LOS ANDALUCES

LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE

BOLETIN Nº29 - AGOSTO 2004

 

  YIA.LM.

Poeta andaluz del Siglo de Oro.

Nace en Córdoba el 11 de Julio de 1561, y muere en la misma ciudad el 23 de Mayo de 1627.

 

A CÓRDOBA

 

¡Oh excelso muro, oh torres coronadas

de honor, de majestad, de gallardía!

¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,

de arenas nobles, ya que no doradas!

 

¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,

que privilegia el cielo y dora el día!

¡Oh siempre gloriosa patria mía,

tanto por plumas cuanto por espadas!

 

¡Si entre aquellas ruinas y despojos

que enriquece Genil y Dauro baña

tu memoria no fue alimento mío,

nunca merecerán mis ausentes ojos

ver tu muro, tus torres y tu río

tu llano y sierra, Oh patria, oh flor de España!

 

Puede que el lector se llame a desilusión si comentamos que tras los más de 204 estudios acerca de la biografía de Góngora y su obra lírica, plena de significación, ha existido y existe un nexo racionalizante que ha impedido conocer y comprender su identidad y conexión lógica andalusí. Pero en tanto las dudas metódicas y de criterio van despejándose, señalamos la enorme semejanza de los versos de este soneto a Córdoba con los del Salmo 137:

 

¡Jerusalén, si yo de ti me olvido,

que se seque mi diestra!

 

¡Mi lengua se me pegue al paladar

si de ti no me acuerdo,

si no alzo a Jerusalén

al colmo de mi gozo!

 

Acuérdate, Yahveh,

contra los hijos de Edom,

del día de Jerusalén,

cuando ellos decían: ¡Arrasad,

arrasadla hasta sus cimientos!

¡Hija de Babel, devastadora,

feliz quien te devuelva

el mal que nos hiciste,

feliz quien agarre y estrelle

contra la roca a tus pequeños!

 

Y así el caso de tal semejanza se nos aparece paladinamente y en forma críptica por el origen andalusí de la familia de Luis de Góngora, ¿Cómo podría interpretarse si no, la exigencia por la que debía presentar pruebas de limpieza de sangre, para heredar legalmente los beneficios que se derivan del cargo de racionero de la catedral cordobesa? E incluso se puede advertir, a estos efectos, que la misma profesión que observaba su padre, Don Francisco de Argote, como corregidor en Jaén y Madrid, y luego juez de bienes confiscados por la Inquisición en Córdoba, respondía de forma natural a la de judío converso o hijo de conversos. Un tercer elemento más inmediato, era el papel fundamental que jugaban estos conversos llamados de linaje en la administración del nuevo aparato del Estado y la Inquisición, ya que ofrecían el criterio más claro y más informado para los jueces inquisidores. Y más aún, todos los biógrafos coinciden en que la casa paterna era lugar de reuniones de amigos cultos, y que su biblioteca era amplísima e invitaba a lecturas interminables; cosa también común y frecuente entre los conversos adinerados que gozaron, en algunos casos, de una proverbial situación. Además, y, sin ironía, Sánchez Dragó incluye igualmente a nuestro lírico cordobés en su lista de conversos e hijos de conversos. <<El soborno era moneda corriente en aquella sociedad paupérrima donde a veces el almoracén de palacio carecía de maravedíes necesarios para mercarle una chuleta a su monarca>>. De ahí la facilidad de comprar a buen precio la prueba de pureza de sangre. Sarcásticamente Munibe (conde de Peña Forida) llamaba cristiano viejo a Aristóteles ¿Dónde mejor esconderse que en la misma mazmorra del inquisidor con el correspondiente certificado de pureza de sangre? Nadie busca al ladrón en la hacienda,  ni al culpable en las  comisarías, ni al delincuente entre los magistrados. No había otra máscara más eficaz y más barata.

 

Todo se vende este día

todo el dinero lo iguala:

la Corte vende su gala,

la guerra su valentía,

hasta la sabiduría,

vende la Universidad,

¡verdad!

 

La aljama cordobesa desde el asentamiento de Moisés ben Hanoch va a conocer un Talmud henchido de teosofías, que junto al pensamiento y método de la cábala y el lenguaje críptico, provocan un mar de conocimientos en el que se saciará Luis de Góngora, dignísimo heredero de la mejor tradición literaria andalusí. Todo ello unido por el engarce de la lírica indígena, que entre otros méritos, presenta el de ser la primera, teniendo por cuna Al-Andalus.

 

Con el siglo XVI se relanza en Andalucía un mundo artístico de indudable trascendencia. De modo análogo al italiano, el Renacimiento andaluz va a ser continuador de las huellas del río fabuloso y no eclipsado de la mejor lírica y literatura de Al-Andalus. Para los castellanos fue con Gracilazo; para los andaluces con Herrera El Divino y el gran movimiento artístico andaluz del que supo rodearse. Aquí se glosa una renovada corriente que tiene como principal objetivo revitalizar el lenguaje poético andalusí, aunque formalmente apareciera como la instauración de un nuevo lenguaje lírico. Vivir para ver. El primer gran impulsor de este movimiento va a ser el andaluz Fernando de Herrera, quien como señala Alfonso Berlanga en la tertulia de Juan de Mal Lara y con una serie de poetas que participan de su misma ideología estética, abre nuevo rumbo para la poesía (¿española?) andaluza. Se inicia así el camino, que continuando años más tarde por la escuela antequerano-granadina llegará a Góngora y que será enormemente fructífero para la poética futura.

 

Es así como Fernando de Herrera junto con otros sevillanos inician a través de la famosa escuela de Gramática este importantísimo movimiento lírico andaluz. Participan de este acontecimiento personajes tan selectos como Francisco de Medina, Francisco Pacheco, y Barahona de Soto; más tarde serán los Jáuregui, Medrano, Rodrigo Caro o Fernández de Andrada a los que preside Rioja y se reúnen en la tertulia del pintor Pacheco. Dos renacimientos radicalmente distintos y enfrentados: el andaluz y el castellano.

 

Fernando de Herrera plantea nuevas formas de comprender el arte a las cuales alude Alfonso Berlanga en su estudio Literatura andaluza. Contribución al estudio de una realidad cultural a través de los siglos, y que dice así:

 

-                           El artista debe partir de los modelos antiguos, pero viendo en este logro no una meta, sino un camino a seguir para la creación de su propio arte.

-                           La tarea inmediata y fundamental de todo poeta es recrear y renovar el idioma.

-                           Establece la necesidad de que la poesía debe caracterizarse por la brevedad, la moderación y la concisión. Está pues, estableciendo las bases de la concentración poética, que otro poeta andaluz, Gustavo Adolfo Bécquez, llevará a sus máximas consecuencias.

-                           Herrera insiste una y otra vez en la claridad, pero sin que ésta vaya en detrimento de una expresión compleja y elegante, enriquecida con los más sutiles adornos, ni de la profundidad de conceptos y sentimientos; de ahí que abogue por la elaboración de los temas más complicados, siempre que no atenten contra la claridad expresiva. El poeta, pues, debe ser claro sin resultar fácil, por ello debe seleccionar muy cuidadosamente las palabras en función de su sonido y su significado. Entramos así en el umbral de Góngora y de una poética andaluza que llega hasta la generación del veintisiete y el grupo Cántico, de Córdoba, por citar tan sólo dos muestras sobresalientes.

-                           El artista debe tener la máxima creativa y el derecho a cambiar los antiguos preceptos de los clásicos.

-                           Defiende Herrera el principio poético de la vaguedad; es decir, terminar el poema antes de que se explique todo y así dejarlo sumergido en una atmósfera de misterio. Esta cualidad, verdadero placer estético de los escritores barrocos, será una constante de la estética andaluza hasta nuestros días.

 

En la obra de Fernando de Herrera encontramos una serie de rasgos que, en líneas generales, van a caracterizar a los poetas andaluces: la intención de sorprender y arrebatar, la riqueza y fluidez expresivas, el colorido y el dominio de las sensaciones, la depuración estética del paisaje y el carácter bivalente de su obra (propio de todos los poetas del Sur). En Góngora, todo ello va a llegar a una gran plenitud: el dominio de las transparencias, la condensación de las imágenes, los epítetos sugerentes para matizar las sensaciones, junto a esta bivalencia tan andaluza que encontramos genialmente en Góngora, por ejemplo en su Polifemo y Galatea  junto a las letrillas y canciones. Góngora va a suponer la más alta rima de esta importantísima fase de la lírica andaluza, heredera directísima de la literatura arábigo-andaluza. El genial e intuitivo arabista, Emilio García Gómez, conforma nuestra tesis cuando refiriéndose a Ibn Kuzmân manifiesta que <<es uno de los poetas más musicales en cualquier lengua del mundo. Su métrica es música. Y su música (la música exquisita de su lenguaje) es la métrica>>. Lo mismo podría decirse de Góngora. Ahora bien: dicha métrica musical  no es una sucesión de sonidos armoniosos pero hueros. Estos sonidos transmiten una melodía intelectual y un mensaje intangible, compuestos de gracia, de sal, de donaire, de picardía, de ternura, de civismo, en dosis que no recetaron nunca los farmacólogos poéticos de ninguna cultura; compuestos también de convencionalismos, de tópicos, de caídas, de bajas pasiones, hasta de ocasionales blasfemias; pero todo interesante y apasionante, a veces en el alto aire de la poesía eterna, y otras en el nivel terreno del conocimiento de una civilización abolida y de un determinado e histórico ambiente  cultural. Todo ello unido a la embriaguez que produce la luz y el color de Andalucía, el ludismo sensorial y un mundo pleno de imaginación donde el lenguaje ha enraizado con sus mejores recursos, su mejor ritmo, en una explosión de barroquismo andaluz que ha logrado el milagro gongorino del Polifemo.

 

Tras realizar Góngora en Córdoba sus primeros estudios de Gramática, es enviado a estudiar Derecho a Salamanca. Aparte su destino obligado a la carrera eclesiástica desde su infancia, no fue óbice para que su juventud presente las travesuras, calaveradas y largas sesiones de apasionados juegos de cartas que absorben casi totalmente su tiempo; el poco que le queda, lo ocupa en dar forma a sus primeras letrillas y obras líricas. De modo análogo, se entiende que tampoco debieron faltar devaneos amorosos en la vida muelle y desahogada que gozó en aquel período Luis de Góngora. Como refiere Ciplijauskaite, la imagen posterior tan universalmente conocida, de un Góngora adusto, sombrío, retraído, borra injustamente el retrato de este joven andaluz, alegre, apasionado por el juego, los toros, la música y el teatro, con mucho garbo y picardía, y muy ingenioso en sus versos.

 

En 1581 Góngora vuelve a Andalucía y se instala definitivamente en su ciudad natal. Al comenzar los estudios se le había ordenado de menores  y por aquel tiempo se dispone a reunir los requisitos necesarios de heredar los beneficios que le dejara su tío. En efecto, en 1585 le encontramos ya como racionero entre los miembros del Cabildo Catedral cordobés. Desarrolla misiones de embajadas; representa al Cabildo en fiestas solemnes y defiende los derechos de éste en las causas jurídicas.

 

Mantiene en esta época su espíritu alegre, y sus calaveradas son de conocimiento común. En 1588 el obispo diocesano de la ciudad le formula un interrogatorio en el que se imputan una serie de cargos: <<se le acusa de vivir como muy mozo y andar de día y noche en cosas ligeras, tratar representantes de comedias, y escribir coplas profanas>>. Estamos convencidos que aquellas acusaciones no respondían a sus mayores y mejores milagros; no obstante y aunque llegue a comprender que debía velar más por sus intereses, responde a las acusaciones del obispo en forma críptica y con mucho garbo. Pero al punto despabila intramuros del ambiente eclesiástico en el que le han hecho criarse y madurar por vocación impuesta, aquel estribillo que escribiera en su romance Ciego que apuntas y atinas… comienza a delatar un destino más amargo:

 

…Amadores desdichados,

que seguís milicia tal,

decidme ¿qué buena guía

podéis de un ciego sacar?

De un pájaro ¿qué firmeza?

¿Qué esperanza de un rapaz?

¿Qué galardón de un desnudo?

De un tirano ¿qué piedad?

Déjame en paz, Amor tirano,

                             /déjame en paz.

 

Diez años desperdicié ,

los mejores de mi edad,

en ser labrador de Amor

a costa de mi caudal.

Como aré y sembré, cogí;

aré un alterado mar,

sembré una estéril arena,

cogí vergüenza y afán.

Déjame en paz, Amor tirano,

                 /déjame en paz…

 

Más no renuncia al río caudaloso de sus tertulias literarias con los amigos laicos; tampoco a una cierta vida alegra más hermética, ni a sus composiciones líricas. Por espacio de mucho tiempo naufraga con premeditación entre sus deberes de Cabildo y los círculos sociales más interesantes. Preñado de señorío cordobés se permite incluso algún que otro capricho y lujo.

 

Enseña, a partir de su propia experiencia personal, el truco de soltar amarras desde un lenguaje y conducta tan cultos y elitistas que confundan cual Babel morisca, aderezando tan magnífica gimnasia con un sinfín de paganismo desde cuyo otero arremete contra todo:

 

Andeme yo caliente

Y ríase la gente.

 

Traten otros del gobierno

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno,

y las mañanas de Invierno

naranjada y aguardiente,

Y ríase la gente.

 

Coma en dorada vajilla

el Príncipe mil cuidados

como píldoras dorados;

que yo en mi pobre mesilla

quiero más una morcilla

que en el asador reviente,

Y ríase la gente.

 

Entre los primeros que elogian a nuestro Cisne de Andalucía se encuentra Cervantes que en el Canto de Calíope de la Galatea, le dedica estos reconocidos versos:

 

En don Luis de Góngora os ofrezco

un vivo raro ingenio sin segundo;

con sus obras me alegro y me enriquezco

no sólo yo, mas todo el ancho mundo.

 

La fecundidad y el amor a la suprarealidad y a la hipérbole llevan al cordobés a realizar numerosos viajes a cuenta del Cabildo, los cuales alternará arrimándose, como buen exegeta de alambique, a las informaciones sobre limpieza de sangre, pleitos y alguna que otra cancioncilla contra moriscos en las que, por cierto, mostraba un perfecto conocimiento de letras y palabras arábigas.

 

Hasta el año 1609, permanece prácticamente en Córdoba reduciendo sus viajes a tierras de Andalucía, disfrazando si cabe más su ciencia.

 

Celebra varias entrevistas con el marqués de Ayamonte, de la familia de los Guzmán, que tan importante papel jugarían en el movimiento separatista andaluz del siglo XVII, apareciendo como gentes de paz y respetables ciudadanos. Se me ocurre pensar que la referida familia, entre ellos los de Medina Sidonia, ya habrían comenzado la construcción de su Caballo de Troya. También los otros andaluces que se dedicaban honestamente a oficios y profesiones, a escudriñar el cielo, a la trigonometría, a la medicina y a la reelaboración técnica superior de las letras –como nuestro Cisne-, comían cerdo, eran los más devotos (en cuanto a la practica de sacramentos, se entiende) y de paso transmitían las enseñanzas andalusíes esperando la definitiva caída de la Babilonia de los Austrias, a pesar de la refriega sufrida en Lepanto. Un quinta-columnismo irracionalista, que al igual que Góngora, supo travestirse de cultura, conocimientos, buenas maneras y un lenguaje que hacer, para confundir a muchos clarividentes europeos, y, en especial, viejos castellanos de archiprobada pureza de sangre aria.

 

El gongorismo se había convertido en una plataforma excepcional para la estética andaluza del futuro, trasladando este virus renacentista a la Corte de Madrid en 1609. Desde el principio consigue los favores de Rodrigo Calderón, protegido del Duque de Lerma. Pero al punto aprecia el espúreo tropel de mezquindades e injusticias que en fuerte salpullido salpica la Corte imperial, manifestando su irritación y desprecio en unos tercetos:

¡Mal haya el que en señores idolatra

y en Madrid desperdicia sus dineros,

si ha de hacer al salir una mohatra!

 

Arroyos de mi huerta lisonjeros

(¿lisonjeros?; mal dije, que sois claros):

Dios me saque de aquí y me deje veros.

 

Estos años van a ser de gran fecundidad lírica para nuestro poeta. Como apunta Berlanga, los cimientos de la estética andaluza se han asentado ya definitivamente. La mejor literatura andaluza se encargará, desde este momento, de matizar, revitalizar o adoptar la estética fijada a los vientos poéticos de las distintas épocas. Primero la Oda a la Toma de Larache, después el Polifemo (1613) y por último las Soledades (1613-14).

 

El sumo sacerdocio que ejerce en las letras y su inescrutable mundo hermético de lenguajes y esoterismos andaluces, va a provocar una profunda enemistad con los hijos de la Corte y su pórtico de mestizajes a los Patos de la aguachirle castellana, ya que, viven en la tierra del Manzanares y no son cisnes, como eran él y los literatos andaluces:

 

Patos de la aguachirle castellana,

que de su rudo origen fácil riega,

y tal vez dulce inunda nuestra Vega,

[se refiere a Lope de Vega]

con razón Vega por lo siempre llana;

 

pisad graznando la corriente cana

del antiguo idioma, y, turba lega,

las ondas acusad, cuantas os niega

ático estilo, erudición romana.

 

Los cisnes venerad cultos, no aquellos

que escuche su canoro fin los ríos;

aquellos sí, que de su docta espuma,

 

visitó Aganipe ¿Huís? ¿O quereis vellos,

palustres aves? Vuestra vulgar pluma

no borre, no, más charcos. ¡Zambullíos!

 

Como expresión de la lírica del absoluto, comienzan a conocer la luz los primeros manuscritos de las Soledades entre 1613 y 1618. Esta obra no surge precisamente de la nada. Ya hemos visto como eran muchas y fuertes las cornetas que en la tragedia andaluza la anunciaban. La obra aventa entre los cortesanos una laberíntica selva de ataques y defensas, naufragando en críticas de gran superficialidad. Su influencia verdadera en la historia de la literatura procede como un río subterráneo al que hay que poner cuidado para que vocales y consonantes, significados y significantes, no salgan o los saquen de su sitio, pues la perturbación de tan mágicos elementos, de seguro trastocaría su correspondencia entre mística y barroquismo. Toda esta fuerza que subyace en las Soledades del gran Cisne de Andalucía, brota a la superficie de Sor Juana, Mallarmé, Lorca, Cernuda y la Generación del 27; y con los contemporáneos Lezama Lima, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez o Juan Goytisolo, , concentrando dinamismo, transparencias, hipérboles e hipersensibilidad en los que Dámaso Alonso llamó <<un puro placer de formas>>, una poesía para poetas; cayendo, para sus contemporáneos aguachirles en el pecado de Babel. De resultas, Soledades ha sido vista por muchos como una antología de piezas líricas sin nexo global, al estilo de los collares poéticos de la literatura andalusí precedente. Me parece que éstos no se han enterado de la estética e intencionalidad de los collares. ¡Pero en fin!, dime de qué presumes y te diré de qué careces.

 

John Berverley muestra el poema estructurado en cuatro unidades escenográficas: una comunidad nómada de cabreros y cazadores que habitan la sierra; una aldea campesina que parece ser el centro de una región de labranza donde el peregrino presencia una boda; una isla cercana a la costa, donde habita una familia que vive de la pesca, la artesanía y la horticultura, un núcleo feudal con su castillo, que sirve de escenario a la descripción de una expedición de cetrería. Con una parte en narrativa épica, intercalada en la Soledad primera, un serrano relata el descubrimiento y conquista del Imperio ultramarino del Estado español en el siglo XVI, pintando el Imperio como una desgracia, un acto de vanidad trágica. A lo largo del texto hay observaciones sobre la vida contemporánea de la corte y sobre las grandes ciudades; éstas sirven de contraste al pasaje pastoril y las chozas rústicas que el peregrino va encontrando. El mismo es un hombre que ha perdido contacto con su propia sociedad, un exiliado –naufragante y desterrado- que algunas veces añora volver a su origen –andalusí- y otras veces espera encontrar una patria nueva –La nueva Andalucía o Jerusalem celestial-. Los lugares que se van descubriendo a través de las Soledades le enfrentan con imágenes gentilicias y de sociedades naturales, donde hombres y mujeres viven en contacto íntimo con el trabajo creador y con la variedad de la naturaleza, donde rigen la igualdad y la tolerancia.

 

¿Quién es el peregrino? por una parte, desde luego, es Góngora; por otra, el lector a quien dirige el poema.

 

Góngora vive en esta época apartado de las intrigas cortesanas del Imperio. Se instala en la finca Huerta de Marcos, cerca de Córdoba. El campo andaluz influye de forma convulsa en la mística de sus composiciones. Desencarnado y zarandeado por amigos y enemigos, refleja en estas obras el desengaño de la corte y del Estado español, a la vez que expresa su deseo, sale de su cubil ebúrneo y profetiza; anuncia su deseo de edificar algo o reconstruir tal vez ese Al-Andalus que se pueda contraponer a una realidad imperialista que era opresiva.

 

Entre tanto vuelve en praxis su personal cronología y anuncia entre las cuatro esquinas de la cordobesa plaza del Potro un mundo maravilloso, andaluz, humano y desconcertante, que tiene una vertiente picaresca que provoca la más violenta antítesis que pueda imaginarse con aquel otro mundo de pura belleza ideal y theoría del  Polifemo y de las Soledades. Su hambre de mesianismo le recuerda cómo se confabuló en cierta ocasión en el Postigo de la Leche con su primo, el calavera Pedro de Angulo, para raptar un Jueves Santo a Ana de Aragón, irreprochable dama, al parecer, casada con Rodrigo de Vargas, que se encontraba ausente. Pero fueron los gritos de la sirvienta, que acompañaba a su señora, los que malograron la aventura –probablemente en uso y sin abuso-. El hecho referido por Ramírez de Arellano, tuvo como consecuencia un duelo del que saldría herido el Homero andaluz.

 

Pero fue esta plaza del Potro lugar fecundo en mestizaje de amores. No era entonces una travesía, sino una plaza cerrada y centro de la aljama cordobesa heterodoxa en cuyo emplazamiento se alza hoy el obelisco o Triunfo de San Rafael. Fue esta plaza centro mercantil ganadero de Córdoba, penitencia de sinagoga y pasatiempo bullicioso de tertulias heterogéneas en sus mesones y hospital. En el Estebadillo González dice el protagonista que después de haber sido paje, estudiante y soldado no le quedaba más sino <<ir al Potro para doctorarme en las leyes que profeso>>. Góngora nos habla del Potro en una letrilla escrita en 1585 contra las damas de la Corte:

Si por unos ojos bellos,

que se los dio el cielo dados,

quieren ellas más ducados

que tienen pestañas ellos

alquilen quien quiera vellos,

y busquen otro

que yo nacido en el Potro.

 

Aquella Córdoba de andar por casa, bullía pletórica de cripto-sufismo y cabalismos; repleta de humanistas, poetas, pícaros, y gentes que mercaban; un Luis Carrillo, Ambrosio de Morales, Cépedes, Rufo, Castillo, memorándum permanente del Cisne de Andalucía.

 

En 1618, Góngora se traslada de nuevo a la Corte imperial atraído por la oferta del puesto de capellán de la familia real, con el fin de hacer realidad sus deseos de conseguir mayores beneficios para su gente. Pero aquellos indicios de fortuna personal se vieron frustrados por la respuesta irracional a las infiltraciones de sus protectores, que trasegaban tras continuos medros cortesanos haciendo temblar las carnes de nuestro lírico.

 

A causa de la caída del alfaquín de confianza del Habsburgo, Duque de Lerma, que pone fin a la práctica de una política oculta contra el nuevo valido emergente, Góngora cae en desgracia junto a sus amigos. Pasa años de graves apuros económicos. Las rentas no le llegan para vivir según su lustre.

 

Sufre también por esa época una grave caída en su salud física y mental. Así resulta que las deudas se amontonan y los acreedores agobian su menesterosidad económica creciente, llegándole a privar hasta del quicio de su puerta: Quevedo, el más vengativo de sus colegas literarios aguachirles, compra la casa puesta en subasta, echándole con cajas destempladas.

 

Sufre Góngora de forma angustiosa en su aciago suplicio, hundiéndose en su imaginación hermética.

 

Vuelto a Andalucía, muere en Córdoba el 23 de Mayo de 1627, siendo enterrado en la capilla de San Bartolomé, donde descansan sus pavesas.

 

Y así, este andaluz, que sigue siendo evangelio universal para líricos, nos deja este soneto de palabras mágicas donde, al final, revela el nombre de angélico de Andalucía:

 

A UNA DAMA MUY BLANCA,

     VESTIDA DE VERDE

 

Cisne gentil, después que crespo el vado

dejó, y de espuma a el agua encanecida,

que al rubio sol la pluma humedecida

sacude de las juncias abrigado;

 

copos de blanca nieve en verde prado,

azucena entre murtas escondida,

cuajada leche en juncos exprimida,

diamante entre esmeraldas engastado,

 

no tiene que preciarse de blancura

después que nos mostró su airoso brío

la blanca Leda en verde vestidura.

 

Fue tal, que templó su aire el fuego mío,

Y dio, con su vestido y su hermosura,

Verdor al campo, claridad al río.-