûmáda II del año 404 (31 de diciembre de 1013). Le maltrataron y arrastraron tirandole por tierra, hasta la puerta del Alcázar, a pie y descalzo, descubierta la cabeza y mostrando su calvicie, llevando puesta tan sólo una túnica y en el cuello su turbante, por el cual le conducían, cruzando así las calles hasta la puerta del Alcázar, mientras los corazones de las gentes se partían de dolor, sin poder hacer nada por él, y los bereberes pregonaban en su contra: “Esta es la retribución que merece el cadí de los cristianos, que provocó la fitna y además de eso, como soborno (raswa), dio a los infieles de los castillos de los musulmanes. El no dejaba de replicarles y acusarles de mentir, sin que se haya visto a nadie más entero que él en su aflicción. Fue introducido ante al-Mutacin que , sin pudor, le injurió y propuso crucificarle, encargándose de ello su visir zalmedina, Musa b. Hârún b. Hudayr, el más acérrimo enemigo, que ordeno traer los instrumentos de la crucifixión, mientras los bereberes esperaban el espectáculo. Hubo continuas súplicas en su favor, y (al-Mutacin) le perdonó la vida, ordenando encarcelarle dentro de la Alcázar. Se negó a comer, hasta que una mawlá que tenía, se las ingenió para hacerle llegar algún alimento, con el subsistió. Se fue agravando su enfermedad, y por fin se hizo pública su muerte, la mañana del domingo 14 de du l-qacda del año 404 (17 de mayo de 1014), cuando sacaron (su cadáver) al pórtico de la pila de abluciones, junto a la puerta de la mezquita, arrojado como los cuerpos de los necesitados y de los desconocidos, sirviendo de lección a quien lo hubiera visto. De él se encargaron gentes del pueblo y un asceta, sin que personaje ninguno rezara ante él por temor al Poder y los espías”.
Abu Mutarrif Abd Al-Rahmán B. Ahmad B. Abî l-Mutarrif (Ibn Futays)
Según el libro de Ibn Hayyán: “fue nombrado cadí, pero sin el cargo de la salat, entre los dos periodos en que ejerció el citado Ibn Wâfid. Procedía de Priego (Bâgu), de familia poderosa y rica. Sobresalía en la literatura (adab) y en transmisión (riwâya), y eran escasos sus conocimientos en jurisprudencia (fiqh). Se le forzó a aceptar el cadiazgo, y siempre actuó bien, aunque mantenía su solicitud de que se le relevara del cargo. Cuando Abd al-Rahmán b. Manyûh partió de Córdoba, Hisám le destruyó, tornando Ibn Wâfid. Dice (Ibn Hayyán): “No cometió ningún acto censurable. Después vivió ocupado en devociones, hasta su muerte, el lunes 15 de safar de 407 (24 de julio de 1016) en Córdoba. Había nacido a comienzos del año 336/947. Ibn Mufarriy en su ta´rïj, menciona que realizó el viaje de Peregrinación a La Meca, durante el cual transmitió (rawà). Al-Mutacin hizo lo posible por forzar a Abu l-Abbâs Ibn Dakwân para que aceptara el cadiazgo, pero éste rehusó, y entonces distribuyó el cargo entre Yûnus b. al-Saffâr y Muhammad b. Jazar, personaje destacado de los Zanâta, hasta que Ibn Hammûd llegó al poder”.
Abu L-Matarrif Abd al-Rahmán B.Bisr, conocido por “Ibn al-Hassâr”
Sobre el escribe Ibn Hayyan: “Su padre había sido esterero y los Banu Futays pretendían que era cliente suyo. En él se manifiesta la tendencia “nacionalista” (sucubiyya), por su rechazo a la vanagloria a los linajes (árabes), y solía recitar: “Para Allah, el más noble entre vosotros es el más piadoso” (Corán, XLIX,13). No había aceptado la judicatura hasta que Alí b, Hammúd le entregó tal compromiso, y le conjuró a aceptarlo, a pesar de sus lágrimas. Dictaba sentencias con habilidad, y ninguno de sus coetáneos le igualaba en redactar documentos notariales ni en resolver por analogía los casos. Tenía dulce voz y hermosa letra, superando en ello a los alfaquíes, respecto a los cuales estaba al mismo nivel en emitir dictámenes, que ellos hacían con tanta destreza, y en conocer de memoria la casuística y los libros. En esto pisaba con firmeza, además de estar dotado de inteligencia, buena figura, perfecta formación e inclinación por diferentes ciencias, con las cuales ornaba sus discursos. Era hombre de humilde extracción, con opiniones “nacionalistas” y se oponía de modo total a la aristocracia árabe. Era altanero y se tenía de él una opinión negativa, pues prefería una dureza que le acarreaba muchas enemistades. No cumplió con el precepto de la Peregrinación y renunció a viajar (a la Meca), aunque tenía salud y riqueza. A pesar de sus defectos, con el se clausuró la excelencia propia de los jueces de al-Andalus. Uno tras otro los Banú Hammúd le promovieron a la judicatura y fue notable el amor que les tenía, mas le afectaron las intrigas, y Hisám (III) al-Muctadd al-Marwáni, le destituyó cuando aun estaba en la frontera, antes de llegar a Córdoba. Quedó depuesto el miércoles a 11 por andar de du l-hiyya de 419 (8 de enero de 1029). En su cargo duró 12 años, 10 meses y 4 días. Vivió retirado y temeroso, hasta que (cuando murió) fue inhumado en el cementerio de al-Abbás, tras la salat de la tarde del sábado 15 de sacbán de 422 (18 de agosto de 1030), asistiendo el califa Hisám (III), que parecía regocijarse. Al funeral acudió mucha gente”.
Abu L-walíd Yúnus B. Abd Allah B. Al-Saffar, de los Banú Mugît.
Relata Ibn Hayyán: Hisám (III) al-Mutadd le nombró después de Ibn al-Hassár, aunque no aceptó sino después de ser presionado por los poderosos. Siguió como juez hasta su muerte, la noche del viernes a 3 por andar de rayab de 429 (5 de mayo de 1038). Vino a ser el colofón de los jueces de Córdoba, último de los hatib que allí merecen nombrarse, hito de los tradicionistas categorías todas estas en las que no puede discutírsele, aunque el cúmulo de virtudes que se reunían en su antecesor lo menoscaban. Cuando murió, era la máxima autoridad en al-Andalus, el de más vastos conocimientos y el de mayor edad, pues sobre pasaba los noventa y seis años en seis meses, y a pesar de eso conservaba todos sus sentidos; escribía con precisión y esmero, podría repentizar largos sermones, y no dejaba de redactar obras. Fue autor de excelentes libros sobre ascetismo y sutilezas doctrinales (daqâ´iq), entre otros temas. Además de ser incomparable en hadiz, destacaba por sus conocimientos lingüísticos y literarios, gran relator de poesías y noticias, muy elocuente y agudo hatid, de pronta emotividad; se le deben versos de perfecta hechura; los más logrados en su juventud trataban el amor, y en su vejez eran de tono amonestador. No dominaba la casuística ni la respuesta legal, no destacaba en el fiqh, y en demasía perdía el alegato sin tener excusa. Aunque consagrado al ascetismo, sentía pertinaz apego a las cosas de este mundo y rivalizaba por lograr sus más altos rangos, adulando a los reyes de las distintas dinastías. Se enriqueció tras comenzar en la pobreza, contradiciendo el dicho de los jueces virtuosos: “quien ejerce el cadiazgo y no se empobrece es que roba”. La mejor prueba de cómo era, es que pretendió que su hijo Mugít b. Muhammad le sucediera en el cadiazgo cuando él muriera, aunque ello no llegó a realizarse. Duró en su cargo nueve años, seis meses y catorce días. Tras él, ya en tiempos de Abu l-Hazm Ibn Yahwar, ejerció Abu Bakr Ibn Dakwân.
Abu Bakr Ibn Dakwân
Abu l-Walíd Ibn Zaydún le dedicó una elegía, y en uno de sus versos dice: ¡Oh aquél, que a sus iguales superó en algo cuyo dominio se hizo proverbial ¡ Le menciona Ibn Hayyan en el Kitâb al-qudâ, donde indica: “es Abu Bakr Muhammad b. Abí l-Abbas Ahmad b. Abd Allah b. Dakwân, cuyo padre fue qadi al-qudá. Los personajes de Córdoba proclamaron el nombre de Abu Bakr como cadí, durante el gobierno de Abu l-Hazm ibn Yahwar, y coincidían en afirmar que en su madurez (alcanzo) cordura y sabiduría, rectitud y castidad, recato, hombría de bien y riqueza. Ibn Yahwar le ofreció el cargo (de Cadí), y él se resistió hasta que le insistieron mucho y lo aceptó. Hizo prevalecer la justicia y concitó el odio general. El mismo se retiró entonces, a comienzos de sacbán de 430 (28 de abril de 1039), habiendo ejercitado como cadí durante el tiempo de un año menos tres días. Murió después de que accediera al poder su amigo Abu l-Walíd ibn Yahwar, el miércoles 3 de rabíc I de 435 (10 de octubre de 1043), y ningún personaje de Córdoba faltó (a su entierro), dirigiéndole hermosos elogios. Había nacido en rayab de 395 (abril-mayo de 1005)”.
Abu Muhammad Abd Allah B. Ahmad, llamado “Ibn Al-Makwi”
Ibn Hayyán le describe así en su libro: “Los asuntos jurídicos quedaron interrumpidos tras la renuncia de Ibn Dakwán; aquella situación se prolongaba y la gente protestaba a Abul-Hazm, que nombró a Ibn al-Makwí. No pertenecía a la clase judicial, pues era un tipo de personas que prefieren vivir en la oscuridad; era dado también a la modestia y a la castidad. No aceptó el cargo sino después de que le presionaran, y no se le aplico el nombre de juez, como antes había ocurrido con Ibn Dakwân. (Se le nombró) el jueves 7 de Muharraq de 432 (17 de septiembre de1040). Al ejercer su cargo adquirió severidad y engreimiento, tratando con desdén a muchos personajes principales, por lo cual le acaecieron problemas graves. Se opuso al soberano (malik) de Córdoba, Abu l-Wâlid Ibn Abí l-Hazm, e impidió a su visir, Ibrahím b. Muhammad b. Yahyá, disponer de tesoros (majâzin) de la mezquita aljama. La gente solicitó con insistencia que se le destituyera, y así ocurrió la mañana del lunes a 13 por andar de rabíc I de 435 (24 de octubre de 1043). Vivió retirado hasta su inhumación, la tarde del lunes 13 de yumâdá I de 438 (15 de noviembre de 1046), a lo cual asistió todo el mundo, enalteciendo su sobriedad y reconocimiento. Hombre de poco saber y odioso carácter, con él se llegó a la primera mengua en esta elevada función (del cadiazgo).
Abu Alí Hasan B. Muhammad B. Dakwân
Así se refiere a él Ibn Hayyan: “Le nombró Abu l-Walíd después de Ibn al-Makwí, pues era el decano entre sus familiares, tan estimados en este Estado. Con anterioridad se había encargado de la hisba. Asumió su trabajo con autonomía, dada su larga experiencia en la administración de justicia, a pesar de sus escasos conocimientos. Era honesto, y tenía energía, riqueza y flexibilidad al dictar sentencia. Carecía de ciencia y era nula su cultura literaria, participaba de extremas dosis de mal carácter y rudeza. La necesidad les hizo recurrir a él, hasta que desvarió, condescendiendo con su primo Ahmad b. Muhammad b. Dakwân y con un grupito (ruhayt), que conspiraron contra el poder, en Córdoba, y entonces Abu l-Walíd lo destituyó, a comienzos de rabíc I de 440 (14 de agosto de 1048), obligándole al retiro en su casa. En esta situación murió. Fue inhumado en el cementerio de al-Abbâs,la tarde del martes 11 de du l-qacda de 451 (19 de diciembre de 1059), asistiendo a su funeral el soberano (malik) de Córdoba Abu l-Walid”.
Abu Bakú Yahyá B. Muhammad B. Yabqá B. Zarb.
Sobre él escribe Ibn Hayyan en su libro: “Le nombró Abu l-Walíd después de Ibn Dakwán. Era el decano de los alfaquíes de su tiempo. Escogió en él al hombre maduro y honesto, de amable carácter, magnánimo, de rectitud probada y pilar doctrina. Se le añadió el encargo de la Salat y la jutba a éste (del cadiazgo), de modo semejante a lo que ocurriera con su padre, el cadí Abu Bakú Ibn Yabqá. No aceptó, sino tras ser presionado. Mantuvo su virtud e integridad hasta que murió, el viernes 5 por andar de rayab de 447 (20 de octubre de 1055); sobre la Salat el soberano (malik) de Córdoba Abu l-Walíd. Sólo tenía aquella modestia que hermoseaba su condición, sin poseer ninguna otra excelencia. Su pérdida no fue sentida, y no le lloraron ni los cielos ni la tierra. Tras él se abstuvo largo tiempo Abu l-Walíd de designar cadí, y encargo a su visir Abu l-Hasan Ibn Yahyá que se ocupara de los casos judiciales; la gente entonces acudió en tropel, mientras su cansancio aumentaba, en tanto los asuntos se le multiplicaban, y él a todos daba curso por un cauce amplio, gracias a su capacidad y buen gobierno”.
Abu l-Qâsim Sirây B. Abd Alláh B. Sirây
De él dice Ibn Hayyân: “Abu l-Walíd alivió a su visir de los casos judiciales, descargándole de ellos, dado lo que éste tenía ya bajo su mano en la dirección del Estado. Eligió entonces como juez al citado Ibn Sirây, de familia notable, habiendo sido su antepasado Sirây mawlá del emir (Abd al-Rahmán I) el Inmigrado. Tal (designación) fue el lunes a 12 por andar de safar de 448 (26 de abril de 1056), después de presionarle y conjurarle (para que aceptara). Añade (Ibn Hayyân) que en esta situación sigue hasta el tiempo en que este libro se redacta, habiendo sobrepasado los ochenta años con buena salud”.
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