Traducción de la primera parte de un artículo publicado en el periódico francés Le Monde, el jueves 17 de Enero de 2002.

SOY  UN  MUSULMAN

Michel del Castillo

 < Michel del Castillo nació en 1933, de padre francés y madre española; es escritor. Obtuvo el premio literario Renaudot en 1981 >

 

             Análisis, comentarios, testimonios, declamaciones, rituales patrióticos, rezos y cánticos, lo he soportado todo. Me bastaba pensar en los miles de cuerpos sepultados debajo de esos montones de chatarra y de escombros para sumergirme de nuevo en mi silencio. Cuando todos chillaban o lloraban, habría pensado que era indecente clamar mi pena o mi indignación. Si me resigno a decirlas hoy, es que tiene que quedar claro, sin el menos equívoco: el atentado del 11 de Septiembre me parece a la vez escandaloso y criminal. Una monstruosidad.

 

             A pesar de todo, mi tristeza y mi asco no me hacen solidario de América y de su política. ¿Somos todos americanos? Yo no. No lo soy. No lo he sido jamás. No seré jamás un americano. Soy un europeo del sur, medio andaluz, por no decir medio musulmán. Se demasiado lo que nuestro viejo continente le debe al Islam español y ante todo el retorno a la razón griega.

 

             En el siglo X, la Córdoba de Abderrahmán III, con una población de varios centenares de miles de habitantes contenía una decena de escuelas universitarias a donde acudían alumnos de todos los horizontes de Europa. Dotada de un sistema de desagüe directo de las aguas evacuadas, de un alumbrado público, era sin duda la ciudad más moderna y más resplandeciente de todo el continente. La más sabia también. Protegidos y animados por el califa, los judíos acababan de traducir los autores griegos –de Aristóteles a Xenofón, sin olvidar Parmenides y Platón, resurrección que trastornó la conciencia occidental, estimulando el espíritu crítico, arrancando la telología de su letargia para dar a luz a Abélard, Dun Scott y Santo Tomás de Aquino.

 

             Los musulmanes de España no sólo abrieron un espacio a la razón, a donde Averroes, Ibn Sina o Maïmónides se aventuraron intrépidamente, fueron también médicos, geógrafos, astrónomos,  historiadores, matemáticos, alquimistas y físicos, arquitectos milagrosos,  músicos refinados, jardineros delicados, horticultores o sutiles artesanos. Durante casi cinco siglos, los califas y emires han mantenido una escuela de tolerancia, defendiendo a los judíos, acogiendo a los cristianos, convivencia ejemplar en estos tiempos de fanatismo. Hago más que aceptar esta herencia; me siento orgulloso de ella.

 

             Hoy  me siento invadido por tristeza. Lo peor parece estar de pronto permitido, el insulto crapuloso (tal pasaje de la novela de Michel Houellebecq, tales declaraciones del autor), el cretinismo racial de Silvio Berlusconi afirmando la superioridad de la civilización occidental sobre la musulmana (entre nosotros, cuando lo miro, me siento aliviado por mi clara  inferioridad), las peroratas del presidente Bus llamando a una cruzada del Bien contra el Mal (¡que alivio ahí también el no formar parte de los buenos!), el cinismo brutal de Ariel Sharon, visiblemente feliz de rebajar y humillar; en adelante todo está permitido.