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12 de octubre: a 516 años del
comienzo del
genocidio más grande de toda la historia...
en las escuelas nos siguen contando la misma historia...
Cuenta la historia que fue hace 516 años que llegaron, provenientes de España,
tres barcos cargados de hombres deseosos de alcanzar una nueva ruta para una ya
conocida Tierra. Cuenta la historia –su historia- que a estas tierras arribaron
las naves de la Fe y de la religión, de la Paz y la Libertad. Cuenta la historia
que ellos fueron quienes nos trajeron su Europa monárquica a esta América
atrasada.
Pero hay también otra historia. Una historia que fue tapada, incendiada,
escondida. Una historia que fue guardada durante años y años en las bocas de los
pocos que sobrevivían. Una historia que fue y es historias: no cuenta la verdad
de los que la escribieron, narra las historias de los que murieron. Nos llama y
nos habla desde el pasado la historia de aquellos millones de ojos, de sonrisas
y de sueños; nos llama y nos clama que la recordemos, que conozcamos el camino
recorrido desde aquel fatídico 12 de Octubre de 1942.
Fue en esa jornada cuando se selló el destino de nuestras tierras: sedientos de
riquezas y sangre, esperanzados en poder llevarse todo lo que pudieran,
desembarcaron endemoniados los enviados de la Inquisición, resueltos a hacer de
la Tierra Su Tierra. Y fue así como mataron sin piedad, engañaron sin
remordimientos, entrando a traición a las ciudades con las puertas abiertas por
sus habitantes que, esperanzados, recibían muchas veces a aquellos hombres de
los blancos cabellos.
En cada escuela, como en todas las demás de América Latina, se nos cuenta una
historia. Una mentira. Aún no somos capaces de redescubrir esta América hermosa,
pero avasallada, rica, pero robada hasta en últimos recovecos. Debemos ser
conscientes de nuestro propio pasado: es sobre estas tierras que habitaron
pueblos que organizaron un modelo de sociedad distinto. ¿Qué es lo que tanto
molesta cuando hablamos de ellos, los legítimos propietarios de estas tierras,
los pueblos originarios? ¿Acaso no soportan las clases dominantes argentinas que
se plantee la cuestión de la propiedad privada? Cuando los españoles llegaron, e
instauraron la esclavitud de la mita, los pueblos americanos establecían un modo
de separación de la tierra sumamente coherente: ¡la tierra es para el que la
trabaja! ¿Qué más lógico que pensar que cada porción de tierra debe ser para el
que, día a día, le da la fuerza de su vida, y no para el capitalista italiano
que compra impunemente trozos de vida –porque para el indígena la tierra es
vida- que jamás ha visto?
Ni siquiera nos han dado nombres para poder nombrarlos: indígena y aborigen
significa sin tierra y sin origen: ¡sin tierra, los que habitaron miles de años
cultivando, repartiendo en un modelo económico socialista! ¡sin tierra, los que
resistieron y resisten a la avanzada imperialista! ¡sin origen, los que
constituyeron las más grandes e impresionantes culturas mundiales! Parece que
hoy olvidamos, nuevamente, nuestro Pasado. Y este Buenos Aires vuelve a
rechazarse a si mismo: ¡queremos ser París, gritan los mafiosos exponentes de la
mano dura a los pobres! ¡Ese es el horizonte, claman los medios que confunden e
idiotizan! Nosotros no: no queremos ser París. Queremos ser América, una América
libre y soberana, una América independiente del imperialismo, una América que no
de vuelta la cara frente a su historia, que no se esconda de su glorioso pasado
indígena, que no rehuya de sus hermanos.
Nos dicen todos los días que América está en el Norte... ¡no! América es una
sola, única; la división es mentirosa, solo está subordinada al cumplimiento de
las ordenanzas del capital financiero asesino.
Hoy se cumplen 516 años de aquel maldito 12 de Octubre. Los estudiantes
secundarios repudiamos el maldito, porque no puede tener otro nombre, modelo
ideológico- cultural implantado por los conquistadores. Hay que regar la tierra
de sangre india rezaba Roca... ¿alguien va a seguir defendiendo que una escuela,
supuesta portadora de los más altos valores humanos, siga llevando su nombre?
Nicolás Avellaneda, el presidente que respaldaba a este genocida, y nombre
también de otro colegio, decía que había que paga la deuda con sangre
indígena... Nos suena conocido: ¿acaso no nos exigen hoy un “sacrificio” para
pagar una deuda que nadie contrajo? ¿Sacrificio? Argentina y América Latina se
desangran por esta maldita deuda que hay que pagarles a los usureros
internacionales. ¡Ellos, que se llevaron toda la plata de Potosí, hoy nos
reclaman más!
Debemos repudiar a esta historia de genocidas y falacias, y con ella a la que
nos cuentan con bellos nombres y misterios de genocidas, y a los que hoy
continúan sembrando la muerte por esta América hermosa, por esta tierra plagada
de miseria que resiste día a día, y que no dejará de hacerlo jamás.
A 516 años, los estudiantes secundarios levantamos bien alto la bandera de la
defensa de los pueblos originarios. Porque ellos son nuestra historia, nuestra
verdadera historia, y no Sarmiento y Roca. Ellos son nuestro pasado insigne, y
estamos orgullosos de él, como de nuestros hermanos aborígenes que resisten en
Bolivia y toda América Latina al capitalismo genocida.
A 516 años, los estudiantes secundarios estamos en pie de lucha por nuestra
América. ¡Viva la rebelión de los pueblos originarios! Descolonizar América es
empezar a descubrirla. Por eso, hoy más que nunca, gritamos bien fuerte: ¡por la
unidad socialista de América Latina!
Otra América es Posible. Entre todos, luchemos por ella.
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