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LA GUERRA DE BUSH |
LAS TORTURAS DE LA C.I.A. |
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| BOLETIN Nº29 - AGOSTO 2004 | |||
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La tortura existe. El escándalo de las imágenes de una cárcel de Irak en donde se sometía a abusos físicos y mentales a los presos ha desatado una polémica mundial. Pero por desgracia, no es nada nuevo: desde hace 50 años la CIA ha desarrollado los más crueles mecanismos de tortura psíquica mediante el control mental, técnicas subversivas o hipnosis. Una realidad que nos conduce a las cloacas de la historia.
Sentí asco. Pasé parte de la tarde de aquel día 6 de mayo -en pleno escándalo tras la aparición de las imágenes de las torturas a presos iraquíes— efectuando una serie de consultas entre mis contactos en la policía. Buscaba conocer más sobre los entresijos de la investigación oficial respecto a los atentados del 11-M en Madrid. Por obligación, a veces uno descuelga el teléfono para abrirle el micro a un interlocutor de ética despellejada. Fue el caso: ‘Fijate ahora tienes ahí a los de siempre, protestando por las torturas a los presos de Irak. Pero, ¿acaso se dan cuenta de lo que nos están haciendo estos “moros’?”. Mi siguiente contacto también decía lo mismo. Preferían cerrar los ojos y justificar las imágenes en aras de la lucha contra el terrorismo. Aquella misma noche leí una encuesta efectuada por la cadena CNN meses después de los atentados contra las Torres Gemelas, según la cual el 45% de los norteamericanos justificaba la tortura en caso de que los malos tratos -físicos o psíquicos- permitieran parar los pies a los miembros de Al Qaeda.Y volví a sentir asco. La aparición de detestables imágenes el 11 de mayo, en la que se degüella a un norteamericano por miembros de la guerrilla iraquí no hacen sino fomentar el debate. Este reportaje, que informa sobre el origen de la tortura en EE.UU., pretende que nadie —bajo ninguna circunstancia— pueda jamás volver a creerse en el derecho de justificar lo injustificable y concluir otra cosa que no sea una rotunda negación a las mismas. Ha habido de otro tipo, y no pocos, pero de entre los armados, el primer conflicto tras el 11-S fue la guerra de Afganistán. En la batalla, cerca de 1.000 afganos fueron detenidos y conducidos a Guantánamo, porción de tierra cubana dominada por Estados Unidos. Allí, en la prisión a la que fueron a parar los capturados -por cierto, reconstruida por la empresa Halliburton , propiedad en los años noventa del vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney- se ha practicado la tortura de forma reiterada. Especialmente, la mental, la que aquí nos ocupa, quizá mucho más terrible e inhumana que la física. Javier Nart, que fue abogado de uno de esos presos, me explicó -en presencia de Gustavo de Arístegui, portavoz del Partido Popular en la Comisión de Exteriores del Congreso - que su representado estaba sometido a un tratamiento cruel e inhumano: “Pasa todo su tiempo en una especie de jaula de un metro de longitud y uno de alto. Con unos antifaces y unos tapones los aíslan sensorialmente. Les alteran las horas de sueño...”. A los presos de Guantánamo se les somete a un proceso de despersonalización que la CIA inventó allá por mediados de siglo XX. El objetivo de este método de aniquilación del individuo “es provocar que la víctima acabe dispuesta a recibir la salvación de quienes han pasado a controlar cada uno de sus actos”, escribe Gordon Thomas, autor del libro Las torturas mentales de la CIA (Ediciones B, 2001). Las imágenes que nos han llegado desde allí son elocuentes. Lo que se busca es convencer al reo de su maldad intrínseca de modo que antes o después se convertirá al dictado de quien manda sobre ellos. A veces, los hacen caminar como si fueran perros, atados por el cuello a una correa y a cuatro patas. Son animales y así quieren hacérselo ver sus carceleros. En ocasiones, el mecanismo acaba con la muerte o, como mínimo, en la locura de la víctima -20 suicidios en Guantánamo y al menos 25 presos muertos en Irak-. Se utilizan para ello todo tipo de técnicas de control mental, durante las cuales se recurre, incluso, al uso de las más poderosas drogas o de lo más siniestro de la hipnosis. Los carceleros hacen lo que viene escrito en sus manuales, redactados o inspirados por un oscuro personaje llamado Sidney Gottlieb... No es casualidad que algunas de las imágenes que han trascendido a la opinión pública sobre la práctica de torturas en la cárcel iraquí de Abu Gharib tengan como protagonista a una soldado llamada Lynndie R. England, de 21 años. Se ha con vertido en el rostro del horror, pero ella se ha excusado: ‘Estuve en el lugar equivocado, en el momento inoportuno”. Pero no es así; el 27 de diciembre de 2003 la agencia italiana ANSA ya anticipaba la existencia de varios casos de tortura en la cárcel iraquí protagonizados por mujeres: “Los prisioneros de guerra experimentan desde hace meses las consecuencias del rostro duro de Estados Unidos, el de los interrogatorios secretos... A veces son humillados por agentes femeninas, lo que provoca un efecto devastador para hombres que pertenecen a culturas islámicas”. Se trata de indicaciones reflejadas en manuales de la CIA como el Hubark, redactado en el año 1963. El Pentágono, sin embargo, considera este caso como aislado, al igual que parte de la prensa norteamericana. Como demuestra un informe divulgado el 9 de mayo por The Washington Post, los interrogatorios “extraordinarios” en Guantánamo debían ser aprobados por altos funcionarios. Mientras, en el caso de la prisión de Irak, los superiores de England eran miembros de los servicios de inteligencia. Sabían lo que hacían... Jeremy Sivits, un compañero de la citada militar contra el que ya se han formulado cargos y será juzgado en un consejo de guerra, ha declarado que sólo seguía órdenes”.
El “inventor” de la tortura psíquica “Me limitaba a utilizar los dones que el Altísimo me ha concedido para intentar defender unas convicciones que sigo manteniendo: creo que Estados Unidos tiene derecho a defenderse por todos los medios posibles”. Quien así de iluminado se expresaba se llamaba Sidney Gottlieb, el hombre al que Allen Dulles, el mítico director de la CIA, le dijo: “Busque la clave del control de la mente humana”. Así lo hizo. Creía que Dios le enviaba para salvar al mundo y que la mejor forma de hacerlo era desarrollando un mecanismo que sirviera para alterar la psique, sus recuerdos y sus valores, hasta el punto de fabricar desalmados que siguieran órdenes. Es decir, presos al servicio de sus captores. Trabajó para la CIA desde 1951 y su influencia, medio siglo después, se palpa entre todos los nubarrones de los servicios secretos. De sus experimentos de tortura mental aprendieron decenas de países; incluso fue el autor del manual de “cómo asesinar’ que hoy sigue en vigor para los agentes de la CIA. Descubrió, por ejemplo, que aplicando electroshock a un preso se conseguían cosas “maravillosas”, del estilo de quebrar sus criterios racionales y abrir un agujero negro en sus recuerdos para inculcar falsas vivencias. Cuanto menos —averiguó— al preso se le obligaba a colaborar con la verdad o la mentira, pero siempre en la dirección que el torturador quería. También diseñó una máquina para aplicar corrientes de electricidad a los enemigos y tanto le alumbró su Dios que varios países compraron esos artilugios que se encontraron, por ejemplo, en Afganistán, en donde los talibanes los utilizaban cuando eran amigos de Norteamérica, con objeto de aterrorizar a los insurgentes. Un informe de Amnistía Internacional del año 2000 desvela que tan altísimos dones desarrollados por Gottlieb fueron utilizados por decenas de naciones. Fue él quien averiguó que pocas cosas más persuasivas hay para el preso como el aislamiento sensorial. Que ni oiga, ni sienta, ni vea, ni huela... ¿Durante cuánto tiempo? Semanas o meses. ¿Resultado? O la locura o un zombi despersonalizado. Conclusión: un enemigo menos que confiesa lo que sea. En Guantánamo siguieron sus dictados al pie de la letra. Quizá Gottlieb está en el altar sagrado al que creyó pertenecer, pero quienes estudiaron su vida, como Gordon Thomas, no dudan en situarlo “en el panteón de los horrores, junto a genocidas y asesinos en serie. Muchas de sus víctimas sufrieron daños irreparables, otras se volvieron locas y gran parte murieron”. Gottlieb fue el director del proyecto MK-U!tra, auspiciado por la CIA. Los documentos oficiales al respecto fueron revelados a la opinión pública a finales de los años setenta. Se metió en esta aventura tras averiguar que determinadas drogas provocaban en los cobayas humanos resultados asombrosos... ¡hacían lo que se les pedía! Si los presos debían confesar, confesaban. Si tenían que negar lo que habían visto, lo negaban. Si tenían que actuar en contra de sus principios, actuaban. Son una herramienta maravillosa para el torturador. En especial, drogas alteradoras de la conducta humana como el LSD. Para desarrollar MK-Ultra contó con la colaboración de 59 universidades americanas, doce hospitales y tres prisiones.
En busca de la tortura perfecta Entre las terribles imágenes que se han publicado en las últimas semanas hay una que por su significado nos desvela la perfecta programación y preparación que hay detrás de las torturas. Se trata de una fotografía en la que dos perros acorralan dentro de los pasillos de la cárcel a un hombre desnudo que, con las manos en la nuca, encoge su cuerpo, aterrorizado. “Son extraordinarias por su significado, ya que muestran que en la prisión de Abu Ghraib se están utilizando técnicas del Tercer Reich”, señala el periodista Seymour Hersh, galardonado con el premio Pulitzer. Durante su investigación tuvo acceso a un informe de casi cuarenta páginas realizado por el mayor Antonio Taguba, en donde se relatan las terribles prácticas de los interrogadores de la prisión. De hecho, las imágenes de los presos desnudos y en situación humillante son muy similares a algunas prácticas nazis. “Los soldados dispararon al menos ocho veces desde las torretas de vigilancia sobre presos desarmados, causando siete muertos”, puede leerse en El País-10 de mayo, 2004-. ¿A quién no le recuerda esta escena a aquella de la película La lista de Schlinder, de Steven Spielberg, en la que un oficial nazi abate con una escopeta y desde su guarida, por puro vicio y con satisfacción, a varios judíos de un campo de concentración? Otra vez: no es casualidad. La CIA empezó a desarrollar sus métodos de tortura en los años cincuenta, y el punto de partida fue intentar imitar las técnicas de fuerzas enemigas. Eran aquellos los tiempos de la guerra contra Corea del Norte, durante la cual muchos oficia les norteamericanos que fueron hechos presos por los militares norcoreanos confesaban con entrega pasmosa durante los juicios a los que fueron sometidos. Aquello llamó profundamente la atención a Allen Dulles, director de la CIA, que se rodeó de un equipo de médicos y psiquiatras que, entre otras cosas, se pusieron como objetivo averiguar cuáles eran las técnicas utilizadas por los coreanos, los rusos o los alemanes años atrás. Los experimentos MK-Ultra partían de una serie de estudios que efectuó el “núcleo duro” del grupo, con el doctor Gottlieb al frente y con la participación de reputados médicos como Ewen Cameron. Entre los primeros informes que se manejaron había un trabajo del doctor Monroe en el que se ensalzaban los beneficios del aislamiento sensorial, puesto en práctica en Guantánamo: podía cambiar por completos los objetivos, ideales y valores de una persona. Otras técnicas cómo la repetición constante de determinadas órdenes convencían al preso de una realidad distinta a la que defendía en el momento de ser capturado. También se comenzaron a desarrollar drogas modificadoras de la conducta. El primer responsable de ellas fue el doctor Richard Wendt, jefe del departamento de psicología de la Universidad de Rochester, a quien se le entregaron 30.000 dólares para perfeccionar su método. Para experimentarlo se utilizó un piso franco de la CIA en Francfort, a donde fueron conducidos algunos sospechosos. A varios de ellos se les inculcó el “polvo de la verdad”, que provocó un estado de locura en el prisionero. Una vez efectuado el experimento, los agentes conducían a los supuestos espías de la KGB a un bosque, en donde eran ejecutados sin miramiento. Los trabajos sobrepasaron con creces todo límite de decencia. Uno de los centros donde se llevaban a cabo era el Allen Memoral Institute, en Canadá. Ewen Cameron descubrió allí, por ejemplo, que a un prisionero al que se le somete a un largo periodo de sueño y a descargas en la sien, se convierte en el perfecto colaborador que no sabe ni recuerda nada, sólo aquello que interesa a sus captores. Parte del manual Hubark tuvo que ser desclasificado por imperativo legal en 1997, aunque -alegando razones de “segrindad nacional”— gran parte de su contenido fue censurado. En el texto se sugiere incluso el uso de la hipnosis como método para establecer el control mental del enemigo. Este libro fue el que utilizó la CIA —‘han vuelto los tiempos de Dulles”, dijo William Casey, el director de la agencia en aquella década— para instruir a miembros de diversos cuerpos militares de Aménca del Sur que estaban al servicio de dictadores.
La tortura, autorizada desde Washington En el ámbito de los países democráticos, el 11-S marcó la resurrección de la tortura como práctica “legal” o, cuanto menos, permitida. Lo insinuó Dick Cheney, el vicepresidente de los Estados Unidos en una entrevista concedida a la cadena de televisión CBS: “Este es un negocio sucio, peligroso, perverso... Vamos a analizar de qué manera trabajamos y con qué gente, pero puede que nos haga falta meter en nómina, en el lado oscuro, a algunos individuos muy indeseables”. Precisamente, la sombra de Cheney ha logrado -hasta el momento- salir indemne de la ola de críticas que han deparado las imágenes de Irak, como consecuencia de las cuales la figura pública más vilipendiada ha sido Donald Rumsfeld, secretario de Defensa. Pero fue Cheney quien en 1992 y cuando ocupaba el cargo de secretario de Defensa, ideó un plan de privatización de determinados servicios militares. Entonces nacieron las llamadas ‘Empresas de Servicios Militares” -PMF— para cumplir con determinadas funciones del ejército salvo aquellas relacionadas con las propias operaciones bélicas. Así, empresas como Vinell instruyeron a ejércitos de medio mundo, como la guardia real de Arabia Saudí o las tropas turcas encargadas de la represión al pueblo kurdo. Ambos ejércitos han sido acusados de practicar las torturas más terribles. ¿Es casualidad que Vinel sea propiedad del Carlyle Group, la empresa vinculada a familia Bush? Poco después, se abrió Guantánamo y se permitió la participación en la guerra de Afganistán e Irak de paramilitares que en gran parte fueron militares y agentes secretos que, por ejemplo, están al mando de determinados servicios en la cárcel de Abu Ghab en Irak, en donde se han producido los casos de torturas. Además, se ha situado al frente de esta prisión al general Geoffrey Miller, cuyo anterior puesto —¿casualidad?- había sido el de director de la cárcel de Guantánamo. El Pentágono entregó la misión de interrogar a los presos iraquíes a civiles de estas empresas. De ahí salieron las fotos publicadas por The Washington Post, diario que revelaba el 7 de mayo que el propio Pentágono daba las instrucciones para los interrogatorios. En el análisis de las fotos publicadas nos lleva de nuevo al proceloso campo de la tortura física y, sobre todo, de la mental, tanto o más dañina. Algunos códigos penales, como el español (art 174), consideran del mismo modo ambos tipos de tortura, que supondrán condenas de seis meses a dos años ’a quien promoviese y ejecutase procedimientos que por su naturaleza, duración u otras circunstancias, le supongan al preso supresión o disminución de sus facultades de conocimiento, discernimiento o decisión”. Otros códigos son más permisivos, como la Patriot Act, inspirada por Bush tras el 11-S, que establece situaciones de excepción para los interrogatorios, pese a que en un informe oficial se considera que los presos que han sufrido abusos no son miembros de ninguna organización terrorista internacional. Es la lógica consecuencia a la retórica amenaza terrorista utilizada desde Washington: “Se ha extendido un clima de miedo y sospecha que inclina la balanza hacia el control y la represión”, advertía el intelectual español Juan Goytisolo. Tiene razón: The Wall Street Journal publicaba en noviembre de 2001 la valoración de un sesudo historiador llamado Jay Winik que decía que “el uso limitado de la tortura” estaría justificado si se lograba así luchar contra el terrorismo. Le tomaron nota: en Irak, a algunos presos se les desnuda y exhibe en público para mofarse de ellos primero, luego se les ata y somete a privación de necesidades corporales y se les pasea por los pasillos de prisión como si fuera un perro de compañía. Les ponen un capuchón —o una braga— para que no vean quién tiene frente a él, sino para que sólo sientan el escarnio de los que asisten a la ceremonia. No es nada nuevo; los nazis lo hacían. Después, al preso se le somete a una sesión de hostigamiento. Antes deberá haber perdido la noción del tiempo y el descontrol en sus necesidades fisiológicas. Meará y cagará cuando les digan y sino, que se lo haga encima. Los destrozan psicológicamente. También se les viola con consoladores o armas. Al final, humillados, despersonalizados y atemorizados, llegan ver a sus “dueños” como salvadores ¡Ya es la hora! Después, pueden sentarse a declarar....¡Bienvenidos a la nueva era iniciada tras el 11-S!
Así actúa la CIA: Experimentos, técnicas y crueldad Drogas, control mental y abusos psicológicos -La “eliminación de pautas” fue otro de los objetivos del grupo de médicos que investigó en las grietas de la mente humana para la CIA. Se trabajaba en hospitales psiquiátricos, como el Allen Memorial Institute de Montreal (Canadá). Allí el Dr. Ewen Cameron tenía un sótano reservado para sus pacientes, personas con problemas psiquiátricos a los que – por desgracia para ellos- se les sometía a todo tipo de crueldades. Se conoce el caso de una mujer a quien Cameron provocó una “terapia de sueño” acompañada de inyecciones y descargas elécricas. Así se logró que la mujer “quedara pasiva como un bebe”. De este modo sintetizó Cameron el resultado de la experiencia: “Su pasado desapareció y únicamente recordaba el momento presente”. Es decir, no recordaba nada. –Médicos como Sydney Gottlieb investigaron el efecto de drogas alucinógenas en los presos. Cubrió que narcóticos como el LSD podrían provocar pérdida de noción del bien y el mal, así como desinhibición corporal en el caso de las mujeres. Los experimentos se llevaron a cabo en un piso franco en Washington. Allí al amparo del proyecto Mk-Ultra se suministraba droga modificadora a “individuos prescindibles”, que es como se llamaba a las cobayas humanas, lo que significaba que después de los experimentos eran asesinados para que no revelaran nada. A un individuo, por ejemplo, se le inyectó LSD y creyó que el interrogador era Dios, por lo cual le reveló toda su vida. Otro caso es el de una mujer a la que Cameron suministró cuarenta pastillas al día durante un tratamiento por un problema psíquico menor; la sometió a un interrogatorio para el cual le colocó unas lentes de gran aumento que distorsionaban. Cuando abrió los ojos, Cameron puso frente a ella, apuntándole , una falsa pistola que la aterrorizó. Para asustarla más, disparó dos ráfagas de aire comprimido sobre su cara. Tan impactada quedó que vivió el resto de su vida traumatizada y fuera de sí, al servicio de lo que quisieran de ella. Posteriormente, fue “tratada” en estancias en “cámaras de aislamiento “desarrolladas por la CIA. Esto, unido a las lobotomía o perforaciones de cráneo a cal que los agentes, doctores la sometieron provocaron en ella una esquizofrenia permanente y un crónico estado de invalidez mental. Todo este tenía por objeto aprender cómo interrogar a enemigos. Cuando le abrieron la cabeza a esta mujer, una canadiense completamente inocente, el Dr. Cameron destacó en su informe que tenía “el cerebro rosa y lechoso”, Por desgracia, se efectuaron decenas de experimentos en este sentido. -A uno de los pacientes que “sin conocimiento previo” fueron utilizados para un experimento, se le colocó un casco por el que durante días y de forma ininterrumpida le repetían vía sonora un mensaje:”Eres un espía, eres un espía…”. Finalmente, admitió serlo y no hubo forma de quitarle la idea. Cameron descubrió que la repetición constante de n mensaje en situaciones ya de por sí crueles provoca el objetivo deseado en los interrogatorios.
La hipnosis Algunas de las técnicas desarrolladas por los servicios de inteligencia no sólo tendían funciones defensivas como, por ejemplo, la hipnosis. Se utilizó para inculcar falsos recuerdos e ideas en la mente del prisionero, lo que unido a las diversas torturas hacía un infierno de la vida del reo. Uno de los agentes que la utilizó fue William Buckle, que secuestró a soldados vietnamitas durante el largo conflicto asiático, a quienes se les ordenó bajo hipnosis volver junto a sus compañeros para provocar explosiones que minaran al enemigo. Buckley, que en ocasiones había mostrado su rechazo a los experimentos de la CIA, murió en el Líbano en 1984,a manos de un médico iraní que había sido entrenado por la CIA durante los años en los que la agencia ensayó con la tortura síquica, para posteriormente aplicar los resultados a los interrogatorios.
El interrogatorio Según las instrucciones que ofrece el manual Hubark, los interrogatorios a los enemigos deben realizarse, en principio, lejos de la juridiscción norteamericana para evitar el peso de la Ley. Este libro de la CIA explica que al reo hay que cometerlo a un proceso de “adoctrinamiento”. Al aislamiento sensorial se le une la privación de sueño y de comida, al ser posible “atados y con los ojos vendados”. Todo ello tiene un objetivo: provocar un estado de vulnerabilidad propicio para el interrogatorio. Es por ello – por otras muchas razones- que se recomienda que los interrogadores sean conocedores de las técnicas secretas y nos auténticos expertos…. Faltos de escrúpulos. El informe sugiere que los interrogatorios sean intimidatorios en grado extremo. “la imagen del mundo que tiene el prisionero tiene que quedar completamente destrozada de antemano”, lo que se logrará con la puesta en práctica de todo lo descubierto en los experime4ntos de la CIA. Las técnicas propuestas en el informe son de lo más dispar: manipular el tiempo, desordenar los ritmos biológicos, premiar la no cooperación, levantar al preso de su sueño cuando se mueve, sesiones interrogatorios sobre asuntos absurdos, etc.… Se sabe que la tortura mental puede provocar estados próximos al infantilismo, la paranoia e, incluso, una situación de identificación con el interrogado, a quien se le verá como un salvador, como la persona a la que debe agradecer que siga vivo. No se descarta, aunque sea en forma de placebo, el uso de la hipnosis como herramienta. Lo importante es reforzar los objetivos que se buscan durante el aislamiento. Para ello, se recomienda que el interrogador sea también un psicólogo o psiquiatra, ya que se trata de jugar a dominar la mente ajena.
Las normas para matar Sidney Gott no sólo fue el padre de la tortura mental, sino de otras muchas brutalidades de la CIA. Poco después de entrar en el servicio secreto, escribió un documento de ocho páginas en el cual se detallaban los mejores métodos para matar enemigos. Sus sutiles apreciaciones sobre el asesinato cobraron cuerpo tras el 11S, cuando el Gobierno autorizó a la CIA para acabar con la vida de personajes relacionados con el terrorismo. Cuando lo escribió, Gottieb consideró que “eliminar a ciertos enemigos evitará muchos problemas”. La licencia para matar tuvo un 65% de apoyo por parte de la opinión pública norte americana. El manual de la CIA al respecto, dice, entre otras cosas: • No se escribirán ni grabarán nunca las ordenes de asesinato. • El accidente fortuito es la técnica más eficaz. Cuando se ejecuta bien, causa poco revuelo. • El asesinato más eficaz es la caída desde una altura superior a los veinte metros sobre una superficie dura. El acto debe ejecutarse sacudiendo al individuo repentina y enérgicamente por los tobillos e inclinándolo sobre el borde. • Las caídas al mar o a ríos de corriente rápida pueden ser suficientes si el individuo no sabe nadar. Resulta más creíble si el asesino simula rescatarlo. • Si las costumbres del sujeto lo permiten, pueden utilizarse bebidas alcohólicas para preparar un accidente de cualquier tipo. • Las drogas pueden ser muy eficaces en toda clase de asesinatos. Si el asesino tiene conocimientos médicos o de enfermería y el sujeto se encuentra bajo cuidados médicos, entonces el método es fácil. • Si el sujeto es muy bebedor, cuando pierda la conciencia podrá inyectársele morfina o un narcótico similar. • Los golpes deben dirigirse a la zona situada justo debajo y detrás de la oreja y la base del cráneo. La zona frontal inferior de la cabeza, situada entre los ojos y la garganta, pueden soportar golpes tremendos sin consecuencias mortales. • Las armas de fuego son muchas veces un medio poco eficaz. Deberán emplearse armas con un poder destructivo que supere un cien por cien lo considerado necesario • Las sustancias muy explosivas, tanto militares como comerciales, son prácticas para su uso en asesinatos... Los misiles explosivos antipersona son excelentes.
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