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Cuando
los políticos más conservadores, economicistas, pragmáticos y
liberalistas de la cámara europea luchan por incrustar en nuestra futura
constitución una mención expresa al cristianismo como principio
fundacional de nuestra identidad europea, cometen varios ejercicios de
falsedad y algún otro de aviesa hipocresía. En
primer lugar, intentan utilizar el término "cristianismo" sin
reconocer ni respetar en modo alguno el contexto geográfico y social del
mensaje de Jesús , un profeta nacido y criado dentro de una sociedad
tradicional oriental, heredera del tronco común asiático del profeta
Abraham. Pero,
aún aceptando esta apropiación del mensaje originalmente
"oriental" de Jesús como basamento de la irrupción del
mundo "occidental", una mirada al occidente de las dos últimas
centurias nos depararía
una rotunda negación de estas pretensiones cristianizadoras. No hay nada en
él que nos recuerde a la humilde familia reunida en Belén. Lo que salta a
la vista es una vuelta al paganismo romano imperial en sus dimensiones más
genuinamente decadentes. El becerro de oro fue elevado a los altares de
nuestra sociedad y con él, el esclavismo, la santificación del préstamo
usurero, la divinización de quienes detentan la razón de la fuerza , de
los sofistas y de los demagogos, el culto al cuerpo y a la imagen. Esta visión
de nuestra sociedad de los últimos siglos, sinceramente, casa mal con la
imagen que uno tiene del mensaje de Jesús . Sin
embargo Aznar, ese gran prestidigitador de la verdad, ese transvalorador de
todos los valores junto a su homónimo Berlusconi, quisiera poner ahora la
etiqueta de "cristiano" (católico) al progresismo económico y
social nacido de la Reforma luterana. ¡Qué rostro! Durante
todo el movimiento librecambista y liberal, el cristianismo católico no
tuvo el menor papel director sino que anduvo siempre a remolque, en el pelotón
de los torpes de la moderna Europa industrial. Nadie
pretenderá negar a estas alturas el origen protestante y herético del
desarrollismo económico occidental. La
mención constitucional al cristianismo europeo debería precisar
concretamente a cual de todos se refiere. El cristianismo nació en oriente,
expandiéndose primero por Asia Menor, Grecia, Egipto y norte de África,
afincando sus más antiguas raíces en la llamada Iglesia Ortodoxa o Iglesia
Oriental. Resulta escandaloso,
pues, que ahora quieran restañar la profunda división surgida entre los
católicos y los ortodoxos, basada no solo en la memoria de las crueldades
perpetradas por las cruzadas católicas sino de conceptos tan
diferenciadores en materia doctrinal como es la infalibilidad papal, solo
por el hecho de entrar a compartir un mismo espacio comercial. ¡Gran fe se
le tiene en la moderna Europa al componente crematístico de las relaciones
humanas! Quizás pudiera ilustrar mejor mi suspicacia la imagen de estos
modernos conductores de pueblos llamados "políticos" departiendo
amablemente tras la luna de un escaparate donde una trabajadora del sexo se
oferta en una céntrica calle de la turística ciudad de Amsterdam. Es más
eso, -el economicismo liberal- lo que les acabará uniendo, que el
cristianismo, ¿no es así, señores Aznar,
Berlusconi, Giscard y sus homónimos de la izquierda en Europa? Déjense,
pues, de engañar a bobos y firmen aquello con lo que todos ustedes y gran
parte de sus votantes están perfectamente de acuerdo: su laicismo. A
la luz de estas consideraciones, se me ocurre que nuestra futura constitución
europea tendría que reflejar nuestros verdaderos
principios fundacionales, que nadie se asuste: Hipocresía,
Militarismo, Avaricia, Intrascendencia, Engaño. ¿Por
qué hablan entonces de cristianismo? Porque resulta más atractivo que los
principios fundacionales anteriormente mencionados y porque resulta más
beneficioso para sus intereses disponer de la bendición metafísica del
Profeta Jesús, la paz sea con él, mientras éste no se puede
manifestar. Los
estados cristianos desde su primera fundación, se han mantenido en un
permanente estado de guerra, sería primero entre ellos para después
lanzarse violentamente en nuestra Península Ibérica contra el Islam, y en
tierra Santa, las américas y el resto del mundo, contra las culturas que no
estaban dotadas de las adecuadas industrias de guerra. El
loco está ciego y no puede comprender nada. Tras los horrores de las
cruzadas contra cátaros, ortodoxos y musulmanes, la quema de libros islámicos
de Granada y de los manuscritos mayas, las expulsiones de judíos, la
noche de los cuchillos largos, el destierro de su propia patria de los
musulmanes españoles, las guerras religiosas de la Europa del norte, la
revolución, las guerras napoleónicas, la aventura expoliadora del
colonialismo industrial, el esclavismo, la legalización de la usura, el
racismo británico y francófono, la Alemania nacional-socialista, la Rusia
comunista, los campos de concentración (los alemanes durante la segunda
guerra mundial, los ingleses en la Sudáfrica del aparttheid y los de Libia
bajo mandato italiano, donde por cierto se exterminó a la mitad de la
población y nadie ha osado a decir nada), los gaseamientos de Awsvitch
junto a los perpetrados por España en el Rif y por Musolini en Etiopía; y,
para finalizar, las brutales torturas consentidas de Guantánamo y
Chechenia, Europa debería hacer una ejercicio de sinceridad, y esforzándose
en aproximarse a los filósofos griegos –esos orientalizados- citar de
manera realista sus verdaderos mitos fundacionales, a saber: la artillería
pesada, los consorcios para la explotación de la piratería y el tráfico
de esclavos, el saqueo de los tesoros de los pueblos antiguos, la explotación
y el envenamiento de la naturaleza, el falso papel moneda y la sociedad
empobrecida y hedonistade los consumidores. Esa
es la verdad de Europa-Occidente, y no sus orígenes cristianos. Con este
subterfugio constitucional solo lograrán reírse
aún más de la figura de Jesús, la paz sea con él, haciéndole
responsable y garante de su prepotencia, la violencia, el amor al dinero y
la crueldad. Por muy bien disfrazadas que nos las quieran mostrar. Esa
declaración cristianizante de la futura Comunidad Económica Europea (la
Europa de los Mercaderes) también puede servir como fuerza de cohesión
para futuras agresiones militares sobre otras poblaciones o civilizaciones,
ya sabemos que la opinión del pueblo europeo siempre acaba por importar
poco a nuestros "régulos" cuando se trata de derramar la sangre
para comenzar otro lucrativo negocio bélico. Por
cierto que resulta ofensivo en esta propuesta la omisión al Islam como
catalizador de la identidad europea. No
tan solo la península y gran parte del oriente de Europa fundamentan una
gran parte de su identidad en la herencia musulmana, sino que es
sobradamente conocido que todas la ciencias sobre las que se basa
fuertemente el concepto de Europa, naturales, filosóficas o espirituales,
llegaron a occidente de la mano de los musulmanes, y que de la asimilación
por los europeos de este préstamo cultural pudo surgir el Renacimiento, la
partida de nacimiento para gran parte de Europa, especialmente para la del
norte. Volviendo
a las similitudes de la vieja Roma pagana con el occidente actual, sucedió
entonces que se trasladó el debate social e ideológico de los ciudadanos
libres del foro de la Acrópolis a las arenas del Circo. En
occidente hoy, el debate tiene lugar en el interior de un mundo financiero
que permanece oculto a los ojos del pueblo y se disfraza de un monólogo que
tiene lugar en interior de otro circo, éste mediático, del que los
financieros y sus sirvientes se sirven para manipular a las masas. El
señor Aznar, Blair, Berlusconi y Milosevic, como en su día Hitler, Isabel
la Católica y tantos otros, pueden asistir a la misa de domingo con sus
conciencias concienzudamente satisfechas por la auto-complacencia de creerse
en la posesión de la verdad y actuar en consecuencia. Pueden, tras imponer
las bendiciones a su predestinación providencial, proclamar dos principios
genuinamente occidentales, la cruzada y la inquisición, o si lo prefieren,
el ataque preventivo y el experimento de Guantánamo o lucha contra el
terrorismo. Pero por lo que más quieran, ¡no usurpen en su beneficio el
nombre de Jesús! ¡No
en su nombre!
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