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AIPIN, 11 de octubre.– El 12 de octubre de 1942
inaugura lo que los mexicas llamaron “la gran noche.” Abre un período doloroso
cuyas consecuencias persisten en nuestros días. El llamado “Descubrimiento de
América” y la “Conquista” significaron el sacrificio del 80% de la población en
este continente.
La historia nos ofrece, a pesar
de su parcialidad, ejemplos de actos de felonía, de degradación humana,
cometidos por los “descubridores-conquistadores” en contra de los habitantes
originarios de estas tierras, acciones que no creo que puedan tener perdón
jamás. Colón, Cortés, Pizarro, Álvarez Cabral y muchos otros pusieron el ejemplo
y marcaron el sangriento estilo de gobernar con el permiso y apoyo de los
monarcas europeos y de la iglesia católica.
En México, cuando el tlahtoani Cuauhtémoc vio perdida la defensa de su pueblo,
pidió a todos “cerrar las puertas”, no encender luz, vivir hacia adentro,
guardar silencio mientras pasa esta gran noche cuyo término será anunciado por
señales claras. En términos populares esto significaba “aguantar callado”,
“hacerle al loco”, resistir. Era 1521.
Y la “gran noche” fue cubriendo todo el continente. La explotación más atroz de
los naturales llamados “indios” en las minas, los obrajes, el campo y los mares,
era la constante. En los lugares en que casi se extinguieron los varones se
utilizó la importación de esclavos negros en un aberrante tráfico humano que une
a los traficados al doloroso destino de los indígenas. Los intentos de rebelión
fueron cruelmente sofocados.
Y así pasaron 300 años.
En los movimientos de independencia, los distintos Estados nacientes arrastraron
-de grado o por fuerza- a la “lucha por la patria” a sus indígenas. Los
ideólogos apartaron sus ideas; los políticos, sus promesas; y los indios sus
muertos.
El pueblo mapuche, heroico defensor de su territorio junto al río Bío Bío, fue
masacrado por sus propios gobiernos criollos triunfantes: En Chile mediante la
famosa “Pacificación de la Araucanía” y en Argentina mediante la “Conquista del
Desierto”. Ambas, acciones encaminadas al exterminio. Algo muy similar fue el
capítulo de “Salsipuedes” en Uruguay, contra los charrúas.
Acciones como las anteriores no estuvieron ausentes en México. Para la segunda
mitad de 1800, durante la invasión francesa se da el caso de Agustina Ramírez,
una india de Sinaloa que para la “defensa de la patria” entregó uno a uno a sus
once hijos quedándose en el desamparo. Murió sola, ignorada, implorando la
caridad pública,
El triunfo de Don Benito Juárez, indio zapoteca, que es uno de los períodos más
brillantes de la Política Mexicana, estableció la nacionalización de la tierra y
muchos indios prefirieron levantar sus rudimentarias armas en contra porque
querían la legalización de las tierras para sus pueblos.
Ya entrado el 1900, cabecillas y gobiernos “revolucionarios” declararon la
guerra hasta la extinción de los indios. Son muy conocidos los casos de las
atrocidades en Tomochi, Chihuahua; la captura, muerte o deportación al sureste
mexicano de los yaquis y el cerco a muerte en la “Isla del Tiburón” en contra de
los seris, que casi se extinguen y que en la actualidad no llegan a 1000
individuos.
El triunfo de la Revolución Mexicana no significó avance real alguno para los
indios. Al triunfo de las instituciones se crea el PNR, que luego sería el PRI
(Partido Revolucionario Institucional) que va a controlar todo el aparato
gubernamental por 70 años y que mantendrá a los indios quietos.
Esta quietud o modorra, este silencio, recogimiento o apatía conforma la mítica
conducta del indio. La indolencia es generalizada con escasas excepciones en
puntos del continente en que son atacados los pueblos o grupos directamente.
¿Seguían las recomendaciones de Cuauhtémoc, el rey mexica?
Pero algunos volcanes empiezan a mandar señales luminosas: Don Goyo (el Popo),
Chichonal y Colima en México; Tunguragua en Ecuador; y otros. Algunos cuerpos
celestes y eclipses aparecen. Las corrientes “del Niño” y de “La Niña” se
acentúan, así como algunos huracanes provocan desastres que quisieran barrer
otros desastres como Chernobil o del del Prestige. La marea roja crece en los
litorales y llega a donde nunca había llegado. La temperatura se eleva, se abre
un gran hoyo en la capa de ozono y se implantan los Acuerdos de “Libre”
Comercio.
¿Cual o cuáles de estos sucesos son o fueron considerados como las señales
claras del principio del fin de la “larga noche”? ¿O serían los asesinatos
políticos, la impunidad, la corrupción o el narcotráfico? Lo cierto es que para
1980 ya hay un “despertar” indígena detectable. La defensa de los territorios se
refuerza. Se nota activismo incipiente en los pueblos indios del continente en
las protestas de grupos desplazados por la construcción de represas.
Poco a poco los indios sienten que tienen derechos; que necesitan defenderse,
prepararse, participar y se involucran en las discusiones de la OIT por los
derechos de los indígenas. Para cuando España pretende celebrar la Gran feria
Internacional “Encuentro de dos Mundos”, (1992) los indios ya están de pie y
muchos recorren Europa, con los escasos recursos a su alcance, murmurando su
oposición y denunciando lo injusto e inhumano de esa celebración.
Asistimos, pues, a un activismo social humanitario primero, político
organizativo después. Los pueblos indios de Centroamérica, de pronto sienten la
necesidad de reunirse para compartir sus sufrimientos y ponerse de acuerdo para
hacer algo. Y van naciendo organizaciones locales de defensa, ayuda mutua y
cooperación.
Lo mismo pasa en el sur del continente: en Chile el activismo mapuche conforma
dos grandes polos de lucha: El Consejo de Todas las Tierras y la Coordinadora
Arauco-Malleco. Argentina, Ecuador, Bolivia y Colombia no se quedan atrás y se
hacen grandes esfuerzos organizativos tanto el interior de sus países como de
coordinación con los países vecinos.
Desde ese tiempo, los delegados de huarache dan la pelea en los diferentes foros
internacionales de la ONU para lograr el Acuerdo 169 de la OIT; el decenio de
los Pueblos Indígenas, que termina este año de 2004. Además el premio Nóbel de
la Paz recae por primera vez en una indígena: Rigoberta Menchú Tum.

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