JUTBAS
| JUTBA DEL VIERNES 15-06-2001 |
Primera
Parte
En el Islam con mucha frecuencia se habla de la extremada importancia del corazón. Corazón en árabe se dice Qalb. En cierta ocasión, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo que en el cuerpo hay un pedazo de carne que cuando está sano está sano todo el cuerpo, y cuando está enfermo está enfermo todo el cuerpo, y ese trozo de carne es el corazón, el Qalb. Pero esta palabra tiene un sentido mucho más amplio, implícito en las palabras de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), porque el corazón de carne es el receptáculo de un secreto,... tiene a su vez un Corazón, que es el misterio mismo del ser humano. El Corazón es un todo que conforma al hombre. Es la razón de la vida, de las emociones, de los sentimientos, de las pasiones, de la reflexión. El Corazón es la sede de lo bueno y de lo malo que hay en nosotros.
En el Islam siempre se ha dicho que lo más noble que hay en el ser humano es el corazón. El Corazón con mayúsculas, íntimamente ligado al corazón físico que tenemos en medio del pecho, es lo que nos mueve, lo que en nosotros realmente desea a Allah, el que se propone conocerle, el que se esfuerza peregrinando hacia Él. El resto del cuerpo, los demás miembros, son servidores del corazón, son sus ejércitos. El corazón es el rey en medio de su reino, es donde está nuestra fuerza, la fuente de nuestras aspiraciones y energías.
Hay una ciencia que es la ciencia del corazón, que es absolutamente imprescindible. Conocer nuestro corazón es conocernos a nosotros mismos, conocer lo que somos, los medios de los que disponemos, los peligros que nos acechan. Esa ciencia es necesaria para cumplir con el Islam. Sin ese saber, no avanzaremos con rectitud en el mejoramiento de nuestra condición humana y en el conocimiento de nuestro Creador; sin esa ciencia sólo iremos dando tumbos entre arbitrariedades y frivolidades.
En su raíz, el corazón es Fitra, es pura esponjosidad ante Allah y está predispuesto a seguir la senda que conduce a Él, la Senda a la que el Corán llama Hudà, Buen Camino. Entre el corazón receptivo y la Senda se interponen el apetito egoísta (Sháhwa) y la arbitrariedad (Hawà), que lo malean. Su tendencia hacia Allah es desviada por el ego que busca su exclusiva satisfacción y la insensatez que le impide un sosiego con el que juzgar con prudencia. En el corazón luchan entre sí ejércitos de ángeles y ejércitos de demonios, es decir, un sin fin de atracciones opuestas que se disputan al hombre y de las que el hombre lo ignora todo, y de ahí que se les llame ángeles y demonios, por su naturaleza huidiza y misteriosa, que sólo Allah conoce y de la que sólo Él puede informarnos.
Esa batalla dura hasta que uno de los dos ejércitos se impone al ser humano y lo marca con su sello. Los ángeles lo iluminan porque son mensajeros de Allah, susurros que provienen de la Rahma, de la exuberante Misericordia Creadora. Los demonios lo entenebrecen sumiéndolo en las tinieblas de sus orígenes, que son la ignorancia, la maldad, la arbitrariedad y la frustración. Shaitán es la personificación del predominio de las tinieblas, de la arrogancia, de la locura y la desorientación, de las obsesiones que engullen al ser humano y lo torturan en medio del sin sentido. Es el mal del que se aleja todo el que es consciente de su propia humanidad. Según Rasûlullâh (s.a.s.), Shaitán fluye misteriosamente por las venas del ser humano, siempre intentando alcanzar el Corazón. El Imâm al-Gaççâli explicaba que no nos interesa o bien no nos incumbe conocer cuál es la naturaleza de Shaitán (ni la de los Malâika, los ángeles). Es algo que está fuera de nuestro alcance inmediato, y esto se nos evidencia cuando reflexionamos sobre lo esquivo e inasible de los comportamientos humanos. Una ciencia del Corazón debe atender, no a teorías imposibles, sino a enseñanzas prácticas que, fundadas en las directrices de los profetas, nos iluminen sobre la senda de la salud del corazón.
El Corazón, en su naturaleza primigenia en la que es esponjoso a Allah, es como si fuera una fortaleza y Shaitán es como si fuera el enemigo que lo asedia esperando la oportunidad para conquistarlo. Sólo guardando las puertas es protegido el recinto amurallado. Pero únicamente quien conoce las puertas puede guardarlas. Las puertas hacia el corazón son las cualidades del ser humano, y son muchas. Aludiremos tan sólo a las grandes puertas.
Llamamos cualidades propias del ser humano a sus pasiones. Son sus fuerzas, pero también sus debilidades. Son puertas porque con ellas se comunica con el mundo, pero por ellas puede entrar el mal que lo destruya. Una de esas puertas es la envida y la ambición. Cuando el ser humano ansía vehementemente algo o envidia con malicia, es cegado y ensordecido por la fuerza de sus emociones, y Shaitán aprovecha que la luz del corazón se ha apagado para infiltrarse. Y entonces puede llegar a matar definitivamente las posibilidades del corazón y lo sumerge en las tinieblas.
Otra de esas puertas es la ira. Con la ira repelemos agresiones y nos defendemos, pero también enturbia al corazón, y es una ocasión para Shaitán. Si la inteligencia es debilitada por la ira, entonces ataca Shaitán y juega con el hombre haciendo con él lo que quiera. Se ha dicho que Shaitán dice: “Cuando un hombre es rencoroso, le doy vueltas como los niños hace con una pelota”.
Otra de las puertas es el amor por las apariencias, el gusto por lo superfluo, el apego a las formalidades, la atención al qué dirán, pues Shaitán puede convertirlo en obsesión y entretener a un hombre toda su vida en lo que carece de importancia, y así mata las posibilidades del corazón.
Otra de las puertas es satisfacer todos los apetitos, porque los fortalece y se convierten en tiranos con exigencias cada vez mayores, trasformándose en gula, lujuria, avidez...
Otra de las puertas
es la vileza. Quien quiere obtener algo adulando a alguien, quien se humille
ante sus semejantes hasta convertirlo en costumbre, ése jamás podrá alzarse
hasta Allah, y se convierte en esclavo de Shaitán, de lo más bajo.
Otra de esas puertas
es la prisa. Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “Las prisas son de Shaitán y la
calma viene de Allah”. No actuar precipitadamente es de sabios mientras que
las prisas suelen hacernos errar el blanco, y por entre medias y sin que lo
advirtamos Shaitán tiene ocasiones que desorientan al que no somete sus
decisiones a la luz de la prudencia.
Otra de las puertas
es el amor a las riquezas. Cuando la pasión por el dinero se apodera del corazón
lo estropea, lo debilita ante Shaitán, que lo convierte en obsesión y el oro
se convierte en un fin en sí mismo, y ya nada queda de lo humano. Ese amor
hacia la riqueza se acaba convirtiendo en avaricia, en temor a la pobreza, en
injusticia.
Otra de las puertas
es el fanatismo y también la tendencia a fanatizar a la gente. Quien ama el
poder, busca cegar a los demás, y en todos esos procesos se va perdiendo la
capacidad del corazón para intuir a Allah, y se estrechan sus horizontes.
Otra de las puertas
es la elucubración, la reflexión vana, la pasión por las polémicas. Quien
sustituye la sabiduría por las palabras, quien se entrega a los sofismas, no
puede esperar alcanzar la Verdad, porque es lo que menos le interesa. La
sustituye por habilidades de Shaitán, que quiere ocultar lo verdadero y
distraer la atención del corazón.
Otra
de esas puertas es la sospecha. El que se aficiona a sospechar de los demás cae
en una de las más terribles trampas de Shaitán. Se pasará la vida entera
vigilando otras vidas y desatendiendo la suya, y jamás progresará en la Senda
hacia la Inmensidad de Allah. El Corán y la Sunna ponen especial acento contra
estos vicios y condenan sin concesiones esta actitud que acaba en paranoias y
obsesiones, que son el reino de Shaitán.
El modo de curar
todas las enfermedades que hemos mencionado es el esfuerzo sostenido y la
disciplina que debe proponerse purificar el Corazón. Sabiendo que esos males
son trampas mortales, el musulmán debe estar atento a sí mismo y corregir las
debilidades de su corazón, saneándolo hasta que esté a salvo. Todo ello, apoyándose
en Allah, en quien está la verdadera medicina.
al-hámdu
lillâh...
Todo
musulmán y toda musulmana debe prestar mucha atención a los males de su
corazón. Debe corregir todas las inclinaciones que permitan a Shaitán
conquistar el centro de su ser, pues Shaitán es fuego, y el fuego es dolor. En
el lado contrario está la luz de Allah, la inmensidad, la apertura, una vida
mejor y un mundo mejor.
Verdaderamente es
musulmán quien presta atención a su propio comportamiento,
sus propias pasiones, a sus sentimientos, y es capaz de analizarlos con
sensatez, mejorando todo lo mejorable, combatiendo todo lo que lo lleva a un mal
fin, buscando siempre lo mejor. Ése es el que va sobre una Senda Recta, cuya
meta es el universo sin horizontes de su Creador Infinito.
Sidnâ Muhammad
(s.a.s.) invitó a los musulmanes a estar atentos, a estar alerta, a ser
centinelas sobre sus corazones, a un Yihâd que los ennobleciera. Ésa es la más
justa de las luchas, en las que el musulmán toma las riendas de su ser y lo
conduce al triunfo.
du‘â ...