EL LIBRO DE LOS SIGNOS


 

BADI' AZ-ZAMAN 

 

 

 

SA'ID AN-NURSI

 

3

 

        Pero también la tierra quería decir sus palabras al huésped que viajaba con su pensamiento por los horizontes del universo, le dijo:

        "Ven, ¿por qué vas tan lejos?. Yo también puedo mostrarte al que estás buscando. Estoy más cerca de ti y te sostengo. Lee en mí lo que Él ha escrito".

        Y ante los ojos del viajero la tierra se mostró como un derviche enamorado. En su danza le enseñó el secreto del tiempo, de los días, los años y las estaciones. Se la figuró como una nave señorial cargada de más de cien mil modos de vida y cada vida se le apareció con toda su riqueza y sus exigencias. Y el barco terrenal surcaba con él el espacio de un universo inagotable alrededor de un sol que lo arrastraba a su vez por espacios desconocidos.

        En la primavera de la tierra comprendió el significado del pálpito: a partir de ahí era engendrado un mundo rebosante. Su fecundidad era tal que de ella surgían pájaros que habitaban en los aires del cielo. De ella arrancaban árboles que alzaban sus ramas hacia el cielo infinito. La tierra era como el alimento muerto para todo lo vivo, y de su sequedad brotaba el verdor. Sus rocas se quebraban para dejar paso a fuentes de agua cristalina. Y todo estaba atado a esa tierra madre que daba de su nada a sus mil hijos.

        Y en la tierra, Allah se mostró al hombre como acompañante. Ningún paso da el ser humano que no tenga a la tierra de Allah como suelo firme sobre el que asentarse. El viajero aprendió de la tierra que sin ese Poder nada viviría, que si no fuera por la constancia de Su presencia, resbalaría por el abismo de la nada de la que ha surgido por el hechizo del Señor de los Mundos.


La ilaha illa Allah, el Uno Eterno, el Viviente, el Subsistente.
Y de su eternidad da testimonio la tierra y lo da todo cuanto sobre
ella vive. Su secreto lo explica la semilla enterrada que fructifica
en el seno de la obscuridad.

 


4

 

        Abrumado, el viajero se dijo: "Después de todo esto, ¿puede haber algo más?" Y escuchó entonces el rumor de los mares y de los ríos, y ante ese sonido calló y prestó todos sus oídos y escuchó un lamento dulce que le decía:

        "¿No vas a dirigirnos una mirada?¿Es que no hay nada en nuestras aguas que llame tu atención?"

        El huésped lanzó su mirada hacia la inquietud del océano, y vio gigantescas olas que se abofeteaban y se dispersaban, que se mezclaban y se hundían. Y a pesar de su agitación, el mar nunca se vaciaba, sino que rodeaba la tierra sobre la que el huésped se sentía seguro, sin transgredir su frontera. Frente a la firmeza de su lecho, veía el insondable secreto de un océano en eterno cambio: ¿Qué impedía a sus aguas desbordarse? ¿Qué ponía límites a su locura?

        Y con los ojos de su pensamiento se sumergió en las profundidades del mar, y contempló un mundo de extraña belleza, y he aquí que bajo la intempestiva superficie del océano florecía una vida misteriosa. La sal que en la tierra mataba, en el agua era alimento de mil criaturas. El viajero comprendió otro aspecto de la Faz de Allah, y lo inquietó el inmenso Poder con el que doblegaba los contrarios: ¿qué podría resistirse a la Fuerza que sacaba lo vivo de lo muerto y lo muerto de lo vivo, que extraía la noche del día y el día de la noche?

        Y después volvió su mirada hacia los ríos y vio como surgían de las profundidades de la tierra seca. Comprendió que Allah tiene sus tesoros ahí donde el entendimiento del hombre no alcanza a distinguir nada. Entendió que la Rahma no podía ser definida, que nadie salvo Allah tiene autoridad sobre ella. Almacenada está en lo más recóndito: ¿quién rasgará su velo? ¿quién remontará su río? Tiene su venero en un Jardín al que pocos tienen acceso.


La ilaha illa Allah, el Uno y Único, absolutamente trascendente, incomprensible. Ante Él la inteligencia es un mar inquieto y sólo los corazones se calman y se desbordan en ríos de agua dulce. Esto es lo que aprendió el viajero de las aguas que hay sobre la tierra.

 

5

 

        Después fueron las montañas y los desiertos los que convocaron al viajero que estaba inmerso en la contemplación de las maravillas que lo rodeaban. Le dijeron:

"¿Es que no vas a leer en nuestra página?"

        Y cuando el huésped volvió la mirada hacia los montes los sintió como poderosas columnas y torres clavadas en el suelo. Comprendió que eran los pilares que sostenían el equilibrio del magnífico edificio. Se dió cuenta de que fijaban y daban firmeza a una tierra que sin ellos serían como el mar tumultuoso. Sí, eran a semejanza de olas petrificadas. Por su mente pasó la imagen de un universo homogéneo, sabiamente diseñado, construido con una precisión que sólo podía ser signo de la grandeza de su Artífice.

        Cada vez más, la tierra se le antojaba como un barco del que las montañas fueran las poderosas velas, y comprendió que la existencia es un viaje por los espacios de Allah: ¿qué hundiría una nave tan impresionante?

        Pero su maravilla creció cuando su mirada, atravesando las piedras, descubría tesoros ocultos bajo las moles de tierra. Y he aquí que veía brotar ríos de agua dulce por entre los despeñaderos. Y esas aguas tumultuosas nacían del seno calmado de la roca y venían de profundidades ricas en metales, cristales y otras riquezas.

        Y entre la montañas veía extenderse la superficies inmensas de los desiertos en los que encontraba el signo más poderoso de la solitaria Unidad de Allah. Se le aparecían espejismos que se desvanecían en la nada, como la exhuberancia de todo lo creado incesantemente se extingue atraída por el imán del Uno.

        Por las montañas escalaba hacia Allah, pero por los desiertos caminaba en Su búsqueda.


La ilaha illa Allah, el Existente. Ése es el testimonio de las montañas
y de los desiertos y de todo lo que contienen. Y Él es el Tesoro escondido al que nada oculta, el evidente, al que nada vela.
Él es Amplio y también lo trasciende todo y no lo alcanzan las cumbres como no lo abarcan los más inmensos parajes.

 


6

 

        Ante el huésped se abrió la puerta del mundo de los árboles y las plantas, que le dijo:

"Ven a nosotros y lee en los surcos de nuestros huertos, y contemplarás la Faz de aquél al que buscas".

        Encontró que los árboles y las plantas se habían reunido en una orgullosa asamblea para proclamar la Unidad de su Creador. Entendió sus voces silenciosas que decían: "La ilaha illa Hu", sólo Él es Verdad. Le sorprendió ver el signo del Uno presidiendo la reunión de lo diverso. Pero el concilio de lo múltiple no dejaba de elogiar la armonía que lo gobernaba.

        Y el viajero comprendió tres verdades. La primera de ellas le hablaba de la Generosidad. Veía desbordarse la Magnanimidad de su Anfitrión, que no tenía límite y se expresaba en mil colores. Todo estaba dispuesto para agradar los sentidos de un huésped al que se honraba con perfumes y frutos deliciosos. Y la Nobleza de Allah se le mostraba en la Suntuosidad con la que el Jardín había sido dispuesto. Contemplaba el feliz matrimonio entre el cielo y la tierra, que había engendrado la belleza.

        La segunda era la de la diversidad. Y he aquí que lo que en el fondo era uno se manifestaba de mil modos diferentes. De una semilla simple y de una misma agua surgía un mundo admirablemente rico y variado. La Rahma se le mostraba también como hermosura, no sabiendo la mirada en cuál de sus aspectos detenerse.

        La tercera verdad era la de la distinción. Cientos de miles de formas nacían y se diversificaban a partir de una misma fórmula, y lo que tenía un sólo origen se diversificaba en individualidades, cada una de las cuales exigía una atención. Ante este espectáculo, la mente del viajero no sabía dónde reposar.

        El huésped invitado al Jardín exuberante comprendía que su corazón interpretaba las impresiones que recibía su cuerpo, y un intenso deseo se apoderó de él: "¿podré yo también alguna vez beber de esa fuente que embriaga con su agua a la existencia entera?, ¿encontraré un día el manantial de la vida?"


La ila illah Allah, que es donde se encuentra todo lo creado, el agua de la que bebe todo lo que tiene vida. Así lo afirman los árboles y las plantas que proclaman Su Unidad con la voz rítmica de sus hojas elocuentes. que cuentan Su riqueza con la belleza de sus flores. que hablan de Su generosidad con sus frutos abundantes. Él es el Uno en la diversidad. el Suficiente en Sí mismo. el Señor de los Mundos.

 

 

7

 

        De ese Jardín, el viajero recogió dos flores. Una era el Saber y la otra era la Revelación. Aspiró su aroma, y el perfume a punto estuvo de hacerle perder el juicio. He aquí que su ansiedad por encontrarse con el Sultán no dejaba de crecer. Cuando aún se sentía arrebatado por la belleza de ese mundo viviente, ante él se abrió la puerta del universo de las aves y de los animales. Su inteligencia deseó entrar en ese reino y aprender sus secretos. Miles de voces estrepitosas lo llamaban encendiendo en él la llama del deseo. Y era así como esos sonidos le daban la bienvenida.

        Vio todos los pájaros y todos los animales que pueblan la tierra. Ninguno de ellos dejaba por un instante de decir en su lengua que no hay más verdad que Allah. Era como si toda la superficie de la tierra no fuera sino el patio de una zawiya que hubiera congregado a todos los amantes del universo.

        Cada criatura parecía ante los ojos del visitante como si fuera un poema que cantara los elogios de ese Poder inmenso. Cada criatura era una magnífica composición de versos magistrales: sus miembros, sus órganos, sus sentidos, su piel y su carne rimaban con una perfección que delataba la extraordinaria capacidad de un Poeta consumado. Cada uno de esos seres era la obra magistral, la palabra exacta, del Autor del libro del universo

        Y el viajero leyó las frases mágicas de esa página, y comprendió tres verdades. La primera de ellas era la verdad de la creación: "¿quién puede imaginar lo que eso significa?". Y vio como si la flor de la existencia se abriera ante sus ojos y le mostrara los secretos de la nada y del todo. La misma Mano que sostenía las estrellas sin tocarlas, había extraído de las tinieblas a las frágiles criaturas: "¿cómo podría ser imaginable esa Fuerza?" Y comprendió la sucesión de la vida a partir de la Sabiduría y la Voluntad. Empezaba de este modo a penetrar en el interior de su Anfitrión. Y he aquí que el Sultán es el verdadero Viviente, nada escapa a Su sabiduría y nada se opone a Su voluntad, pues Él es el Uno.

        La segunda verdad era la del adorno. Mil secretos guarda la multitud de las criaturas. Cada pájaro es un canto a la belleza, toda bestia habla de la fuerza con la que Allah interviene.

        La tercera verdad era la de la capacidad. A partir de una misma luz surgieron todos los cuerpos y fueron dotados de movimiento y sensibilidad. Cada criatura se mostraba como un mundo que en su núcleo guardara el misterio de Allah Y esa luz interior, a su vez brillaba hacia afuera inundando el mundo con su irradiación.

        El huésped intuyó que todo estaba unido como si todos los cuerpos fueran un mismo cuerpo que vivía según los latidos de un solo corazón.


La ilaha illa Allah, suyo es el Poder al que nada se opone.
La Fuerza que todo lo reduce a Su Ley. Así lo dicen las aves y
los animales, y todos los cuerpos animados. Él es la Verdad que todo
lo sostiene, la que da realidad a la nada.