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Es el último representante de la poesía arábigo-andaluza. Quizás su importancia no provenga tanto de la calidad de su producción poética como del hecho de que sus versos estén decorando los muros de unos de los edificios más hermosos de la arquitectura andalusí: la Alhambra de Granada. Podríamos afirmar que Ibn Zamrak es, acaso en todo el mundo, el poeta cuya obra ha sido editada con mayor lujo.
Procedía Ibn Zamrak de una familia pobre originaria del Levante de la Península, de donde huyendo de la conquista cristiana se trasladaría a Granada, instalándose en Albaicín.
A pesar de su origen humilde, recibió una esmerada educación en la recién construida madraza de la ciudad, en donde realizó sus primeras lecturas del Corán. Tuvo como profesores a maestros tan afanados como Ibn Marzûk e Ibn al-Jatîb, quienes le introdujeron en la administración granadina, llegando a desempeñar las funciones de secretario del príncipe marînî Abû Sâlim Ibrahîm.
Su carrera política corrió paralela al reinado de Muhammad V, con quien compartió los años del destierro en Fez, hasta su posterior retorno a Granada. En el año 1372 ocupó el cargo de primer ministro, que había abandonado su maestro Ibn al-Jatîb al pasarse al bando del sultán marînî ‘Abd al-‘Azîz, colmándose sus ambiciones personales, hasta que la muerte de Muhammad V produjo el eclipsamiento de su buena estrella. Fue encarcelado por el nuevo monarca Yûsuf II y posteriormente restituido (sin que sepamos bien las causas de tal proceder) en el. Cargo hasta que murió asesinado en su casa junto con sus hijos, a consecuencia de una revuelta palaciega. Esto debió de ocurrir antes del establecimiento del visirato en 1393.
Pocos testimonios escritos tenemos de la obra de Ibn Zamrak. De su prosa sólo ha llegado hasta nosotros un breve fragmento, en el que se exhorta a las tropas andaluzas frente a las tropas cristianas que intentaban la conquista del reino granadino.
De su poesía hay que señalar que no descolló ni por su originalidad ni por su perfección técnica, sino por el tratamiento tan particular del tema erótico, en el que siguiendo la tradición árabe del amor ‘udrí o amor de Bagdad, que ponía el norte amoroso en una morbosa perpetuación del deseo, escribiría poemas como los traducidos por García Gómez:
Aumento mi pasión y aguijoneó mi anhelo una candela embozada en mantos de sombra.
Entre la oscuridad me hacía señas, como un dedo blanco teñido de rojo en la punta, y perteneciente a una mano escondida.
Si no soplaba la brisa, brillaba su llama como un hierro de lanza; si la brisa lo torcía, se achataba como una pulsera de luz.
Otro de los temas que Ibn Zamrak desarrolló podríamos encuadrarlos en la poesía descriptiva: muestra de los jardines y palacios de la corte granadina. No olvidemos que fue el único gran poeta andalusí que conoció la Alhambra concluida y que disfrutó de la contemplación de los palacios y alcazabas de este último reino andaluz.
No podemos concluir este breve esbozo biográfico de Ibn Zamrak sin mencionar un aspecto tan importante para su obra, como es el hecho de que gran parte de su obra, como es el hecho de que gran parte de ésta fuese utilizada para la ornamentación de la alcazaba nazarí; prueba de ello sería esta composición poética de 24 versos, traducida también por García Gómez, y que decora la Sala de Dos Hermanas del palacio de la Alhambra:
Jardín yo soy que la belleza adorna:
Sabrás mi ser si mi hermosura miras.
Por Muhammad, mi rey, a par me pongo
de lo más noble que será o ha sido.
Obra sublime, la Fortuna quiere
que a todo monumento sobrepase.
¡Cuánto recreo aquí para los ojos!
Sus anhelos el noble aquí renueva.
Las Pléyades le sirven de amuletos;
la brisa le defiende con su magia.
Sin par luce una cúpula brillante,
de hermosuras patentes y escondidas.
Rendido le da Géminis la mano;
viene con ella a conversar la luna.
Incrustarse los astros allí quieren,
sin más giraren en la celeste rueda,
y en ambos patios aguardar sumisos,
y servirle a porfía como esclavas:
No es maravilla que los astros yerren
y el señalado límite traspasen,
para servir a mi señor dispuestos,
que quien sirve al glorioso gloria alcanza.
El pórtico es tan bello, que el palacio
Con la celeste bóveda compite.
Con tan bello tisú lo aderezaste,
que olvido pones del telar el Yemen.
¡Cuántos arcos se elevan en su cima,
sobre columnas por la luz ornadas,
como esferas celestes que voltean
sobre el pilar luciente de la aurora!
Las columnas en todo son tan bellas,
que en lenguas correderas anda su fama:
lanza el mármol su clara luz que invade
la negra esquina que tiznó la sombra;
irisan sus reflejos, y dirías
son, a pasar de su tamaño, perlas.
Jamás vimos alcanzar más excelso,
de contornos más claros y espaciosos.
Jamás vimos jardín más floreciente,
de cosecha más dulce y más aroma.
Por permisión del juez de la hermosura
Paga, doble, el impuesto en dos monedas,
pues si, al alba, del céfiro en la manos
deja dracmas de luz, que bastarían,
tira luego en lo espeso, entre los troncos,
doblas de oro de sol, que lo engalanan.
Le enlaza el parentesco a la victoria:
Sólo al del Rey este linaje cede.-
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