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Todos se hincaron de
rodillas, y, delante del altar,
con los clérigos,
comenzaban a cantar en voz baja una letanía
Lazarillo de Tormes,
Tractado Quinto.
Un fantasma recorre España.
Por tierras de Soria, saltando por bosques navarros, cerca de Rodalquilar y de
sus mineros desiertos rotos o escondido en las grietas del pórtico del maestro
Mateo, norte y sur, este y oeste, un fantasma vestido de rojo (sangre) y gualda
(oro) recorre el mapa y la incierta geografía del miedo: es el fantasma de
España -a lomos del caballo blanco de Santiago- y sus estandartes. Banderita,
Marujita, el invicto caudillo, un brazo incorrupto y Pepe Bono. Pepe es un
español de recia figura y maneras de capataz. También es ministro del Reino. La
alegre comparsa, cual carnaval de carcoma, baja por avenidas militares
desfilando. Es el día de las Fuerzas Armadas. Sonriente, ajena al negociado de
la representación simbólica, trota la cabra legionaria con sus blasones y
escudos. Pepe enhiesto. Pepe Bono, Pepe, en la tribuna, cabecea al tercio
-soldadito español, soldadito valiente- envuelto en un capote de paseo con su
rostro de viejo banderillero curtido en cornadas de esparto y pedanías. Pasan
las unidades, los aviones y los tanques. La Castellana -antes avenida del
Generalísimo- tiembla igual que tiritaron los pueblos y las ciudades cuando el
césar visionario entró tirando pan blanco y decretos. La represión vino después.
Como el hambre y la piorrea. Pepe, torerillo de estuco, haciendo sombras con la
mano abierta, mira ufano y asiente. Falta la guardia mora, capa inmaculada, con
sus relojes de Enrique Bussian, pagados a plazos, en cómodos plazos, comprados
en la calle Mayor.
Un estirado voluntario de
la División Azul declara que él fue a combatir el comunismo. El combatiente de
la División Leclerc mira hacia otro lado. Que no hubiera ido. Será la edad, que
no perdona. El ministro Pepe, Pepe Bono, camina con garbo y salero por sendero
de la gloria militar. Tierras de España donde regentea la canalla (palabras de
Cernuda), donde los recuerdos familiares y las fosas comunes salpican páramos de
recuerdos y estacas. Bono, Pepe, Pepe Bono, antiguo cofrade de Tierno y de
Morodo, Bono, Pepe, Pepe Bono. Neocaudillo de los ejércitos liberadores en
misiones humanitarias, Genghis Khan de acequias y pastos, conoce el olor de las
plantas, cada curva en el camino y el nombre de todas las señoras (algunas
viudas) que salen de misa el domingo en Castilla camino de la pastelería. Huesos
de santo, buñuelos de viento. Día de difuntos. En España, todos los días son,
para muchos, días de difuntos. Pepe se estira marcial y si pudiera -con permiso
de las damas presentes en el evento castrense, mantilla española, regio
maquillaje, contención en el gesto (metafóricamente) arrodillado, postrado-
arrojaría un clavel reventón o su montera rizada al paso del ejército. Es su
día. El día de la raza. Por el imperio hacia dios. Pepe, Pepe Bono, Pepe, que
propio suena tu nombre acompañado por el binario redoble de los tambores.
Charoles y medallas abren
el desfile. Por los fajines se escapan las comidas y siestas. La guardia real
baja la vista frente a la tribuna. Viva España y su constitucional monarquía.
Los prohombres de la patria una, grande y libre susurran maldades con espinas.
Leticia es noticia. Escondida tras su esmerada melena multicolor mira de soslayo
y asiente. Mil planos diversos retratan el medido avance de las tropas. Un, dos;
un, dos; vista a la derecha, paso ligero, sobre el hombro. Aviones con huella de
crédito escupen los colores de la bandera unificadora. Rojo y gualda, sangre y
oro, Pepe, Pepe Bono, Pepe sonríe. Algunos generales muestran en el talle la
permanente estampa de la victoria. Herederos (todos) de don Rodrigo, vencedor de
los invasores moros, imaginarios alumnos de Georgetown que no necesitan el
refresco de una clase, otean y contemplan. Es el desfile de su victoria y lo
saben. Poco importa que sean moros o rojos. En los cuarteles de España, las
salas de banderas tienen el busto del caudillo junto al televisor. Pepe, Pepe
Bono, Pepe. Los buñuelos de batata vienen envueltos en lustroso papel blanco con
una cinta rosa. Y tu españoleas, Pepe, con tu traje nuevo ribeteado de espliego
y condecoraciones de chocolate. Año 2004, la virgen del Pilar no quiere ser
francesa. Año 2004, enésimo año triunfal. Arriba España.

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