AL-‘AQÎDA
AL-WÂSITÍA
Exposición
de los Fundamentos del Islam
de
Ibn Taimía
Ibn Taimía (Iraq,
1263-1328 d. J.) -conocido como Sháij
al-Islam- fue uno de los más eminentes representantes de la escuela hanbali
de derecho musulmán. Autor prolífico y hombre de acción, dedicó su vida a
recuperar lo esencial del Islam, librándolo de adherencias e interpretaciones
personales, y es en la actualidad reivindicado por todos los movimientos que
se proponen reinstaurar la pureza del Islam, si bien el correcto análisis de
su obra es algo que todavía está por hacer pues se ha caído en una
simplificación excesiva rodeada de una gran polémica.
En la ciudad de Wâsit,
en Iraq, redactó una breve ‘Aqîda,
un texto en el que resumió los fundamentos teóricos del Islam dentro de su
proyecto de divulgar lo más auténtico del Mensaje de Sidnâ Muhammad
(s.a.s.). Presentamos por primera vez la traducción al castellano de esa
cosmovisión (la al-‘Aqîda al-Wâsitía de Ibn Taimía).
‘Aqîda
es un término que podemos traducir por cosmovisión
o representación que el corazón se
hace de la existencia en su totalidad, regida -en el caso del Islam- por Allah
Uno-Único, fundamento trascendente estructurador y soporte del universo. La
palabra árabe ‘Aqîda tiene la
connotación de fuerza y compromiso,
porque la ‘Aqîda que tenga una
persona determina su forma de estar en el mundo y su acción. La ‘Aqîda abarca ciertos temas fundamentales, y cada uno de ellos se
llama a su vez ‘aqîda (y
entonces tiene un plural, ‘aqâid,
que son sus componentes, como si
fueran las cuentas de un collar, ‘aqd,
o las condiciones de un pacto, que
también se dice ‘aqd). A su vez,
la palabra ‘aqîda se emplea para
designar pequeños tratados, como en el presente caso, en los que se resume
los elementos básicos del Islam y los ‘componentes’ de su cosmovisión.
La elección de los temas y la insistencia en algunos se debe a las
circunstancias y a los debates de cada época.
Como se puede
apreciar, hemos rehusado traducir ‘Aqîda
por doctrina, ‘aqâid por
postulados o dogmas, y ‘aqîda
-en el último sentido- por catecismo. Todas esas supuestas equivalencias
descontextualizarían el verdadero valor de los términos y su situación
dentro del Islam. En el Islam no existe una Iglesia que fije con su autoridad
lo que el musulmán debe ‘creer’, sino una constante discusión en la que
se busca descubrir el verdadero significado del Islam, un constante intento de
recuperar lo más original y comprenderlo para convertirlo en desencadenante
de una acción trasformadora.
TRASCRIPCIÓN
Vocales: a, i, u. El alargamiento se señala con un acento circunflejo (â, î, û). Las consonantes se pronuncian como en castellano (incluyendo la j y la z). La h es aspirada. Las consonantes enfáticas se subrayan: h, s, d, t. La g es gutural (como la r francesa). El apóstrofe (‘) indica el sonido gutural leve ‘áin. La ç es s silbante (como la z francesa). La ÿ es como la j francesa o inglesa. La dz es como la th inglesa y la sh es como la ch francesa o la sh inglesa. La abreviatura (s.a.s.) debe leerse sallà llâhu ‘aláihi wa sállam, bendición y saludo dirigidos al profeta cada vez que se le menciona.
AL-‘AQÎDA
AL-WÂSITÍA
de
Ibn Taimía
PRIMERA
PARTE
Trascripción,
traducción y comentarios: Abderramán Mohamed Maanán
bísmil-lâhi
r-rahmâni r-rahîm
Con
el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm
Imitando el Corán y
obedeciendo al Profeta (s.a.s.) -quien dijo: “Toda acción que no vaya
precedida de la pronunciación del Nombre de Allah es estéril”- los autores
musulmanes ponen a la cabeza de sus escritos la Básmala
(nombre técnico de la frase bísmil-lâhi
r-rahmâni r-rahîm, el primero de los versículos del Libro
Noble, el Corán al-Karîm). Tras su estudio, los expertos
(los ‘ulamâ) han resumido su
significación del siguiente modo: “Todo acto tiene como Agente Verdadero a
Allah, en quien debe apoyarse y confiar el musulmán, pues Él es Rahmân y Rahîm,
es decir, Fuente de toda abundancia y bien (son dos Nombres derivados de Rahma,
la Bondad Creadora, la Misericordia
Posibilitadora)”. Hay en ello Tabárruk,
es decir, aprovechamiento del mucho bien
que comunica esa frase, en la que hay una sabiduría y una bendición (báraka, energía
espiritual) capaces de trasformar la existencia de quien se hace
consciente de su profundo significado.
Así, pues, la
preposición ‘con’ (bi-), que da comienzo a la frase, sintetiza toda la cosmovisión del
Islam (la ‘Aqîda) en la que
Allah -la Verdad Esencial (al-Haqq)-
es el Único Eficaz, mientras que todo lo demás son circunstancias y modos en
que se realiza su Voluntad Única.
Como puede verse, no
hemos traducido la partícula bi-
por ‘en’: “En el Nombre de Allah,...”, por sus resabios cristianos. La
Básmala nada tiene que ver con la fórmula de consagración: “En
el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, con la que la traducción
que hemos desechado la homologaría. El musulmán jamás ‘sustituye’ a
Allah: esto es impensable en el Islam, y sin embargo es lo que está en el
trasfondo de la frase cristiana con la que el sacerdote obra el prodigio de
convertir el pan en carne de Cristo y el vino en su sangre, así como otras
maravillas. Con la Básmala, el
musulmán no trastoca la realidad de las cosas, sino por el contrario descubre
en ellas el Poder de su Señor y se rinde a Él. Por ello repudiamos la
traducción habitual que se hace de la Básmala,
considerándola no sólo un error sino toda una perversión que desfigura
completamente el Islam en su esencia misma.
al-hámdu
lillâhi l-ladzî ársala rasûlahu bil-hudà wa dîni l-háqqi li-yúzhirahu
‘alà d-dîni kúllih*
Alabanzas
a Allah, que ha enviado a su Mensajero (para que comunique) la Senda (por la
que se va hacia Él) y la Revelación de la Verdad para que la haga prevalecer
sobre toda Revelación.
En segundo lugar, el
autor proclama la Alabanza de Allah (el Hamd),
cumpliendo así con otra recomendación del Profeta (el Mensajero, el Rasûl, es
decir, Sidnâ Muhammad -s.a.s.-) quien, en una sentencia parecida a la citada
en el párrafo anterior, dijo: “Todo discurso, que no empiece con la
Alabanza de Allah y el ruego a Él de bendiciones en mi favor, está amputado
y carece de riqueza”, y es así porque la Alabanza es la reacción de quien
descubre en la existencia la gestión de Allah y la belleza y fuerza de cada
cosa le sugiere la grandeza del Creador de cada instante, capacitándose así
para penetrar en lo insondable. La Alabanza es, por tanto, signo de sabiduría
y conocimiento, y por ello es riqueza.
Y quienes mejor han
sido comunicadores de la Inmensidad de Allah son sus profetas (o mensajeros,
rúsul). El último Mensajero
(Rasûl) fue Sidnâ Muhammad (s.a.s.), signo supremo de Allah, que
por sí solo es motivo para que el ser humano elogie y de las gracias a Allah.
Y debe bendecir al Profeta, pues no hay otro modo de devolverle el favor que
nos ha hecho al iluminarnos y hacer evidente ante nosotros la Grandeza de
Allah, aumentando nuestro saber y guiándonos hacia Él, que es Rahmân y Rahîm,
Fuente Inagotable de todo bien. Alabar a Allah y bendecir al Profeta (s.a.s.)
son, en sí, sabiduría y camino.
El Mensajero (el Rasûl,
-s.a.s.-) nos ha sido enviado por Allah para mostrarnos la Senda
(Hudà) y el Dîn (la Revelación, el
conjunto de enseñanzas y prescripciones con las que caminamos sobre la Senda
de la Unidad). Su misión consistía en comunicar el Dîn y darle fuerza y poder, no siendo tímido en la exposición de
la Verdad, para que se impusiera sobre todo otro Dîn, sobre toda otra forma de espiritualidad e inspiración,
prevaleciendo hasta la consumación del tiempo. Mientras todo degenera y se
corrompe, el Islam se mantiene en su pureza y autenticidad gracias a la energía
que le comunicó el Profeta (s.a.s.) en correspondencia con su propia fuerza
espiritual.
wa
kafà billâhi shahîda*
y
Allah es suficiente como Testigo.
Allah basta como Testigo
(Shahîd) en favor de la
autenticidad de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), es decir, la fuerza, la firmeza y el
poder que hay en su Mensaje son los indicios de su autenticidad, siendo ello
el Testimonio (Shahâda) de la Verdad en su favor.
La coincidencia de
las enseñanzas muhammadianas con lo que el ser humano presiente en sí, su
confirmación por el pensamiento ordenado, el prodigio de las consecuencias
históricas de su misión, todo ello es el respaldarazo con el que Allah -la
Verdad- da fe de él y lo autoriza ante quien esté dotado de sensibilidad
espiritual, que lo acepta por la contundencia de su argumento, que consiste
precisamente en su energía sobrehumana.
wa
áshhadu an lâ ilâha illâ llâh* wáhdahu lâ sharîka lah* iqrâran
bihi wa tawhîda*
Declaro
que no hay más verdad que Allah, sólo Él, sin asociado alguno, afirmándolo
sólo a Él y proclamando su Unidad.
Esta es la primera
parte de la Declaración (Shahâda)
por la que cualquier persona es considerada musulmana. Es el Testimonio del
hombre con el que responde al Testimonio de Allah. Quien lo pronuncia, entra
en el Islam. Con esa Declaración se afirma que sólo Allah es Eficaz, que sólo
Él es lo Verdadero, que Él es nuestro Único Creador, que sólo Él nos
fundamenta, que sólo Él nos gobierna en verdad, que sólo Él es nuestro
sostén, que sólo Él es nuestro destino, y todo lo demás es pasajero, efímero,
circunstancial, intrascendente.
Sólo
Él (wáhdahu), que no
tiene asociado (sharîk). Con esto volvemos la espalda a los ídolos. Dejamos atrás
los dioses y fantasmas con los que los hombres han sustituido a Allah, por
miedo a enfrentarse con la Inmensidad. El musulmán
(múslim) afronta a su Verdadero Señor,
se rinde por completo ante Él (rendición que recibe en árabe el nombre de
Islam). Nada comparte con Allah nada: él es el Único, el Poderoso cuyo Poder
no comparte con nada ni con nadie (todo lo que no es Él es fruto de su
Fuerza), el Sabio cuya ciencia es anterior a todo lo que existe, el Dotado de
Voluntad y su Voluntad no es quebrada por nada ni por nadie. Él es el Uno-Único,
el Singular, el Solitario, el Autosuficiente-Rico que no necesita de nada ni
de nadie. Y todo cuanto existe, con su mera presencia, coincide en certificar
a Allah y a ello se suma el musulmán.
Éste es el Iqrâr,
la afirmación sólida de cada
musulmán, y es su Tawhîd,
su búsqueda sincera de la Unidad,
que consiste en despejar su entendimiento vaciándolo hacia Allah y aboliendo
los ídolos, dioses, fantasmas, quimeras, ilusiones, sucedáneos, y todo
aquello que recibe el nombre de sharîk,
lo que el hombre asocia a Allah. Allah es la Verdad y todo lo demás es
vano... Es así como el musulmán
(el múslim) sintoniza con el Ser.
wa
áshhadu ánna muhámmadan ‘ábduhu wa rasûluh*
Y declaro que Muhammad es su Siervo y su Mensajero.
Ésta es la segunda
parte de la Declaración (Shahâda)
con la que se entra en el Islam, conformando ambas frases un todo perfecto e
indisociable. Con ella se afirma que Sidnâ Muhammad (s.a.s.) es, ante todo,
un siervo de Allah (‘abd), es decir, alguien que se rindió absolutamente a la
Voluntad de su Señor, acercándose con ello a Él, integrándose por completo
en el Ser. Y se afirma que él es su Mensajero
(Rasûl), es decir, fue Profeta
(Rasûl o Nabí), maestro
de maestros para la humanidad.
Con esta segunda
parte se afirma en realidad la existencia de un camino hacia Allah. El ser
humano, que es capaz de intuir a Allah, por otra parte no puede imaginar cómo
ir hacia Él, y mostrar esa senda es la función de los mensajeros. El último
de todos ellos y el más grande fue nuestro
señor (Sidnâ) Muhammad que derramó sobre nosotros las luces de su sujeción
a Allah (su ‘ubûdía, su condición
de ‘abd, de siervo puro).
Los musulmanes amamos
apasionadamente a Sidnâ Muhammad (s.a.s.), pero ese amor no se desvía nunca
hacia una mitificación que haga de él algo que no fue (él era ‘abd,
siervo, esclavo de Allah, un ser humano consciente de su condición y
cercano a Allah) y por ello mismo es maestro y guía con su Vida (Sîra) y su Ejemplo
(Sunna).
sallâ llâhu ‘aláihi wa ‘alâ âlihi wa sáhbihi
wa sállama taslîman maçîda*
¡Allah
lo bendiga -a él, a los suyos y a sus compañeros- y lo salude con una paz
creciente!
Es avaro con Rasûlullâh
(s.a.s.) quien no lo bendice y saluda cada vez que menciona su nombre. La fórmula
habitual es sallà llâhu ‘aláihi
wa sállam (¡Allah lo bendiga y salude!, que abreviamos con las siglas
s.a.s.). La bendición de Allah (su Salât
sobre Muhammad) es la acogida que brinda a quien se acerca a Él, sumergiéndolo
en su luz infinita, fuente de un placer eterno. Y su Saludo
(el Salâm o Paz sobre Muhammad) es la seguridad y calma que brinda a quien se
acerca Él apaciguándolo en la Inmensidad sobrecogedora de su Verdad
Absoluta.
En esta solicitud de
bendiciones y paz crecientes en favor de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), el musulmán
incluye a la Gente del Profeta (los Ahl
al-Báit, la Gente de la Casa), que eran sus más allegados, aquellos que
fueron los más inmediatos a su luz, y también incluye a sus Compañeros,
los Sahâba (o Sahb,
o As-hâb), sus
contemporáneos -hombres y mujeres, e incluso niños- que lo aceptaron y
estrecharon lazos con él, y todos ellos fueron tras él maestros y
comunicadores de sus enseñanzas.
ammâ
ba‘d* fa-hâdza ‘tiqâdu l-fírqati n-nâÿiati l-mansûrati ilà qiyâmi
s-sâ‘ati áhli s-súnnati wa l-ÿamâ‘a*
En
cuanto a lo demás: ésta es la resolución firme del grupo que está a salvo,
el socorrido por Allah hasta que se yergue la Hora, la Gente de la Tradición
y la Comunidad.
Es decir, a
continuación se expondrá el I‘tiqâd o conjunto de enseñanzas
(‘aqâid) que son el
fundamento del Islam. El I‘tiqâd
es el acto de toma de conciencia del
corazón, su firmeza ante las cosas fruto de una profunda convicción en
la que intuye la Inmensidad de su Señor. Al contenido se le llama ‘Aqîda, la cosmovisión,
la representación, que puede ser
conforme a la Verdad o producto de fantasías.
El grupo
(firqa) libre (nâÿî) de fantasías,
el que está a salvo de las frivolidades y las interpretaciones banales, es el
de la Gente (Ahl)
de la Sunna (la Tradición del
Profeta, el grupo fiel a su Ejemplo
-Sunna-) y de la Yamâ‘a
(la Comunidad, es decir, los contrarios a los individualismos que buscan
exclusivamente hacerse notar sin atender a lo que sea la Verdad en sí). Este
grupo disfruta del Nasr, el Sostén
de Allah, y por ello es un grupo socorrido y victorioso, y así será
hasta que se consuman los tiempos y tenga lugar el Fin del Mundo (la Hora,
Sâ‘a). Sidnâ Muhammad (s.a.s.)
dijo en cierta ocasión: “Un grupo dentro de mi nación se mantendrá firme
en la verdad y será auxiliado, sin que les dañen los que los contrarien,
hasta que llegue la Orden de Allah”.
Algunos musulmanes se
dividieron en grupos (fíraq), cada uno
de los cuales sostenía alguna afirmación distinta sobre algún punto
concreto de la Enseñanza. Con ello se cumplió un anuncio del Profeta
(s.a.s.), quien dijo: “Mi Nación se dividirá en setenta y tres grupos, y
todos ellos están destinados al Fuego, salvo uno: el que se mantenga en lo
que yo y mis Compañeros nos mantenemos”. Muchas de esas diferencias se debían
a actitudes personalistas que degeneraban en bid‘a-s,
es decir, replanteamientos carentes de antecedentes legítimos en las palabras
del Profeta. Las bid‘a-s fueron
desbaratadas por la labor de los ‘ulamâ,
los sabios, que recuperaron la Enseñanza
pura de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) basándose en textos claros del Corán y en
los hadices (lo que el Profeta -s.a.s.- dijo). Consolidaron así a la Nación
(Umma), impidiendo que las frivolidades se impusieran, y por ello
fueron llamados Gente de la Tradición y
la Comunidad (Ahl as-Sunna wa l-Yamâ‘a).
Esta ‘Aqîda,
o exposición de los fundamentos del Islam, debida a Ibn Taimía, va en esa línea
de reinstauración de la Enseñanza original expresada en términos
contundentes, fáciles y asequibles. En la actualidad, todos los musulmanes
son Gente de la Sunna y de la Comunidad, pues la diversidad existente es legítima
y no fruto de individualismos desesperados. No obstante, hay quienes se
atribuyen la representación en exclusiva de la legitimidad de la Sunna y la
Comunidad, siendo agentes de discordia más que de otra cosa.
wa
huwa l-îmânu billâhi wa malâikatihi wa kútubihi wa ráusulihi wa l-bá‘zi
bá‘da l-máuti wa l-îmânu bil-qadari jáirihi wa shárrih*
Y
(esa resolución firme consiste en) la permeabilidad del corazón hacia Allah,
hacia sus ángeles, hacia sus libros, hacia sus profetas y hacia la Resurrección
tras la muerte; y la permeabilidad hacia el Destino en lo que tenga de bueno o
de malo.
Estas seis cuestiones
es a lo que se llama Pilares (Arkân) del Îmân (la sensibilidad
del corazón, su esponjosidad, su permeabilidad). Traducimos de ese modo la
palabra Îmân en lugar de hacerlo
por ‘fe’ o ‘creencia’, que son las versiones habituales, por muchas
razones. La ‘fe’ es un acto ‘cristiano’, y no es en absoluto -por
mucho que se diga lo contrario- lo que está en la base de las demás
espiritualidades del mundo. La ‘fe’ es el resultado de un proceso en el
que se ha hecho ‘tragar’ a los cristianos lo inaceptable. En el Islam no
hay ‘misterios’ ni nada que contravenga a la razón y sea necesario, por
tanto, un acto de negación de la inteligencia, que es lo que realmente
significa la palabra ‘fe’.
Por ejemplo, a nadie
le violenta la idea de un ‘Creador’, pero sí es absurdo que sea Tres y
Uno a la vez: esta extravagancia requiere de ‘fe’, mientras que lo primero
es resultado de unas deducciones que tienen su propia lógica, estemos o no de
acuerdo con ella. Lo mismo sucede en el caso del Profeta: quien, haciendo uso
de sus facultades, llega a la conclusión de que el universo necesita de un
Creador Absoluto, capaz de todo, no le cuesta admitir que ha podido
manifestarse a través de determinadas personas a las que llamamos profetas,
pero que un profeta sea Dios, que sea idéntico al que lo ha creado, es un
absurdo que indica que no sabemos nada del Creador y lo creado, que no
discernimos, y simplemente lo confundimos todo admitiendo cualquier cosa. Una
vez reconocido un profeta como tal, como hacen los musulmanes con Muhammad
(s.a.s.), sus enseñanzas son acogidas como información añadida a lo que la
razón deduce, y eso es todo. Por eso el Corán afirma que Allah no ha puesto
a prueba al hombre obligándole a aceptar lo que no entiende, sino que debe
‘abrirse’ a lo que el Profeta le enseña para agigantarse en la Inmensidad
que intuye en sus adentros.
Una vez explicada por
encima nuestra traducción, decimos que el Îmân
es la apertura del corazón hacia lo que enseña el Profeta y una acción
consecuente, y esa apertura tiene seis pilares.
1º Allah
mismo. El musulmán debe rendirse y abrirse por completo hacia Allah,
recibirlo en su corazón, confiar en Él, sumergirse en su Grandeza, ampliar
los horizontes de sus capacidades en la Inmensidad de la Verdad Creadora. Para
que ello sea pleno, no debe asociarle nada sino singularizarlo, teniéndolo
por su única orientación durante los momentos en que se recoja ante Él y
hacer de esos momentos fuentes de luz para toda su vida.
2º Los ángeles
(malâika, plural de málak), que son los pobladores del mundo intermedio entre la
densidad de nuestra existencia y la absoluta simplicidad y poder de Allah. Los
Malâika son los seres de luz con
los que nos encontramos cuando avanzamos hacia Allah. Negarlos es cerrarnos a
la dimensión interior de nuestra vida, es renunciar a la intensidad de una
experiencia necesaria. Para aclarar esto, veamos una diferencia: para los
cristianos los ángeles, son, como mucho, un dogma que exige simplemente una
actitud mental de aceptación. Para los musulmanes son algo inmediato, algo
presente en cuanto se orientan hacia Allah: encontrarse con ellos es el primer
paso. El universo del musulmán está habitado en todas sus dimensiones. Una
cosa importante, los ángeles no son dioses sino criaturas sutiles próximas a
Allah, que lo obedecen espontáneamente y con ello traducen a Allah y son sus
mensajeros acompañando la espiritualización del musulmán. Hablar de los Malâika es aludir al mundo que permite progresar hacia Allah. Negar
ese mundo interior es convertir la espiritualidad en religión, es decir, en
un mero discurso inservible y en especulación sin contenido, y, sobretodo, en
un mecanismo de dominación.
3º Los Libros
Revelados (al-kútub), origen
de las grandes tradiciones e indicios de que Allah se ha dirigido a la
humanidad. En el Corán se citan las Páginas de Abraham, la Torah y el
Evangelio, como representantes de los mensajes que Allah ha enviado.
4º Los mensajeros
(rúsul). Los musulmanes aceptamos
a todos los profetas, sin hacer distinciones, habiéndolos integrado a todos
ellos Muhammad (s.a.s.). El Dîn,
la Revelación, es universal, si
bien adopta formas en cada cultura y degenera por la intervención del hombre
que la manipula o malinterpreta. Con esto, el musulmán amplia su horizonte y
rescata y acoge en su pureza original todas las tradiciones.
5º La Resurrección
(al-Ba‘z), que es el encuentro
con Allah de cada ser humano para ser juzgado por su Señor. Es la esencia de
la Profecía, el Gran Anuncio (an-Nába
al-‘Azîm). La humanidad entera se reunirá un Día Terrible,
tras la destrucción del universo que conocemos, para pasar al Universo de Allah (al-Âjira)
y donde cada uno de nuestros instantes actuales encontrará su eternidad en lo
que Allah quiera.
6º El Destino
(al-Qádar), que significa que todo
es regido por Allah en cada instante, y nada escapa a su Poder Absoluto ni a
su Ciencia Anterior a todo lo que existe. El Destino es el entramado interior
de nuestra existencia y en el que Allah impera. Esto no niega libertad al ser
humano ni justifica ningún fatalismo, al contrario, para el musulmán es
fuente de paz y firmeza y es razón para una acción decidida y desbordante
que hunda sus raíces en la Verdad.
Esos son los
Seis Pilares de la Apertura (Arkân
al-Îmân) en torno a los que giran las meditaciones de los musulmanes.
Cada uno de ellos es una poderosa clave.
wa
min al-îmâni billâhi l-îmânu bimâ wásafa bihi náfsahu fî kitâbih*
wa bimâ wásafahu bihi rasûluh* min gáiri tahrîfin wa lâ ta‘tîl*
wa min gáiri takyîfin wa lâ tamzîl*
Y
forma parte de la permeabilidad ante Allah abrirse hacia aquello con lo que Él
se ha descrito a Sí Mismo y aquello con que lo ha descrito su Mensajero, sin
alterarlo ni anularlo, sin darle un modo y sin representarlo.
Una de las
tentaciones que acechan al que quiere conocer a Allah es la tendencia a
adecuarlo a su imaginación modelándolo según su fantasía, lo cual
constituye una desviación que está en el origen de muchos conflictos y
sectarismos. Allah se ha descrito a Sí Mismo, revelándose en el Corán y en
las Palabras de su Mensajero (s.a.s.) y no lo ha hecho de modo ambiguo, escaso
ni tramposo. El musulmán recto acoge lo que el Profeta le ofrece, y lo hace
con cortesía y educación, absteniéndose del Tahrîf,
la alteración, que consiste en inclinar el mensaje hacia una
significación no contenida en él; absteniéndose también del Ta‘tîl,
su anulación con una interpretación que oscurezca el significado
hasta el punto de hacer superfluo lo que el Profeta ha dicho; absteniéndose
en tercer lugar del Takyîf, que
consiste en intentar explicarse el modo de la característica dada; y absteniéndose
por último del Tamzîl, que es
asimilar lo dicho sobre Allah a las características propias de las criaturas,
antropomorfizándolo. Hay, por tanto, dos extremos que deben evitarse: la
metafísica negadora y la ingenuidad supersticiosa.
La descripción que
Allah hace de sí mismo es una ‘pista’, algo que fundamentalmente debe
servir de estímulo al ser humano. Por ejemplo, decimos de Allah que es Rahmân,
Misericordioso: en lugar de intentar
interpretar esta palabra de algún modo contrario a lo que significa
inmediatamente porque ese adjetivo nos parezca inadecuado o insuficiente,
debemos saber que nos invita a confiar en Allah, y eso es lo importante. En
cualquier caso, sólo podemos decir que Allah es Rahmân en un sentido absoluto que escapa a nuestras medidas,
que su Misericordia (Rahma)
no es equiparable a la de los hombres, que está infinitamente por encima de
ella, huyendo de toda representación y modalidad, de manera que así es aún
más estimulante.
bal
yûminûna bi-ánna llâha subhânah* láisa ka-mízlihi shái* wa huwa s-samî‘u
l-basîr*
Sino
que aceptan que Allah “...nada hay que se asemeje a Él; Él oye y ve”
(Corán).
Ellos (es decir, la
Gente de la Tradición y la Comunidad, los Ahl as-Sunna wa l-Yamâ‘a) han abierto sus corazones a la gran
clave, contenida en un versículo coránico que dice que Allah no se parece a
nada. Él, en Sí, en su Unicidad Absoluta, es Inimaginable e Irrepresentable.
Los Nombres y Cualidades que Él se ha dado en la Revelación son
aproximaciones destinadas a sugerir y a desencadenar reacciones. Lo que es
incorrecto es querer ‘completar’ lo que Allah ha dicho de Sí Mismo, como
si su Palabra fuese insuficiente. Actúa así el que no responde a Allah, el
que se satisface en especular. Nada hay peor que la ‘teología’ en el
Islam. Todo Discurso (Kalâm) debe ir encaminado a enseñar precisamente lo que hemos
adelantado. Esa es la legitimidad de toda ciencia que se proponga iluminar a
los musulmanes y facilitarles el camino hacia la Verdad.
falâ
yunfûna ‘ánhu mâ wasafa bihi náfsah* wa lâ yuharrifûna
l-kálima ‘an mawâdi‘ih* wa lâ yulhidûna fî asmâi llâhi
wa âyâtih* wa lâ yukayifûna wa lâ yumazzilûna sifâtihi bi-sifâti
jálqih*
(Las
gentes de la Tradición y de la Comunidad) no niegan aquello con lo que Él se
ha descrito, ni alteran sus Palabras apartándolas de su significación
original. No anulan los Nombres de Allah ni sus Signos. No dan un modo a sus
Cualidades ni las comparan con las de su creación.
Es así como los Ahl
as-Sunna wa l-Yamâ‘a se apartan de todo lo inconveniente. No cometen Nafy,
Negación de lo que Allah ha revelado; ni Tahrîf, ni lo alteran inclinándolo hacia otras
significaciones porque sus Palabras (Kálim)
les parezcan insuficientes o ambiguas; ni cometen Ilhâd,
que es sinónimo de Ta‘tîl,
Anulación. Y también se abstienen
del Takyîf, la modalización; y el Tamzîl,
la representación basada en
comparaciones. Liberan los Nombres (Asmâ)
y Cualidades (Sifât)
de Allah de todo ello, y así ante ellos son Palabras Inmensas de profundidad
abismal que los invita a un conocimiento de Allah en la hondura de sus
corazones y no al simple nivel de la especulación teórica o la fantasía mítica.
liánnahu
subhânahu lâ samíya lahu wa lâ kúfua lahu wa lâ nídda lah*
Porque
Él -que está por encima de todas las cosas- no tiene quien comparta su
Nombre, ni tiene similar, ni equivalente.
El Nombre
Supremo (Allah) pertenece en
exclusiva al Creador de los cielos y de la tierra, al Señor de cuanto existe,
a la Verdad que confiere realidad a sus criaturas. Designa, por tanto, al Uno-Único
que está por encima de todas las cosas, inigualable puesto que está fuera de
todas las normas y todas las condiciones, por lo que no debe ser confundido
con nada pues en Sí es inasequible. Se reserva ese Nombre que lo singulariza
de modo absoluto en todos los aspectos. Esta es la clave del Tançîh, la regla fundamental que establece que Él es distinto a
todo lo que el hombre pueda imaginar. Teniendo en la mente la regla del Tançîh,
las Cualidades de Allah (las Sifât)
quedan depuradas de toda semejanza y se convierten en océanos en los que
sumergir el corazón, y es porque el Tançîh
no es Nafy, Negación, ni es Ta‘tîl,
Anulación, sino purificación: es
afirmación sin comparación.
fa-ínnahu
á‘lamu bi-náfsihi wa bi-gáirih* wa ásdaqu qîlan wa áhsanu
hadîzan min jálqih* zúmma rúsuluhu sâdiqûna musaddiqûn*
bi-jilâfi l-ladzîna yaqûlûna ‘aláihi mâ lâ ya‘lamûn*
Ciertamente,
Él es el mejor conocedor de Sí Mismo y de lo que no es Él, y es el más
veraz en sus palabras y es de mejor expresión que sus criaturas. Y después
de Él, lo son sus mensajeros, veraces y confirmadores, a diferencia de los
que dicen de Él lo que no saben.
El autor explica así
la corrección de la ‘Aqîda de
las Gentes de la Sunna. Ellos recogen literalmente lo que ha trasmitido el
Profeta (s.a.s.) porque saben que sólo Allah puede hablar de Sí con justicia
y veracidad, pues es inaccesible a la inteligencia humana por las condiciones
mismas que la razón establece para el Creador Absoluto, el cual está al
margen de lo creado. Por ello ni niegan ni interpretan arbitrariamente sus
Palabras sino que las acogen abriéndose a una progresiva profundización en
su significado que no descarta el punto de partida, y esa progresiva
profundización depende de la trasformación misma que sobreviene al que asume
a Allah sin reparos y con todas las consecuencias.
Y esas enseñanzas
las recibe el musulmán de los profetas, que son necesariamente sinceros y
veraces, y confirmadores con sus ejemplos de lo que trasmiten. La palabra
‘confirmadores’ también podría ser traducida en el texto que estamos
comentando por ‘confirmados’, porque Allah ha dado fuerza a sus palabras y
ha hecho que las gentes las escuchen y las acepten, y es debido a la
autenticidad de sus contenidos. Allah y los profetas son las únicas fuentes
de estos saberes, y no la especulación de quienes aplican su entendimiento a
lo que está fuera de su alcance.
wa
li-hâdza qâl* subhâna rábbika rábbi l-‘íççati ‘ammâ yasifûn*
wa salâmun ‘alà l-mursalîn* wa l-hámdu lillâhi rábbi l-‘âlamîn
Por
ello, Allah ha dicho (en el Corán): “Tu Señor, Señor del Amor Propio, está
por encima de lo que describen. ¡Paz sobre los enviados! ¡Y Alabanzas a
Allah, el Señor de los Mundos!”.
Ibn Taimía cita este
versículo para confirmar su actitud. En él, Allah se declara por encima de
la descripción (wasf)
que pueda hacer cualquier hombre, pero exceptúa a los enviados
(los mursalîn) a los que ha
concedido su paz. Ellos están autorizados por Él mismo, quien les ha
comunicado las palabras justas, que son las que designan las Cualidades de
Allah del modo más conveniente junto a la clave (el Tançîh)
que las sitúa en el plano adecuado.
fa-sábbaha
náfsahu ‘ammâ wásafahu bihi l-mujâlifûna lir-rúsul* wa sállama
‘alà l-mursalîna li-salâmati mâ qâlûhu min n-náqsi wa l-‘áib*
Se
ha glorificado (en esas palabras) a Sí Mismo distanciándose de la descripción
que hacen de Él los que contravienen a los profetas, y ha saludado a los
enviados a causa de la ausencia de mengua o defecto en lo que han dicho.
Comentando la cita
coránica anterior, Ibn Taimía afirma que la verdad está contenida en las
Palabras Reveladas y nunca en las especulaciones de quienes pretenden
completarlas con sus opiniones personales. En la Revelación no hay mengua
(naqs) ni defecto (‘áib). Lo que
hay que hacer es profundizar en ella y no deformarla ni desvirtuarla por
arrogancia, pervirtiendo y contraviniendo la enseñanza original de los
profetas. Por eso llama mujâlifûn lir-rúsul,
contrarios a los enviados, contravenidores suyos, a los que mezclan sus
interpretaciones arbitrarias con el mensaje original trasmitido por ellos.
En resumen, la ‘Aqîda
de la Gente de la Sunna consiste en afirmar lo que Allah ha afirmado de Sí y
negar lo que Él ha negado de Sí siempre en conformidad escrupulosa con la
Revelación trasmitida por el Mensajero.
wa
huwa qad ÿáma‘a fîmâ qad wásafa wa sammà bihi náfsahu báina n´-náfyi
wa l-izbât*
Él
ha juntado -en aquello con lo que se ha descrito y denominado a Sí mismo- la
negación y la afirmación.
Tal como aparece en
el Corán y en la Sunna, a Allah debe negársele cualquier defecto o
imperfección y, simultáneamente, afirmar en Él toda perfección y complitud.
Ésa es la Senda (hudà)
hacia Él. Por ejemplo, se le niega la incapacidad para afirmar su poder, con
lo que se niega algo (la impotencia) y se afirma algo (el poder), y así con
cada Cualidad, que tiene su aspecto negativo y su aspecto positivo, siendo
purificada la imagen que podemos hacernos de Allah hasta alcanzar el infinito
en el que abandonarnos ya sin palabras. Las claves del verdadero
Tançîh son la Negación (Nafy)
de la semejanza y la Afirmación (Izbât) de la Cualidad, combinadas a cada paso, sin que la Negación
degenere en Anulación (Ta‘tîl)
ni la Afirmación se convierta en Comparación
(Tamzîl o Takyîf) o Antropomorfización
(Tashbîh).
Volviendo al ejemplo
citado más arriba, el Corán califica a Allah como Rahmân,
Misericordioso. En esta idea debe
anularse cualquier interpretación que sugiera en Él debilidad o
arbitrariedad, y afirmar por otro lado su universalidad. En la palabra no hay
ninguna insuficiencia que nos obligue a descartarla, sino que debemos resaltar
su valor positivo y estimulante que permite al musulmán entregarse
confiadamente a un Poder Absoluto fuente a la vez de todo bien.
falâ
‘udûla li-áhli s-súnnati wa l-ÿamâ‘ati ‘ammâ ÿâa bihi l-mursalûn*
fa-ínnahu s-sirâtu l-mustaqîm* sirâtu l-ladzîna
án‘ama llâhu ‘aláihim min an-nabiyîna wa s-siddîqîna
wa sh-shuhadâi wa s-sâlihîn*
Las
Gentes de la Tradición y la Comunidad no se apartan de lo que han traído los
enviados, que es el Sendero recto, el Sendero de aquéllos a los que Allah ha
favorecido entre los profetas, los muy sinceros, los mártires y los rectos.
La ‘Aqîda
de los Ahl as-Sunna wa l-Yamâ‘a,
las Gentes de la Tradición y la
Comunidad, es un Sendero Recto (Sirât
Mustaqîm) en el que no hay concesiones a la frivolidad. Es el camino que
han seguido los profetas que se sometían al dictado de Allah, que no es nunca
una trampa ni una metáfora (salvo que exista una qarîna,
un elemento objetivo que permita pensarlo e interpretar la metáfora
adecuadamente). A esto se le llama rigor. Y es la senda seguida por sus
continuadores, entre los que destacan los siddîqîn,
los muy sinceros, los shuhadâ, aquellos
que dieron sus vidas sobre esa senda, y los sâlihîn, los rectos, los que la siguieron con
sobriedad y acción.
wa
qad dájala fî hâdzihi l-ÿumlati mâ wásafa llâhu bihi náfsahu
min sûrati l-ijlâsi l-latî tá‘dulu zúluza l-qu-rân* háizu
yaqûl* qul huwa llâhu áhad* allâhu s-sámad* lam yálid
wa lam yûlad* wa lam yákun lahû kúfuan áhad*
Entra
en ese conjunto todo aquello con lo que Allah se ha descrito, como sucede en
el Capítulo de Sinceridad Pura que equivale a un tercio del Corán, donde
(Allah) dice: “Di: Él es Allah Único; Allah el Irreductible; no ha
engenderado ni ha sido engendrado; y para Él no hay equivalente alguno”.
El Corán y la Sunna,
interpretados con rigor y seriedad, son las fuentes de la ‘Aqîda.
A partir de aquí, Ibn Taimía entresaca del Libro Revelado (el Corán) y la
Tradición Muhammadiana (la Sunna) algunos textos elocuentes que sirven para
fundamentar una cosmovisión acorde con la enseñanza original del Mensajero (Rasûl).
Comienza con un cortísimo capítulo
(sûra) que se encuentra entre los
últimos del Corán y que es conocido con el título de Sûrat al-Ijlâs, el
Capítulo de la Sinceridad Pura, del que en cierta ocasión el Profeta
(s.a.s.) dijo que, a pesar de su brevedad, vale por un tercio del Corán.
El texto comienza con
un imperativo: qul, ‘di’, ‘proclama’,
invitando al musulmán a asumir con decisión y acción su contenido, en el
que queda resumida la Ciencia de la
Unidad (‘Ilm at-Tawhîd).
Con la primera frase, huwa llâhu áhad,
“Él es Allah Único”, se le niega todo sharîk,
todo asociado. Es la raíz de la lucha del Islam contra toda forma de idolatría.
No hay otro como Él ni en Esencia (Dzât),
ni en Cualidades (Sifât),
ni en Actos (Af‘âl). Él es absolutamente Singular, pues el término Áhad,
Único, se le aplica sólo a Él, y es un término más radical y
exclusivista que Wâhid, Uno.
El primer versículo
ha consistido en una declaración con la que se niega y rechaza toda idolatría:
Allah es Puro y nada lo sustituye, y Él es la meta que debe proponerse el
musulmán, desdeñando dioses, ídolos, fantasmas e ilusiones, aceptando el
reto de lo Infinito y Eterno, sin condicionarlo, sin limitarlo, en su Grandeza
y Libertad majestuosas. Pero con el segundo versículo, allâhu
s-sámad, Allah el
Irreductible, se afirman, llevadas al máximo, todas sus Cualidades
positivas. Ibn al-‘Abbâs -uno de los Compañeros de Sidnâ Muhammad
(s.a.s.)- dijo que Sámad, Irreductible,
significa “el que prevalece sobre todas las cosas con la perfección de su
poder, el Noble en la cima de su nobleza y elevación, el Magnánimo en la
plenitud de la dulzura, el Autosuficiente en la exuberancia de su riqueza, el
Capaz en el ejercicio de su dominio absoluto, el Conocedor bajo cuya ciencia
está todo lo que existe, el Sabio que gobierna todo detalle con la precisión
de su saber absoluto; el Sámad es el que posee en grado sumo la
nobleza y el poder; y es Allah cuyas Cualidades no tienen parangón, y nada
hay que se le asemeje”. Es decir, tras la Negación
(Nafy) sugerida en el primer versículo
nos encontramos con la Afirmación (Izbât)
contenida en esta segunda frase.
En el tercer y cuarto
versículo se ofrecen las bases para el Tançîh,
la Depuración con la que el peregrino hacia Allah va despejando su
meta de toda adherencia: lam yálid wa
lam yûlad, no ha engendrado ni ha
sido engendrado, es decir, de Él no deriva nada ni Él ha derivado de
nada, no tiene par, ni origen ni ramificación, sino que es Absoluto y Puro, y
entonces todo lo que existe se disipa en su insignificancia desvaneciéndose
como lo que es, una sombra que se retira cuando el sol alcanza su cenit; wa
lam yákun lahû kúfuan áhad, y
no tiene equivalente, ni similar, ni opuesto, ni igual, ni contrincante,
sino que es Él Solo, en su Belleza, Majestad y Plenitud para las que nada
sirve de modelo sino que invitan al musulmán a una inmersión sin recelos en
lo Infinito.
wa
mâ wásafa bihi náfsahu fî á‘zami âyatin fî kitâbihi haizu
yaqûl* allâhu lâ ilâha illâ huwa l-háyyu l-qayyûm* lâ tâjudzuhu
sínatun wa lâ náum* lahû mâ fî s-samâwâti wa mâ fî l-ard* man
dzâ l-ladzî yáshfa‘u ‘índahu illâ bi-ídznih* yá‘lamu mâ báina
aidîhim wa mâ jálfahum* wa lâ yuhîtûna bi-shái-in min
‘ilmihi illâ bimâ shâ* wási‘a kursíyuhu s-samâwâti wa l-ard*
wa lâ ya-ûduhu hifzuhumâ* wa huwa l-‘alíyu l-‘azîm*
Y
forma parte de ese conjunto aquello con lo que se describe en el Signo más
grande de su Libro, en el que dice: “Allah, no hay más verdad que Él, el
Viviente, el Subsistente. No se apoderan de Él ni la somnolencia ni el sueño.
Suyo es cuanto hay en los cielos y en la tierra. ¿Quién puede interceder
ante Él si no es con su permiso? Sabe lo que (las criaturas) tienen entre
manos y lo que dejan atrás, y no abarcan nada de lo que hay en su Ciencia,
salvo lo que Él quiere. Su Trono encierra los cielos y la tierra, y no le
fatiga guardarlos. Él es el Elevado, el Inmenso”.
Otro ejemplo de texto
coránico que encierra todo lo dicho es el llamado Versículo
o Signo del Trono (Ayat al-Kursi), que está en el segundo capítulo del Libro. Este Signo
(Aya) es considerado uno de los versículos ‘más grandes’ del
Corán.
El Signo del Trono
comienza con una declaración radical de Unidad: allâhu
lâ ilâha illâ hu, Allah, no hay más
verdad que Él. Todo está subordinado a ese Principio absoluto y
excluyente, rendido a su Verdad inidentificable. Se trata de una Negación que
lo reduce todo a la nada, pulverizando la ‘verdad’ de la existencia. Nada
es real ni consistente ni definitivo salvo Allah, cuyo Nombre designa lo
desconocido, lo anterior a toda existencia, lo posterior a todo lo efímero,
lo que permanece más allá de nuestras intuiciones y capacidades, lo que
adivinamos de forma ambigua en los abismos de nuestros corazones pero para lo
que no tenemos palabras.
Ahora bien,
inmediatamente viene la Afirmación. Allah se describe a Sí Mismo de un modo
que permite una cierta familiaridad con Él. Él es el
Viviente (Hayy): no es algo muerto, sino vivo y dotado de plenitud
absoluta. Y es el Subsistente (Qayyûm),
el que vive sin deberlo a nada y el que soporta toda existencia dando hechura
a sus criaturas: éstas dejan de ser nada para ser lo que Él quiere que sean
y empiezan a alzarse sostenidas por Él.
Su Perfección es señalada
a continuación: lâ tâjudzuhu sínatun
wa la náum, no se apoderan de Él ni la somnolencia ni el sueño; Él es el
Despierto, el Vigilante, sin que nada lo canse, sin que nada desvíe su atención,
por lo que el musulmán se sabe ‘visto’ por su Señor, sabe que Su Atención
está pendiente de él, sin desatenderlo un solo momento.
Después se nos dice:
lahû mâ fî s-samâwâti wa mâ fî
l-árd, suyo es cuanto hay en
los cielos y la tierra; todo está bajo su dominio, y nada escapa a Él;
le pertenecemos, somos suyos y en nosotros realiza su Voluntad sin que nada ni
nadie le dispute el poder.
La relación del ser
humano con Allah puede ser inmediata si Él lo permite: man
dzâ l-ladzî yáshfa‘u ‘indahu illâ bi-ídznih,
¿quién intercede ante Él si no es con su permiso?; y en esta pregunta
van implícitas una negación y una afirmación, pues niega la shafâ‘a, la intercesión,
de los dioses y de los ídolos; nada de eso está autorizado por Allah ni se
imponen, no son seres intermedios entre Él y sus criaturas, y, por otro lado,
cualquiera, con su Idzn, su permiso,
tiene acceso a Él: nada le obliga y Él hace lo que quiere.
La perfección de su Ciencia
(‘Ilm) viene descrita a
continuación: yá‘lamu mâ báina
aidîhim wa mâ jálfahum, sabe lo
que tienen (sus criaturas) entre manos y lo que dejan atrás, es decir,
conoce lo por venir lo mismo que conoce lo pasado. Su Ciencia es anterior al
dato. Y esa perfección es subrayada en la frase siguiente: wa lâ yuhîtûna bi-shái-in min ‘ilmihi illâ bimâ shâ,
y ellos (las criaturas) no abarcan de
esa Ciencia más que lo que Él quiere, es decir, el conocimiento de los
hombres está limitado por la Voluntad de Allah: sólo saben lo que Él les
enseña. Él es la fuente del saber.
Todo lo anterior es
coronado por la Majestad de Allah: wási‘a
kursíyuhu s-samâwâti wa l-ard, su
Trono encierra los cielos y la tierra. En realidad, el Kursí
no es el Trono (‘Arsh), sino un Pedestal a
los pies del Trono. El ‘Arsh
es la órbita que incluye en su seno todo lo que existe y el Pedestal es, a su
vez, una órbita inferior en la que está encerrado todo. Se ha dicho que el
Trono es el Poder y el Pedestal es la Ciencia, pero por encima de estas
interpretaciones está el carácter sugerente de las palabras coránicas que
designan con términos contundentes el carácter absoluto del dominio de Allah
sobre lo que existe, abarcando los cielos
(samâwât) y la tierra (ard).
El gobierno del todo
y de cada uno de sus detalles no cansa a Allah: wa
lâ ya-ûduhu hifzuhumâ, y
no le fatiga guardarlos. Nada disminuye su poder, nada hace decrecer su
fuerza.
Por último, este Noble
Versículo (Aya Karîma)
finaliza con dos Nombres de Allah: wa
huwa l-‘alíyu l-‘azîm, y
Él es el Elevado, el Inmenso. Allah es al-‘Alíy,
el Elevado, estando por encima de
todo en todos los sentidos de la palabra: trasciende cuanto existe e impera
dominando todo lo que existe. Y es al-‘Azîm,
el Inmenso, es decir, nada es más
grande que Él, nada tiene su desproporción, nada se le puede comparar en
majestad, y nadie nunca la abarca.
wa
qáuluhu subhânah* huwa l-áwwalu wal-âjiru wa z-zâhiru
wa l-bâtin* wa huwa bi-kúlli shái-in ‘alîm*
Y
sus palabras: “Él es el Primero y el Último, el Evidente y el Oculto. Y es
Conocedor de todas las cosas”.
Otro versículo
significativo es el siguiente, en el que se afirma de Allah que Él
(Huwa) es el Primero (al-Áwwal),
el Anterior -sin comienzo- a todas las criaturas, y el Último (al-Âjir), el
Posterior -sin fin- a todo lo creado: su eternidad no tiene principio ni término
y Él no es contenido por el tiempo
(çamân) sino que el tiempo es
creación suya. No hay momento sin Allah, y cuando no hay tiempo, Él es el
Presente.
Y de igual modo el espacio
(makân) no lo condiciona, sino que
es creación suya: Él es el Evidente
(az-Zâhir) y nada lo
recubre aludiendo este Nombre a su elevación y trascendencia, y es el
Oculto (al-Bâtin) y nada llega a Él ni lo altera, y este Nombre
alude a su proximidad con la que acompaña a cada ser. Es así como Allah lo
abarca todo: el tiempo y el espacio, y nada escapa a su Verdad.
Y por su Presencia,
Él es Conocedor (‘Alîm) de
toda cosa. Cada una de estas Cualidades implica exigencias y enseñan al
musulmán no sólo cómo es Allah y en qué consideración Él debe ser
tenido, sino también el modo en que debe relacionarse con Allah.
wa
qáuluhu subhânah* wa tawákkal ‘alà l-háyyi l-ladzî lâ
yamût*
Y
forma parte de sus palabras -Él, que todo lo trasciende- las siguientes:
“Apóyate en el Viviente que no muere”.
En el caso del
presente versículo es de destacar la presencia de un imperativo introductorio
a la ‘aqîda (en tanto que componente
de la ‘Aqîda) según la cual
Allah es el Viviente (al-Hayy) que no muere. El Îmân, que es la apertura
hacia Allah, la esponjosidad ante Él,
exige acciones que son su resultado inmediato o, a la inversa, lo que
despierta y estimula en nosotros el Îmân,
y son acciones sin las cuales el Îmân
no tiene realidad. Saber algo de Allah no es Îmân si no genera un resultado de igual manera que, a la inversa,
el Îmân es desencadenado y
perfeccionado por la acción del ser humano, y en todos los extremos es Allah
el que guía y todo de Él depende, pues Él inspira lo que acontence en cada
momento.
La ‘Aqîda
-apoyada en la ‘Ibâda, la práctica
activa del Islam- pretende conformar una personalidad espiritual determinada
(el mûmin, el que tiene Îmân),
y no es la especulación por sí la que construye ese modo de ser y sentir.
Por eso, tan importante es tener la percepción clara de Allah en tanto que
Absoluto como el Tawákkul, el apoyo
incondicionado en Él. Ese apoyo es entrega decidida, es fluir con Él sin
resistencia alguna. Por eso, no comprende realmente al Absoluto ni sabe nada
de Él -por mucho que su reflexión se lo sugiera- el que no tiene una forma
determinada de vivir que nace de esa intuición cuando es sincera. El que
‘fluye’ con la vida manifiesta -tenga o no para ello palabras- su valoración
del Absoluto. El Corán nos ordena apoyarnos en Allah; nos guía a tener
confianza en Él describiéndonoslo de modo conveniente para desatar en
nosotros la confianza, y cuando eso tiene lugar es cuando comienza el
verdadero Îmân.
El versículo
(aya) nos enseña que Allah es Viviente
(Hayy) en términos absolutos, dotado de una Vida
(Hayât) perfecta, que implica una percepción y una capacidad
totales, y esa Vida no tiene interrupción (lâ
yamût, Allah no muere). Allah
no es un ente abstracto, sino que es positivo, Presente, Poderoso,
Misericordioso,... Por ello el musulmán se confía decididamente a Él y no
teme ser defraudado porque se acoge a un Pilar Firme.
wa
qáuluh* wa huwa l-‘alîmu l-hakîm* wa huwa l-‘alîmu l-jabîr* yá‘lamu
mâ yáliÿu fî l-árdi wa mâ yájruÿu minhâ* wa mâ yánçilu min
as-samâi wa mâ yá‘ruÿu fîhâ* wa ‘indahu mafâtîhu l-gáibi lâ
ya‘lamuhâ illâ huwa wa yá‘lamu mâ fî l-bárri wa l-báhri wa mâ
tásqutu min wáraqatin illâ ya‘lamuhâ wa lâ hábbatin fî zulumâti
l-árdi wa rátbin wa lâ yâbisin illâ fî kitâbin mubîn*
Y
sus palabras: “Él es el Conocedor, el Sabio”, “Él es el Conocedor, el
Informado”; “Él sabe lo que penetra en la tierra y lo que sale de ella,
lo que baja del cieloy lo que asciende por él”, “Él posee las claves de
lo imperceptible. Nadie las conoce más que Él. Sabe lo que hay en la tierra
y en el mar. No cae una hoja de un árbol sin que Él lo sepa. Ni hay semilla
en las tinieblas de la tierra, ni nada húmedo o seco que noe sté contenido
en un Libro Esclarecedor”.
Otros versículos
configuradores de la ‘Aqîda del musulmán -su clarividencia-
son los que Ibn Taimía cita en el presente párrafo. Allah es ‘Alîm,
Conocedor, y su Ciencia (‘Ilm)
abarca todo lo que existe. Y Él es Hakîm,
Sabio, y su Sabiduría (Hikma)
consiste en decir y hacer lo correcto, lo conforme a la verdad. Hakîm
puede derivar de Ihkâm, Precisión, pues todo lo que es fruto de la Acción de Allah es
perfecto en sí. También se le llama Jabîr,
Bien Informado, que alude a su Jibra,
su Buen Conocimiento, término que alude a la perfección de su
Ciencia, su Sabiduría y su Precisión.
El Corán da ejemplos
de esa Ciencia Absoluta, y afirma que nada, por mínimo que parezca, acontece
sin que Allah esté Presente. Nada sucede sin que Él lo sepa y con la
clnfluencia de su Poder y su Voluntad; es más, su Ciencia condiciona lo que
ocurre porque es anterior a todo. Y esa es la Clave
(Miftâh) suprema de lo Imperceptible
(al-Gáib). Todo está en un Libro
(Kitâb), es decir, una Inteligencia Insondable, que es Esclarecedor
(Mubîn), un Libro que es determinante, la Ciencia de Allah.
wa
qáuluh* wa mâ táhmilu min unzà wa lâ táda‘u illâ bi-‘ílmih*
wa qáuluh* li-tá‘lamû ánna llâha ‘alà kúlli shí-in qadîr* wa ánna
llâha qad ahâta bi-kúlli shí-in ‘ilmâ* wa qáuluh* ínna
llâha huwa r-raççâqu dzû l-qúwwati l-matîn*
Y
sus palabras: “No queda preñada una hembra ni da a luz sin que Él lo
sepa”. Y sus palabras: “Sabed que Allah es Poderoso en todas las cosas, y
que Allah abarca en su Ciencia todas las cosas”. Y sus palabras: “Allah es
el Provisor, el de Fuerza Sólida”.
En los versículos
que Ibn Taimía cita aquí se combinan la referencia a la Ciencia
(‘Ilm) y la referencia al Poder
(Qudra), que junto a la Voluntad
(Irâda) son los motores
estructuradores de toda realidad. Esas tres Cualidades
(Sifât) trascendentes están
en nuestro fondo, son lo que nos hace ser. Ese entretejido que nos va dando
hechura es expresado en términos que no deben conducirnos a equívocos ni
simplificaciones. La Ciencia, el Poder y la Voluntad que están en nuestras raíces
son realidades absolutas para las que todas las palabras son pocas. Nuestra
ciencia, poder y voluntad son pálidos reflejos que nos sirven para tener una
idea de lo que representan en Allah, en quien todo es desproporcionado.
Sabemos que Él posee esas cualidades en grado supremo porque Él las ha
creado en nosotros como reflejos e indicios de Su Verdad Insondable.
Sin embargo, la forma
más sencilla para llegar a la conclusión de que Allah es Conocedor, Poderoso
y Dotado de Voluntad -además de la Revelación- es la reflexión en el
universo y su precisión, que exige un Creador con esas características,
puesto que el que carece de algo no puede darlo. Una vez que nuestra
inteligencia se ha abierto hacia esa comprensión debe abandonarse al corazón
capaz de vivir la intensidad que sugiere que todo es gobernado por un Infinito
que sabe de nosotros, nos rige y hace con nosotros lo que Él quiere sin que
nada pueda impedirlo porque Él necesariamente carece de igual. En ningún
momento escapamos a su Ciencia, su Poder y su Voluntad. Eso es simplemente
imposible.
El mismo universo que
nos permite intuir la grandeza de nuestro Creador nos infunde esperanzas en
medio de esa vastedad infinita, pues el Señor Absoluto -Poseedor de una
Fuerza Sólida- se ha mostrado hacia nosotros con generosidad, y no deja de
ser Provisor (Raççâq)
que mantiene nuestra existencia tras haberla sacado de la nada y tras habernos
prometido un don sin fin, porque todo lo que es de Allah carece, en esencia,
de límite. Ese es el espacio sin fronteras en el que vive el musulmán.
wa
qáuluh* láisa ka-mízlihi shái* wa huwa s-samî‘u l-basîr*
Y
sus palabras: “Nada hay que se le asemeje. Él es el que oye y el que ve”.