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El paraje La Redonda, norte de la provincia de Jujuy, a
contados kilómetros de La Quiaca, no es más que una extensa porción de tierra
yerma y rasa, delimitada, a lo lejos, por una sinuosa y colosal serranía que
salta de una tonalidad a otra a cada golpe de vista, según la intensidad de los
brazos del sol y los inquietos conos de sombra que proyectan las nubes sobre las
montañas y las quebradas con sus desplazamientos perezosos. Una veintena de
casas de ladrillo y adobe se alzan sobre la tierra seca y polvorienta, apenas
matizada por el verde opaco de cactus corpulentos y el merodeo de las llamas,
que vagan con elegancia y morosidad, como en punta de pies, la cabeza erguida,
el cuello estirado, por todas partes. Los mil quinientos metros de altitud
causan una sensación de aturdimiento que el continuo coqueo no logra mitigar.
Norma se ha dejado caer, postura casi acebollada, fetal, en el colchón que ocupa
por completo la parte trasera de la camioneta. Es menuda, de rasgos collas, el
cráneo cubierto con un sombrero de fieltro blanco y ala amplia que, de a ratos,
cuando ella inclina la cabeza hacia abajo, temerosa de la charla, le oculta los
huidizos ojos marrones; cada vez que musita una palabra o se le escapa una
risita lleva la palma de las manos a la boca, pues no quiere soltar palabra,
manos sarmentosas, oscuras, y dice que no tiene cosa alguna que decir, quizá
luego del cambalache, del trueque, al que ha venido en representación de la
cooperativa Por Un Nuevo Hombre Americano, la punha, señor, desde Abra Pampa,
cincuenta kilómetros de aquí, tres horas de viaje hacia el sur por un camino
malo, poceado, de lluvia de polvo siempre en la cara, señor, en los ojos, y sí,
tal vez luego, para qué, a quién puede interesar lo que diga, si allí tiene
gente que le puede contar mejor, y con un suave movimiento de la cabeza señala
hacia fuera de la camioneta, el mundo del arrastre mudo, cabizbajo, crepuscular,
de campesinos, indígenas y habitantes de los poblados más cercanos, todos de
piel color americano, que han comenzado a repletar, casi a hurtadillas, la única
calle de este paraje; ellos tienen historia, yo ya no, vengo a comprar hilo para
la comunidad y ellos traen carne de llama los unos, duraznos los otros, y hacen
el cambalache, también los que traen manca, la olla de barro, señor, qué le
puedo contar yo si nunca me imaginé el futuro, mi idea es de hoy para mañana,
nunca miré hacia el futuro, de un día para otro sí, pienso mañana va a ser así o
así, pero hacia el futuro no, mi imaginación nunca ha llegado a eso, después de
mañana ya no sé yo, cuando termina el cambalache vuelvo, ya no se puede pensar
tan grandes cosas hacia el futuro, mas antes sí, se podía pensar, llegar a ser,
pero ahora ya no podemos pensar, nada interesante en mi pensamiento, ¿usted
piensa en el futuro?, no puede, ¿no?, ve, es así, me hablan de políticos, de
elecciones, no sé, lo mío es vivir de un día para el otro y tener para comer,
pero ya no pienso, si ya tengo veintisiete años y a mi Rodrigo, de diez, y a mi
Matías, de tres, chiquitito, terrible, cualquier travesura hace, mas antes sí,
pensaba muchas cosas, pensaba estudiar, pero no nos alcanzaba, pero teníamos
deseo de estudiar, mi pensamiento era estudiar, ser algo, mi idea mía, desde
bien chica, mi idea era ser maestra y trabajar con las comunidades que sean bien
lejanas, pero nunca llegué a eso, perdí el sueño, seguiré teniendo esperanzas,
pero no sé, nunca logré estudiar, hice hasta séptimo grado, secundaria no, perdí
esa oportunidad, qué le puedo contar yo, señor.
Me convida hojas de coca. Retribuyo el favor extendiéndole el sobrecito de
bicarbonato de sodio; una pizca prolonga el efecto del coqueo, el bolo de hojas
trituradas demora en alcanzar ese amargor que indica que uno debe hacerlo a un
lado y armar otro, y además engaña al hambre, ¿no le ha pasado?, ve, el hambre
está pero no se siente tanto, es hambre que duerme, pero cuando se despierta no
hay cómo, ni trabajo ni nada, ya de chiquitita vino el hambre, siempre me
acuerdo de Pirquitas, era un pueblito bien grande, lindo, divertido, teníamos de
todo, mi papi compraba, cuando cerraron la empresa se acabó todo, era una
situación bien triste porque éramos muy chiquitos y nadie nos ayudaba con nada,
teníamos que salir a buscar trabajo para ayudar, tenía doce años cuando empecé
con el hilado, y mis hermanos salían al campo a cuidar las llamas, las vacas,
así fuimos creciendo, un año estuve de sirvienta en El Aguilar, un año nomás, no
me gustaba sirvienta, cambió mi vida mía cuando entré en la cooperativa, sentí
que podía trabajar, se aprende a organizarse, a compartir, a mirar al otro, no
es como cuando vos vivís solo en tu casa, en la cooperativa somos ciento veinte
personas, casi todas mujeres, más de ochenta, creo, sí, ahora mandamos las
mujeres, pero se portan bien los hombres, desde que la Eugenia es presidenta, yo
soy promotora, ando visitando las comunidades, es lindo, muy lindo, cuando
recién ingresamos a la cooperativa era muy difícil ir, no podías organizarte
bien en tu casa, o no podías cumplir, pero después recibimos capacitación, y
todo, y sí, sentís que vas a poder, porque hay que seguir con las cosas de la
casa, pero yo no siento que sea muy duro esto, a lo mejor la gente no puede, más
en el campo que tienen que cuidar sus ganados, ver a sus hijos, mandar a la
escuela, y los hombres no entienden a las mujeres que vayan a trabajar, es un
problema cultural que viene desde hace mucho, y algunas se quedan en la casa,
pero qué le puedo contar yo.
El eco distorsionado y metálico de una voz masculina convoca a la inauguración
del cambalache. Oigo el repique de platillos, chillidos de trompetas, la torpeza
de mando de un trombón, más allá un tambor desmandado y un enjambre de voces
marcadas por la alegría y el buen ánimo. Salto de la camioneta. Una procesión
infinita persigue a los músicos hasta una construcción antigua en cuyo patio
abierto, circundando el aljibe, la banda se acomoda. Se hace el silencio; los
músicos lugareños afinan sus instrumentos; suena “Alta en el cielo”, que el
gentío se pone a cantar en tanto una chica de siete, ocho años, iza la bandera.
Ha terminado el canto, ya la bandera ha encontrado su cumbre cuando un campesino
toma el megáfono y vocifera: “¡Caminante, no hay camino! ¡Se hace camino al
andar!”, y acto seguido se abandona a un discurso parco que habla de tierra y
lana, tierra y llamas, tierra y sequía, tierra y despojo, tierra y unión. La
tierra, en este abismal norte argentino, es el lugar común. Tierra que habitan
personas que han hecho de la vida una contínua sucesión de muertes y
renacimientos; cuerpos que, como la tierra, exhalan el perfume y el vigor de lo
irreductible, de lo permanente.
Pocos minutos después de la medianoche nos metemos en el escabroso camino hacia
Abra Pampa. Luis, el conductor de la camioneta, ha puesto a rodar un casete del
grupo boliviano Kjarkas, escuche, es nuestro himno, y con timbre apocado
acompaña el canto: “Hace mas de 500 años/ en la tierra del maíz/ como en las
páginas de un cuento/ vivía una pueblo feliz./ Hacia el sur del paraíso/ y del
otro lado del mar/ llegaron hombres extraños/ a sembrar desolación./ Una vez y
otra vez/ castigaron su rebelión/ una vez y otra vez/ castigaron su rebelión/ y
una herida de muerte/ sangra en pos de su liberación ...” Avanzamos lentamente,
vueltas cansinas, curvas cerradas, entre jirones de niebla, en la noche fría,
desierta, acerada. Norma ha caído rendida a mi lado; sin decir palabra se ha
puesto a dormir, abrazada a su enorme madeja de hilo. “Y trajeron muerte en sus
barcos/ y una cruz como religión/ el terror y el genocidio/ era ley de su
inquisición./ Pero hoy como ayer/ se llevaron el botín/ pero hoy como ayer/ se
llevaron el botín ...”
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